miércoles, 5 de octubre de 2016

TERREMOTOS DE CUMANÁ

RAMÓN BADARACCO











TERREMOTOS DE CUMANÁ








CUMANÁ, 2015






AUTOR Tulio Ramón Badaracco Rivero
Que firma RAMÓN BADARACCO
Prólogo: M. Centeno Grau.
Copyright T. Ramón Badaracco R. 2012
Primera edición 2012
1500 ejemplares
Hecho el depósito de ley
Título original:  TERREMOTOS DE CUMANÁ.
Primera edición
Puede ser reproducido total o parcialmente.
Diseño de la cubierta  T. R. B. R.
Ilustración de la cubierta  T. R. B. R.
Impreso en Cumaná
Telf. 0293-4324683
Cel. 0416-8114374









PRÓLOGO.

Vamos a usar como introducción a este ensayo, el trabajo titulado “CUMANÁ A PROPÓSITO DEL FENÓMENO”,  del sabio científico cumanés  Manuel Centeno Grau,  publicado en el No. 436, del bisemanario “Sucre” de fecha 2 de marzo de 1929. Vemos:
“La prensa de anoche trae una noticia trasmitida por telégrafo desde la ciudad de Cumaná.
Una densa humareda con marcado olor a azufre cubrió la población en la noche del 24 de este mes trayendo la consiguiente alarma enhtre sus habitantes.
Hace pocos días se anunció y hasta se comentó la noticia de que en Cumaná la columna barométrica bajaba, lo cual puso en cuidado a sus moradores por creerlo presagio de alguna catástrofe.
“El barómetro pronostica con su descenso una perturbación atmosférica” . El descenso anotado en días pasados en Cumaná sería quizás consecuencia de algún mal tiempo lejano sobre el mar o sobre alguno de los golfos de Cariaco y Santa Fe de una acumulación de vapores acuosos en paraje cercano. ¿O sería alguna perturbación atmosférica originada por la dilatación del aire a consecuencia de emanaciones sulfurosas en algún lugar próximo y precursora del fenómeno que hoy anotamos?...
El hecho de cubrirse la ciudad de Cumaná de una densa nube con marcado olor a azufre, es motivo de justa alarma entre sus habitantes por las razones que paso a anotar.
Cumaná ha sido varias veces destruida por espantosos terremotos. El 1º de septiembre de 1530  hubo un fuerte sacudimiento que arruinó la fortaleza de la boca del río Manzanares, la cual comenzó el padre de Las Casas; y de las grietas que se abrieron en la serranía brotaron aguas negras  y salobres impregnadas de azufre. El 21 de octubre de 1766 un terremoto destruyó la población. La tierra tembló todas las horas del día durante catorce meses.
El día 14 de diciembre de 1797 fue nuevamente arruinada la población por otro movimiento sísmico.
El 12 de abril de 1839 hubo un fuerte temblor que arruinó muchos edificios.
El 15 de julio de 1853 la ciudad fue totalmente destruida por un espantoso terremoto en el cual se notó el mismo fenómeno que en 1530. Según datos de una persona ya anciana que en 1853 vivía cerca del lugar que en Cumaná se llama Iglesia Nueva (en donde existe actualmente el teatro en construcción)  vio brotar allí, cuando el terremoto de ese año, lod que despedía olor a azufre.
De aquí que cualquiera perturbación sísmica por insignificante que sea, un cambio brusco de temperatura o de la columna barométrica es anotado y cuidadosamente observado.
Cumaná está situada entre los golfos de Cariaco al Este y Santa Fe al Oeste. El primero debe su existencia (Codazzi. Geografía) a un rompimiento de tierras acompañado de una irrupción del océano, catástrofe que no es muy antigua, pues su memoria se conservaba entre los indios hasta fines del siglo XV: y se cuenta que en la época del tercer viaje de Cristóbal Colón, los indígenas hablaban de ella como de un acontecimiento muy reciente. Este golfo tiene manantiales calientes y submarinos.    
Por la parte Norte cerca de la costa Oeste están las islas Borracha, Chimanas, Picúas, Caracas y otras “que parecen haber formado en épocas muy remotas una sola cordillera de montañas con las de la costa del Cabo Codera, las de las penínsulas de Araya y Paria y la isla de Trinidad”.
En otro tiempo (Codazzi) las aguas cubrieron todo el terreno impregnado de muriato de soda por donde corre el Manzanares y el grupo de colinas a que está arrimada la ciudad de Cumaná no era antiguamente sino una isla del golfo de Cariaco”.  Prueba de ello son las petrificaciones de conchas marinas que se encuentran en las colinas de “Pan de Azúcar”, “San Antonio”, “Agua Santa” y otras. 
La serranía de la costa Oeste, separada de la que forma la península de Araya, a consecuencia del gran cataclismo de que hablaban por tradición los indígenas del siglo XV, está formada de una cadena de montañas que corre de Oeste a Este a unirse a las de Cariaco. En esta serranía hay un volcán apagado llamado “El Picacho del Apamantar” a menos de dos leguas de la Costa del Golfo de cariaco, cerca de los pueblos de Marigüitar y San Antonio y  a más de 50 kilómetros de la ciudad de Cumaná. Dicho pico tiene como 1000 metros sobre el nivel del mar. En una ascensión que hice a esta montaña pude observar el asiento del cráter de este volcán ya apagado, los montones y corrientes de lava petrificada y abajo una mole de piedra, entre muchas, que llaman “La Casa” (por su forma) que mide 5 m x 3 m. Esta piedra está en el llano del “Limonar”, como a 1000 metros del Picacho. ¿Cuánto no sería la fuerza que arrojó semejante mole? Más al interior hay otros picos “El Zamuro”, Santa Bárbara”, “Las Lagunas” los cuales son de origen volcánico, según pude convencerme cuando recorrí toda esa gran zona, rica en minerales, con excelentes terrenos agrícolas y pecuarias, y selvas inmensas.        
Pertenece a esta misma cadena de montañas el llamado “Cerro Negro del Crisino”, de la serranía de “Barranquín” o del “Imposible” el cual está casi al Sur de Cumaná como a 15 kilómetros, pero más internado de la Costa Oeste. Toda esta región, desde la Uropa (a la margen  Oeste del río Manzanares) que es un estribo del “Imposible”, rodea hacia el Este y el Oeste de Cumaná de una serie de picos y altiplanicies de origen volcánico. El viajero que pasa por la cuesta de “Barranquín” en el camino de Cumaná a Cumanacoa, puede cerciorarse por su propia vista de esto que dejo anotado. Al pie de esta serranía está el llano de Pantanillo bastante fértil, y en donde existen emanaciones sulfurosas.
En la serranía de la Costa Oeste están las montañas de Yaguaracuar, Neblinero, Tataracuar, Nurucuar, San Pedro, Etc., que van a unirse a la cordillera en donde está el pico Santa Fe, muchas de ellas de origen volcánico.
Hacia el interior está la montaña de Turimiquire que tiene 2030 metros sobre el nivel del mar. Está en el centro de la serranía de Cumaná y Barcelona, llamada Bergantín, considerada como una prolongación de la Cordillera interior de Caracas: sirviendo de estribo a esta montaña está el valle de Cocollar a 775 metros sóbrele nivel del mar, cubierto de grandes moles que indican una erupción antigua de dicha montaña.
Las serranías de Pionía (1600 metros sobre el nivel del mar) Cuchivano (1565 m.) Guacas (1500 m.) Tres Picachos (1500 m.) etc., son de origen volcánico.
Por fortuna todos estos volcanes no han dado notaciones de actividad después de sus últimas remotas erupciones.
Hay una predicción del sabio Humboldt, referente a la inundación y desaparición delas costas de Cumaná. Sin duda esta predicción se funda, en que puede llegar el momento… (falta un trozo muy importante… lo siento)
        
Continúa en otra página…  Cariaco, de 387 m. de altura. Hay en el multitud de fuentes termales, hidrosulfúricas y un terreno hueco cuya concavidad parece estar de Este a Oeste, que en los grandes terremotos de 1766 ha vomitado asfaltos envueltos en petróleo viscoso. Allí se encuentran también minas de azufre,  (Codazzi).
“En el camino de Cariaco a Casanay hay un terreno tan hueco que al pasar sobre él oye el caminante resonar sus pasos como si pasase sobre  una  gran  bóveda (Codazzi). Este fenómeno ha sido observado por mí en una excursión al cerro “Meapire” y doy fe de la exactitud de Codazzi.
En la Uropa a orillas del río Manzanares existe un terreno enm donde se verifica el mismo fenómeno anterior. Hay además manantiales de aguas termales, calcáreas, de magnesia y soda, sulfurosas, muchas de ellas con una temperatura hasta de 70 grados. Dicho sea de paso, que durante el estudio del camino ferrocarrilero que trazaba junto con el ingeniero Oscar Messerly, examinó y mandó a Europa unas aguas minerales de dicho lugar y fueron calificadas tan buenas como las de Vichy.
En la colina que sirve de asiento al castillo de San Antonio, la cual tiene 58 metros sobre el nivel del mar, y junto a la cual está situada la Ciudad de Cumaná, hay emanaciones sulfurosas que dan indicios de que allí o más allá exista una mina de azufre.
Es muy posible que el fenómeno observado recientemente en Cumaná tenga su origen en dicha mina de azufre: o bien que las emanaciones sulfurosas de Pantanillo hayan sido arrastradas por una corriente de aire, y arrojadas sobre la ciudad. 
No están, pues, mal fundados mis paisanos los cumaneses en sus temores respecto a alguna perturbación física, si la ciencia ha sido impotente para predecir cuándo sucederá uno de estos fenómenos tan comunes y repetidos sobre la superficie del globo.
                                                                                    M. Centeno Grau.









Notas a los terremotos de Cumaná

El primer terremoto en Cumaná ocurrió el 1ro de septiembre de 1530, siendo Jácome Castellón, gobernador de la provincia de Nueva Andalucía, entonces  se produjo el primer movimiento telúrico o cataclismo, del  que tengamos noticias;  y, por supuesto,  desde que llegaron los españoles a nuestro suelo.

Según Bartolomé de Las Casas, en su obra “Historia de las indias” el propio Jácome Castellón lo describe en toda su crudeza. El mar se levantó 20 toesas sobre su nivel ordinario y arrasó el fuerte y la misión. Castellón construye otro fuerte de barro y maderas,  en la parte más alta de los cerritos, médanos  que bordeaban la desembocadura del río, protegiendo al pueblo de la Nueva Córdoba, con una gran empalizada,  y Castellón permanece varios años más en la ciudad de la  Nueva Córdoba, que empieza a extenderse por ambas márgenes del río Chiribichií, la última Luenga, como dice Las Casas- Castellón nos dejó muchos documentos de su obra en la Nueva Córdoba  pinturas de la construcción del fuerte de Santa Cruz de La Vista y de la empalizada que construyó rodeando la ciudad de Nueva Córdoba 

Fundadas las primeras misiones en tierra firme, pues, o sea  el primer asiento las misiones fundantes de Fray Pedro de Córdoba, autorizado con todas las de la Ley, -1513- en una primera expedición con misioneros dominicos;  y, después  -1515- en una segunda expedición, con las ordenes dominicas y franciscanas, en lo que se tomado como la verdadera fundación de nuestra ciudad, el 27 de noviembre de 1515; hecho este comprobado y narrado en Cédulas Reales que van de 1513 a 1572,  firmadas por el Rey Fernando el Católico y sus sucesores, especialmente  después de la muerte del Rey Fernando,  por  Cedulas Reales firmadas por los Regentes y el eminente e ilustrísimo  Cardenal Cisneros;  que gobernaban el Imperio cuando el Rey Carlos I, era un niño. En ese tiempo se levantaba dentro de la belleza invicta de médanos, el mar y un río promisor,  un panorama paradisíaco, la ciudad de Cumaná, habitada como dice el  Rey, cuando otorga a Cumaná Escudo de Armas,  por tres partes de indios y una parte de españoles. Entonces, podemos decir: que en 1530, gobernando la provincia de Nueva Andalucía o Cumaná, el Capitán General Jácome Castellón, cuando sobrevino un terrible terremoto, descrito por el mismo Castellón,  en carta que envió a fray Bartolomé de Las Casas,  en la cual describe el cataclismo, o algo así   como lo que llamamos hoy Tsunami; el mar se levantó varias toesas,  y pasado por encima del fuerte de Santa Cruz de La Vista y la misma ciudad, destruyó todo lo que había en la Isla de Las Perlas y todo lo que había reconstruido, construido, reparado y puesto en servicio desde 1521, en que fue nombrado Gobernador de la provincia.
Desde aquel terremoto de 1530, la ciudad Santa de Cumaná, fundada con la sangre de los primeros mártires cristianos de América Continental, y por  el gran maestro cristiano Fray Pedro de Córdoba, redactor del Catecismo indígena  en lengua Arawacas;  unido en pacto de amistad con  el Cacique Cawaná y su reino Chaima,  ha sufrido la ciudad primogénita, muchos terremotos, de los cuales nos ocuparemos en este apretado ensayo de los siete terremotos más conocidos y estudiados.   
Pasó mucho tiempo antes de sobrevenir otra tragedia similar  a la de 1530, fue en 1641, o sea 121 años después, y esto lo digo porque como veremos los terremotos historiados de Cumaná se suceden a veces en lapsos muy cortos, así tenemos los terremotos de 1766, 1797 y 1799. Al respecto, Humboldt, dice: “Los grandes temblores de tierra que interrumpen la larga serie de pequeños sacudimientos no parecen tener nada de periódicos en Cumaná. Se han sucedido a 80, a 100 y aun en ocasiones a menos de 30 años de distancia”…
Creo firmemente que antes del terremoto de 1641, se produjeron otros que no han sido tomados en cuenta por los cronistas, hay un salto muy largo como ustedes pueden advertir.
El terremoto de 1641, lo conocemos gracias al acucioso historiador y palígrafo don Arístides Rojas, que debido a sus profusas investigaciones le dio a Cumaná el título de Primogénita de América. Este terremoto de 1641 fue tomado en consideración, simplemente, porque produjo efectos en Caracas, de otra manera no se hubiese sabido nada de él por la falta de archivos en Cumaná, como sabemos, nuestros archivos históricos fueron  totalmente destruidos tanto en la Nueva Córdoba como en la propia ciudad nueva, aunque también dice el sabio investigador,  que en Cumaná, aquel sismo, destruyó todos los edificios públicos, y por supuesto los archivos. Humboldt, a su vez  dice, que no encontró archivos en Cumaná en 1799.
 Arístides Rojas, en su obra “Leyendas Históricas”, hace un análisis de los terribles daños causados en la ciudad por el terrible acontecimiento, y las consecuencias que sobrevinieron, que sufrió estoicamente la población.
Una réplica y aún peor, se produjo el 21 de octubre de 1766; Humboldt nos lo cuenta, después de recibir una información valiosísima de aquella sociedad culta con la cual compartió el sabio sus conocimientos, nos dice:
“Como no existe crónica ninguna acerca de Cumaná, y como sus archivos, a causa de las continuas devastaciones de los termites o comejenes, no contienen documento alguno que remonte a más de 150 años, no se conocen datos precisos sobre los antiguos temblores de tierra. Sábese tan solo que en tiempos más inmediatos a nosotros, el del año 1766 fue a una vez el más funesto para los colonos y el más notable para la historia física del país. Desde hacía 15 meses habíase mantenido una sequía semejante a la que se experimentan de vez en cuando en las islas de cabo Verde, cuando el 21 de octubre de 1766 fue enteramente destruida la ciudad de Cumaná. Renuévase todos los años la memoria de ese día con una fiesta religiosa acompañada de una procesión solemne. En el lapso de pocos minutos hundiéronse todas las casas y repitiéronse las sacudidas durante catorce meses de hora en hora. En varias ´partes de la provincia se abrió la tierra vomitando agua sulfurosa. Estas erupciones fueron frecuentes sobre todo en una llanura que corre hacia Casanay, dos leguas al Este de la ciudad de Cariaco, conocida con el nombre de “tierra hueca”, porque parece enteramente minada por fuentes termales. Durante los años 1766 y 1767 los habitantes de Cumaná acamparon en las calles, y empezaron a reconstruir sus casas cuando no se sucedieron sino de mes en mes los temblores de tierra. Sucedió entonces en estas costas lo que se experimentó en el reino de Quito inmediatamente después de la gran catástrofe del 4 de febrero de 1797. Mientras que oscilaba de continuo el suelo, parecía la atmósfera resolverse en agua. Fuertes aguaceros hicieron henchirse los ríos; fue el año sumamente fértil; y los indios, cuyas frágiles cabañas resisten fácilmente las más fuertes sacudidas, celebraban, según las ideas de una vetusta superstición, con fiestas y con danzas, la destrucción del mundo y la época próxima de su regeneración.      
Reza la tradición que en el temblor de tierra de 1766, así como en otro muy notable de 1794, las sacudidas eran simples oscilaciones horizontales; y que no fue sino el día malhadado del 14 de diciembre de 1797 cuando por primera vez en Cumaná se hizo sentir  el movimiento por soliviadura, de abajo arriba. Entonces fueron destruidos por completo más de los cuatro quintos de la ciudad, y el choque, acompañado de un ruido subterráneo fortísimo, pareció como en Riobamba, la explosión de una mina colocada a gran profundidad. Dichosamente la sacudida más violenta  fue precedida de un ligero movimiento de ondulación, de suerte que la mayor parte de los habitantes pudo escarparse en las calles, no pereciendo sino un corto número de los que estaban congregados en las iglesias”.
Posteriormente han sucedido, a cual más terrible,  en orden cronológica los sismos siguientes: el 10 de setiembre de 1794, con respecto a este evento Francisco Depons, que lo describe, lo atribuye a una descarga eléctrica, como era la teoría en boga, en esos tiempos, se creía que la electricidad se acumulaba y de repente hacia ebullición, no se conocía el verdadero origen de los terremotos, no tenían como investigar las capas tectónicas. Horas antes de producirse la primera conmoción, según relata Humboldt, se observaron llamas que salían de la tierra en las charas y sobre todo cerca del Hospicio de los franciscanos y en ciertas partes de las orillas del Golfo de Cariaco.  La ciudad recién reconstruida sufrió otra vez la destrucción de sus colegios, iglesias, casas y monumentos históricos. Cuenta Humboldt que los habitantes percibieron con antelación  ruidos, temblores, sacudimientos,  y gran parte de ellos se salvó por haberse puesto a buen recaudo, pero aquellos que buscaron abrigo en las iglesias todos perecieron aplastados entre sus escombros, como también lo cuenta el padre Lucas José Alemán, en escrito que se conserva en la catedral de Barcelona.
Después de este terrible cataclismo, se sucedieron en toda la provincia y especialmente en  Cumaná, otros cataclismos el 14 de agosto de 1797, otro en 1799, otro el 27 de enero de 1805.l 
El de  1797, fue llamado “Terremoto de la Divina Pastora,  porque solo destruyó ese maravilloso templo.
Dice el padre Ramos Martínez en la pág. 76 de su obra ya citada, que: “El terremoto vulgarmente llamado de la Pastora, que aconteció a las siete de la noche del jueves 14 de diciembre de 1797, derribó la capilla y el famoso templo que, se edificaba en el mismo lugar, sepultando bajo los escombros a la madre de los Quinteros, que estaba en oración cerca de las gradas del Presbiterio, la que logró con todo sobrevivir a aquella catástrofe por el esmero con que sus hijos trataron de salvarla. Y agrega el padre Ramos Martínez: No desmayó el celo del padre Patricio. Redoblando sus esfuerzos, alcanzó la gloria de edificar de nuevo una bonita iglesia, que decoró con gran decencia, y enriqueció con magníficas prendas, buenas alhajas, hermosas efigies y suficientes ornamentos.    
También menciona el padre Ramos Martínez, el terremoto del mes de agosto de 1802, cuando dice que: la capilla de la Venerable Orden Tercera  de San Francisco, anexa al Convento, se encontraba muy dañada en estado de amenazar ruina a consecuencia los temblores de los días 14 de diciembre de 1797 y agosto de 1802.
Más tarde se produjo otro terremoto el 12 de abril de 1839, y el terrible e inconmensurable  terremoto  del 15 de julio de 1853,    a las dos y media de la tarde,  cuando el pueblo de Cumaná, se levantaba bajo el liderazgo del Dr. Estanislao Rendón, contra el nepotismo de los Monagas. Fue una de las más terribles sacudidas que ha sufrido esta tierra inmortal; esta vez  en medio de otra tragedia política; sin embargo Cumaná, como el Ave Fénix, se levanta de sus cenizas con más fuerza y más sabiduría.
Aníbal Dominici nos lo cuanta escuetamente la tragedia,  así: “La simpática ciudad desaparece en el fragoso cataclismo mientras se desbocaba el incendio de la guerra civil. Sus cuarteles, sus castillos, sus fortalezas, sus fortificaciones y sus baterías, y lo que es verdaderamente lamentable, sus templos, sus monumentos, sus edificios de paz y progreso eran derribados, cayendo confundidos bajo las ruinas los elementos bélicos que aprestó la rebelión, junto con los de adelanto y de vida reunidos en la bella capital del Manzanares”.
El excelso maestro José Silverio González, se quejaba amargamente de los efectos de este terremoto de 1853, en un artículo contra la dinastía de los Monagas, que titula “Decapitación”, publicado en su periódico “El Cumanés” No. 3. De fecha 22-10-1855, que dice entre otras cosas “… No lo olvidaremos, no; no podemos nunca olvidarlo, todas las gentes se contristaron, se compadecieron de nuestro infortunio en 1853, todos trataron de protegernos  y ampararnos, todos quisieron remitirnos oportunos socorros: Caracas, La Guaira, Guayana, vivirán eternamente en nuestro corazón agradecido…  Solo la horrible dinastía, lejos de favorecernos, de oír nuestros gemidos, estorbó el envío de los subsidios de Barcelona,  privó a Cumaná de su Aduana y de los pingues productos de sus salinas, la exigió contribuciones forzosas, la decapitó contra el tenor expreso del artículo 2º de la Ley de 25 de junio de 1824 sobre división territorial, vigente en Venezuela; rechazó vilmente objetado el decreto del Congreso de 1854 que la auxiliaba con 100.000 pesos para sus templos, su puente sobre el Manzanares, su Colegio, y demás edificios públicos, y todavía cruel resiste enviarnos los granos de sal que nos corresponden, de nuestra salina de Araya, para reedificar la ciudad. Semejantes actos de fuerza dicen muy alto lo que Cumaná, lo que nuestra Nación venezolana debe esperar de la regencia Monagas” .   



EL TERREMOTO DE 1929.
Entre los más recientes sismos,  el evento  del 17 de enero de  1929, del que tenemos, por supuesto,  noticias frescas en periódicos que conservamos, a saber:  a las 7.34, hora del reloj de Santa Inés que dejó de funcionar, ese día 17 de enero de 1929, horas de la mañana, estremeció la ciudad, un terremoto de magnitud 7º  que la destruyó por completo.
El Presidente del Estado General José Garbi, en Decreto de fecha 20 de Enero, publicado en el bisemanario SUCRE de fecha 23 de ese mismo mes, dice:
“CONSIDERANDO:  Que la ciudad de Cumaná, leyendaria y procera, madre fecunda de varones ilustres, creadores de la patria, ha sido abatida por la desgracia, cayendo bajo el golpe de tremendo cataclismo; CONSIDERANDO:  Que este pueblo viril ama hondamente a su tierra y anhela verla resurgir a la vida activa de la paz, el trabajo y el progreso, con la misma energía conque ayer se ufanaba  del esplendor de estos últimos años; CONSIDERANDO: Que el gobierno del Estado Sucre, profundamente consternado ante la adversidad de esta ciudad capital, asiento de los Altos Poderes Públicos, consustancializado con el pueblo y arropado en la misma desgracia, comparte el sentimiento general de ver levantarse la ciudad readquiriendo la actividad que la conducía a un estado de halagador florecimiento; CONSIDERANDO: Que el Benemérito General Juan Vicente Gómez, Presidente de los Estados Unidos de Venezuela, a quien hemos sentido muy junto a nosotros en esta hora de prueba, igualmente herido en su corazón de patriota y de noble hidalgo, ha exteriorizado su pena tendiéndonos su mano de protección paternal con valiosos auxilios, es el sostenedor de la paz, el campeón del progreso y el más infatigable obrero de la República y recomienda constantemente el trabajo como fuente segura de prosperidad, y es el rehabilitador de la Patria en quien se concreta la más firme esperanza de la heroica ciudad abatida; CONSIDERANDO: Que el gobierno del Estado Sucre está patrióticamente advertido de su deber; y que para el logro de este nobilísimo fin es absolutamente necesario el concurso decidido, desinteresado, abnegado, ferviente del pueblo, de las diversas clases sociales, de los gremios, de todos, definitivamente de todos, que hemos de consagrarnos al trabajo con entereza infatigable y como único medio de colmar esta esperanza que mediante Dios, los eficaces auxilios del Benemérito General Juan Vicente Gómez  y de Venezuela entera, veremos realizada,
 DECRETO:
Art. 1.- Conságrense todos los esfuerzos y recursos, tanto morales como económicos, de que pueda disponer el Gobierno, así como también los auxilios que se han recibido y cuantos se recibieren en lo adelante, a la obra sagrada de la reconstrucción de Cumaná.
Art. 2.- Todos los ciudadanos están en la obligación de regresar a sus respectivas labores comerciales, industriales, agrícolas, profesionales, obreras. 
Art. 3.- Necesitando el Gobierno del brazo obrero, se abre desde este momento un registro de la Sociedad Ayacucho, adonde se debe concurrir a inscribirse para ser destinados al trabajo en el sitio que se le asigne para acordar el salario remunerativo y la manutención correspondiente.
Art. 4.- Por Resoluciones especiales se dispondrá todo lo concerniente a la organización de esto servicios.
Art. 5.- El Secretario General cuidará de la ejecución del presente Decreto.
Dado firmado y sellado en el Salón del Ejecutivo, en Cumaná a veinte de Enero de mil novecientos veintinueve. Año 119º y 70º 
                                                                                                José Garbi
En el mismo ejemplar Marco Tulio Badaracco recoge las primeras impresiones sobre el seísmo y otros acontecimientos, veamos:

“LEVANTATE Y ANDA.
Faltaban 26 minutos para las ocho de la mañana del día 17  del corriente en el reloj de Catedral, cuando un movimiento sísmico de funesta intensidad con mano poderosa de Atlante sacudió de muerte nuestra tierra, destruyendo en diez segundos la Ciudad de Cumaná, que incauta, se entregaba a sus activas faenas diarias… Más de veintitrés mil habitantes que demoran entre los cinco  mil y tantos  hogares  que ocupan este valle que encantó al conquistador hispano y que cantó el venerable padre Las Casas, se lanzaron a las calles y plazas pavorizados por aquel trueno formidable, por el espantoso rugido subterráneo por el ruido incalificable de los edificios que se derrumbaban envueltos en una polvareda cegadora, calmando a la Omnipotencia Divina por la personal salvación…  
            Apenas habrán quedado en estado de poder ser reparadas a poco costo, alrededor de doscientas casas, todas las demás están destruidas  o, para hacerlas habitables, necesitarán costosos gastos. Ninguna persona, en sus intereses ha quedado ilesa, sino que unos mucho y otros poco todos hemos perdido casi en total cuanto poseíamos. El comercio está destruido y las existencias salvadas son pocas. Nuestros templos, nuestros edificios, ya no existen. El egregio Mariscal, en su estatu8a ecuestre, permaneció erecto en su plaza de Ayacucho, él solamente. La ruina es completa: nuestras familias están en las calles, sufriendo la intemperie y una multitud aún no calculada de heridos, contusos y estropeados, reciben hoy el cuidado de la misión de la Cruz Roja y la Sanidad Nacional, y médicos de otras ciudades en el Hospital  Alcalá, quienes dejando sus comodidades y sus quehaceres han venido a traernos, con fraternal hidalguía, sus auxilios en estos instantes de verdadera prueba para nosotros. Los muertos hasta este momento en que escribimos según cómputo que nos han presentado, pasan de ochenta. 

            El vapor COMEJWINE que había dado fondo en Puerto Sucre en la noche del 16 comenzaba su descarga que le hizo suspender el terremoto y por radio, de esta nave holandesa, pudo hacerse la comunicación a Maracay al Benemérito Jefe del País General Juan Vicente Gómez, a Caracas y al mundo. Apenas salido de las ruinas de su hogar, salvándose providentemente, el General Garbi, en su carácter de Presidente del Estado, se entregó decididamente al socorro de la ciudad, suspendiendo  el viaje que tenía fijado para ese día, y dirigió las comunicaciones a que nos hemos referido antes, reclamando el socorro inmediato para nuestras familias. 

            Y Cumaná ha tenido el inmenso consuelo de ver llegar cuantiosamente a su suelo a distinguidísimas personas de Caracas, de Maracay, de Barcelona, de Carúpano, de margarita, de Río Caribe, de Valencia de Puerto cabello, y otras ciudades hermanas  que se apresuran a traernos cuanto en estos momentos falta. El pueblo Cumanés sabrá siempre apreciar el inmenso, el humanitario, el impagable bien que se le hace y hoy piensa más que nunca que, en verdad para mucho valen los esfuerzos de sus hijos  que han extendido su nombre más allá de sus fronteras, en luchas por la Patria, por la gloria, por la ciencia, por el arte y por la humanidad.

            El Supremo Jefe del País, Benemérito General Juan Vicente Gómez, en este conflicto, ha sido verdadero padre para Cumaná, y sus órdenes, de tal naturaleza que en el mismo día del terremoto, zarpó para ésta, de Barcelona, el General Lino Díaz, Presidente del Estado Anzoátegui, trayendo socorros y ofreciéndose a las órdenes del Jefe de éste Estado para ayudar en cuanto fuere útil. Llegó luego en vapor Guárico, desde La Guaira con provisiones de todo género, y medicinas y médicos, camas y tiendas. De Nueva Esparta, enviada por el Dr. Isaías Garbira, concurrió una comisión portadora de provisiones, y a poco llego también el General Garbi, Presidente de este Estado para encargarse de todo lo que es necesario.

            Nosotros suplicamos a todas aquellas personas de significación que por afecto a este suelo, o por tener aquí sus familias, han llegado luego de nuestra desgracia, y de quienes no mencionemos sus nombres que nos dispensen, pues,  la falta es por no habernos podido aun documentar, -ocupados como hemos estado en el arreglo de nuestro taller tipográfico que ha sido dañado como todo lo demás.

            No podemos cerrar estas referencias sin rendir como cumaneses nuestro homenaje de reconocimiento al General José Garbi, Presidente del Estado, y General Alberto Hernández U. Secretario General de Gobierno, quienes con sus familias han compartido nuestro dolor, esforzándose y multiplicándose  por ofrecer toda suerte auxilios a cuantos efectivamente los necesitan y elevando la generosidad a un verdadero culto. Igualmente al Jefe del Telégrafo Sr. Landaeta Noria, y sus compañeros operarios, quienes no han tenido minutos de descanso, para reparar inmediatamente las líneas y dando comunicación a nuestra ciudad con todos los hermanos de la República.


Telegrama del General Juan Vicente Gómez. De Maracay a Cumaná. 17 de enero de 1929.

Señor Gral. José Garbi. Bajo el Estupor que me ha producido el tremendo siniestro que me comunica Ud. mi corazón adolorido está al lado de los cumaneses, no tan solo para acompañarlos en la desgracia que los aflige sino también para auxiliarlos con todo el cariño que les profeso y con la eficacia que ha menester. Ya he dado mis órdenes para que salga lo más pronto posible de la Guaira, el Guárico conduciendo médicos, medicinas, víveres, etc. etc., y cumpla con decirles que el General Lino Díaz va también por el mar provisto de socorros. En unión del pueblo cumanés que preside Ud. le doy un estrecho abrazo de sincera condolencia.    J. V. Gómez     


El General Gómez mandó , al General José Garbi, Presidente del Estado Sucre,
cuatro telegramas de diversos tenores, ordenando  ayudas para Cumaná.

Copiamos enseguida el importante Telegrama del General  Pedro Pablo Montenegro al General Gómez, publicado en el mismo periódico después de  sus telegramas, veamos:

“Cumaná, 26 de enero de 1929. Señor General Juan Vicente Gómez, etc, etc.
Maracay.

Ya parece que reaccionara el ánimo de los cumaneses, Nuestra obra ha sido también obra de acción moral sobre los espíritus, invocando a todo trance el nombre de Ud. Hoy amanecieron algunas ventas de comestibles por plazas y calles, y el acreditado gremio de comerciantes se anima para el restablecimiento de sus negocios. Nos proponemos ver como los artesanos vuelven a sus labores. Las Hilanderías, preparando sus maquinarias y pronto entrarán en actividad. La Junta de Socorros de Maracay, da recursos a las obreras, y el Dr. Llamozas paga en efectivo a sus obreros. A la noche, posiblemente, tendremos luz eléctrica. Por supuesto, alumbrado público, ya que no hay edificios ni casas particulares. Grupos de trabajadores, bien organizados, van a las haciendas, otros ganan aquí mismo su jornal, en el desxcombramiento y en las reparaciones urbanas que emprende el General Garbi.

         Con los recursos de camas y abrigo que llegaron ayer, ha pasado una noche menos incómoda la gente valetudinaria. Es de ver como familias acostumbradas a la vida confortable, regalan a los menesterosos aún sus abrigos de lujo. La señorita María Josefa Aristeguieta Sucre, Ángel de las Ruinas, con damas de mucha calidad y densidad, le atiende a las innumerables familias que no piden y la encuentro siempre activa en todas partes: es ella una dignísima descendiente del Mariscal Sucre.

         Esta es pues, la consoladora fase del día; pero no olvide que Ud., nuestro noble jefe y amigo, es el dinamo de tan bien dispuesta maquinaria. Combustible tenemos en tantos depósitos de víveres, que son grandes almacenes: solo me refiero a que no nos falle la corriente de su palabra, que nos da fuerza y animación.

Su amigo obsecuente.  Pedro Pablo Montenegro.    


Marco Tulio Badaracco, que hace esfuerzos por mantener su periódico, “Sucre”,  atento a todos los acontecimientos, publica un editorial el 6 de febrero, que titula “Viaje del Magistrado”, en el cual da cuenta de la visita que haría
 el General José Garbi al Presidente de la República en Maracay; y a la vez, señala, lo que para mí es una nota importantísima, se trata de la mudanza de la gobernación del Estado, para la calle Paraíso No. 15, o sea la Casa de Andrés Felipe Alarcón, en la cual este servidor despachó por 20 meses, después de acicalarla y equiparla convenientemente, cuando estuve al frente de la Comisión para la celebración del centenario del nacimiento del poeta Andrés Eloy Blanco, en 1997; y también señala que la municipalidad del Distrito Sucre del estado Sucre, se instaló en la casa No. 1 de la calle Sucre, al lado de la casona de los Badaracco. Esta casa fue reconstruida por mi padre, el cual contrató al ing. Martín Pascual, que logró una reconstrucción casi perfecta, como todas las que hizo en Cumaná.  

Todo el barrio de San Francisco, todas sus casas, incluyendo el Convento de los Franciscanos, el Templo de la Iglesia de Santa Inés, el castillo de San Antonio de La Eminencia, y el Fuerte de Santa María de la Cabeza, sufrieron los rigores del cataclismo.

EL TERREMOTO DE 1929, NARRADO POR ASDRUBAL DUARTE.
(Testigo presencial)


¨Mi gloria particular debo sacrificarla a la gloria de la Patria.
Antonio José de Sucre.

La mañana del 17 de enero de 1929, abrió un rostro sonriente y agradable, que trasmitía quietud y alegría. Nada parecía perturbar la quietud pastoril de los lugareños, que se dedicaban a efectuar sus labores tal como los practicaban desde la época de su fundación en 1515. Unos se dedicaban a la pesca, otros a la siembra. 

El viento del norte, muy suave, trasladaba el vocerío alegre de los trabajadores del mar y las playas de el Salado y Golfo de Cariaco; realizaban sus faenas los hombres musculosos. En la población de Caigüire los pescadores efectuaban sus labores pues habían logrado atrapar un inmenso cardumen de carites, que satisfacía cabalmente, con entusiasmo, necesidades de la comunidad.

El chinchorro estaba allí, con sus redes en forma de círculos, marcado  por  la sucesión de flotadores blancos, pequeños y redondos,  que parecían  enormes lunares, cual adornos en la faz  del mar.  Las aves marinas, sobre todo alcatraces, se lanzaban violentamente contra la superficie, y atrapaban arenques en sus largos picos y otras especies.

Los gritos de ¡Sotavento, sotavento! Se colaba por el túnel de la escasa brisa y se esparcía como perfume agradable.  

De pronto, un ruido lejano se oyó como disparo apagado en el fondo de una inmensa caverna; era casi inaudible, pero bastó para que todos se quedaran mudos, contemplativos, contagiados de ese silencio que nos afecta cuando algo brusco interrumpe la alegría que saboreamos. Las detonaciones se multiplicaron y tomó proporciones mayores; tal vez el tropel producido por el arrastre violento de un rio subterráneo. La tímida brisa, asustada, huyó rápidamente. Los pobladores sorprendidos, asustado no lograban entender aún el fenómeno y el mido se reflejaba en cada rostro.

Unas cadenas de truenos se combinaron y la tierra empezó a moverse como si fuese de gelatina, al mismo tiempo que cientos de voces empezaron a gritar ¡Terremoto…Terremoto!  La gente llena de pánico corrió en diferentes direcciones sin saber que hacer y el terror se apoderó de la población. El ambiente cambió totalmente y las aves desaparecieron, pues la calma fue sustituida por un viento huracanado que aullaba entre las ramas y los alambres telegráficos al cortar el aire. Se producía una especie de aullido, que sumaba un toque de pavor al ya enrarecido y dramático cuadro. Las olas aumentaron de tamaño, hasta alcanzar la altura de los cuatro metros. El Golfo de Cariaco, siempre alegre, risueño y acogedor se había trasformado en algo indescriptiblemente pavoroso.

¡Terremoto…Terremoto! Era el grito colectivo, mientras el viento feroz huracanado levantaba enormes polvaredas y la arenilla flagelaba los cuerpos. Las enramadas delos pescadores, ubicados a las orillas del mar, fueron las primeras viviendas que, con tanta  facilidad se llevó el huracán. Parecían plumas gigantes en vuelo. Los niños gritaban y lloraban, mientras los hombres, indecisos y asustados, corrían de un lado a otro sin saber qué hacer. Los cerros se desmoronaban y las casas caían cual frágiles habitaciones de muñecas… El desconcierto se generalizó y la tierra se abrió formando grietas profundas; muchos árboles cayeron mostrando sus raíces. El rio Manzanares se salió de su cauce y generó la locura natural. De  repente pasaron terribles ráfagas de lluvia que añadían más tormento y pavor a la población.  


ALEJANDRO DE HUMBOLDT                          

EL VULCANISMO Y LOS TEMBLORES DE TIERRA.

Las relaciones que acabamos de indicar entre el litoral de la Nueva Andalucía y el del Perú se alargan hasta en la frecuencia de los temblores de tierra y en los límites que la naturaleza parece haber prescrito a estos fenómenos. Hemos presenciado nosotros mismos muy violentas sacudidas en Cumaná; y en los días en que se reconstruían los edificios recientemente hundidos hemos llegado también a recoger en los propios lugares las circunstancias exactamente detalladas que acompañaron a la gran catástrofe  del 14 de diciembre de 1797. Tendrán tanto mayor interés estas nociones, cuanto que los temblores de tierra han sido hasta ahora considerados más bien con relación a los funestos efectos que ejercen sobre la población y el bienestar de la sociedad que desde el punto de vista físico y geológico.        
 Es opinión muy generalizada en las costas de Cumaná y la isla de Margarita que el Golfo de Cariaco debe su existencia a un desgarramiento de las tierras acompañado de irrupción del océano. La memoria de esta gran revolución se ha conservado entre los indios hasta fines del siglo XV, y se refiere que en la época del tercer viaje de Cristóbal Colón hablaban de ello los indígenas como de un acontecimiento asaz  reciente. En 1530 nuevas sacudidas atemorizaron a los habitantes de las costas de Paria y Cumaná. El mar inundó las tierras, y el pequeño fuerte que Jácome Castellón había construido en la Nueva Toledo   
Se hundió por completo (23). Hízose al mismo tiempo una enorme abertura en las montañas de Cariaco, a orillas del golfo de este nombre, de la que brotó del esquisto micáceo una gran masa de agua salada mezclada con asfalto (24). Hasta fines del siglo XVI fueron muy frecuentes los temblores de tierra; y según las tradiciones conservadas en Cumaná el mar inundó con frecuencia las playas y se elevó a 15 o 20 toesas de altura. Salváronse los habitantes en el cerro de San Antonio y en la colina donde hoy se halla el pequeño convento de San Francisco. Créese aún que estas frecuentes inundaciones determinaron a los habitantes para construir barrios de la ciudad arrimado a los cerros, Pan de Azúcar y San Antonio, que ocupa una parte de la cuesta.

EL TERREMOTO DE 1766.

Como no existe crónica ninguna acerca de Cumaná, y como sus archivos, a causa de las continuas devastaciones de los termites o comejenes, no contienen documento alguno que remonte a más de 150 años, no se conocen datos precisos sobre los antiguos temblores de tierra. Sábese tan solo que en tiempos más inmediatos a nosotros, el del año 1766 fue a una vez el más funesto para los colonos y el más notable para la historia física del país. Desde hacía 15 meses habíase mantenido una sequía semejante a la que se experimentan de vez en cuando en las islas de cabo Verde, cuando el 21 de octubre de 1766 fue enteramente destruida la ciudad de Cumaná. Renuévase todos los años la memoria de ese día con una fiesta religiosa acompañada de una procesión solemne. En el lapso de pocos minutos hundiéronse todas las casas y repitiéronse las sacudidas durante catorce meses de hora en hora. En varias ´partes de la provincia se abrió la tierra vomitando agua sulfurosa. Estas erupciones fueron frecuentes sobre todo en una llanura que corre hacia Casanay, dos leguas al Este de la ciudad de Cariaco, conocida con el nombre de “tierra hueca”, porque parece enteramente minada por fuentes termales. Durante los años 1766 y 1767 los habitantes de Cumaná acamparon en las calles, y empezaron a reconstruir sus casas cuando no se sucedieron sino de mes en mes los temblores de tierra. Sucedió entonces en estas costas lo que se experimentó en el reino de Quito inmediatamente después de la gran catástrofe del 4 de febrero de 1797. Mientras que oscilaba de continuo el suelo, parecía la atmósfera resolverse en agua. Fuertes aguaceros hicieron henchirse los ríos; fue el año sumamente fértil; y los indios, cuyas frágiles cabañas resisten fácilmente las más fuertes sacudidas, celebraban, según las ideas de una vetusta superstición, con fiestas y con danzas, la destrucción del mundo y la época próxima de su regeneración.      
Reza la tradición que en el temblor de tierra de 1766, así como en otro muy notable de 1794, las sacudidas eran simples oscilaciones horizontales; y que no fue sino el día malhadado del 14 de diciembre de 1797 cuando por primera vez en Cumaná se hizo sentir  el movimiento por soliviadura, de abajo arriba. Entonces fueron destruidos por completo más de los cuatro quintos de la ciudad, y el choque, acompañado de un ruido subterráneo fortísimo, pareció como en Riobamba, la explosión de una mina colocada a gran profundidad. Dichosamente la sacudida más violenta  fue precedida de un ligero movimiento de ondulación, de suerte que la mayor parte de los habitantes pudo escarparse en las calles, no pereciendo sino un corto número de los que estaban congregados en las iglesias. Es una opinión generalmente aceptada en Cumaná que los temblores de tierra más destructores se anuncian por oscilaciones muy débiles y por un zumbido que no se oculta a la sagacidad de las personas habituadas a este género de fenómenos. En ese momento fatal resuenan por todas partes los gritos de “! Misericordia! ¡Tiembla! ¡Tiembla!, y es raro que falsas alarmas sean dadas por un indígena. Los más tímidos observan con atención los movimientos de los perros, cabras y cerdos. Estos últimos animales, dotados de un olfato sumamente fino, y acostumbrados a hozar la tierra, advierten la proximidad del peligro con su inquietud y sus gruñidos. No vamos a decidir si, colocados más cerca de la superficie del suelo, oyen más pronto el ruido subterráneo, o si sus órganos reciben la impresión de alguna emanación gaseosa que sale de la tierra.  No podría negarse la posibilidad de esta última causa. Durante mmi permanencia en el Perú se observó, en el interior del país, un hecho que se relaciona con este género de fenómenos y que se había presentado ya varias veces. Después de violentos temblores de tierra, las yerbas que cubren las sabanas del Tucumán adquirieron propiedades nocivas; hubo epizootia en el ganado caballar; y gran número de ellos, parecían aturdidos o asfixiados por las mofetas que exhalaba el suelo.
En Cumaná, media hora antes de la catástrofe del 14 de diciembre de 1797, sintióse un fuerte olor a azufre cerca de la colina del convento de San Francisco; y fue en ese mismo lugar donde el ruido subterráneo, que pareció propagarse del Sureste al Noroeste, fue más fuerte. Viéronse aparecer al propio tiempo llamas a orillas del río Manzanares, cerca del hospicio de los Capuchinos y en el golfo de Cariaco, cerca de Marigüitar. Veremos a continuación que este último fenómeno, tan extraño en un país no volcánico, se presenta a menudo en las montañas de caliza alpina, cerca de Cumanacoa, en el valle de Bordones, en la Isla de Margarita, y en medio de las sabanas o llanos de la Nueva Andalucía (25). En estas sabanas se elevan a una altura considerable haces de llamas; se observan por horas enteras en los lugares más áridos y aseguran que al examinar el suelo que produce la materia inflamable no se percibe ninguna grieta. Este fuego que recuerda los manantiales de hidrógeno  o  “Salse de Módena” (26), y los fuegos fatuos de nuestros pantanos, n se comunica a la yerba, sin duda porque la columna de gas que se desarrolla está mezclada con nitrógeno y ácido carbónico, y no arde hasta su base. El pueblo por lo demás, menos supersticioso aquí que en España, designa estas llamas rojizas con el extraño nombre de “alma del tirano Aguirre” imaginando que el espectro de Lope de Aguirre, perseguido por los remordimientos, anda errante en estos mismo países que habia mancillado con sus crímenes.
El gran temblor de tierra de 1797 produjo algunos cambios en la configuración del placel de Morro Colorado, hacia la boca del río Bordones. Levantamientos análogos se han observado cuando la ruina total de Cumaná, en  1766. En esa época, sobre la costa meridional del golfo de Cariaco, la Punta Delgada se aumentó sensiblemente; y en el río Guarapiche, cerca de la villa de Maturín, se formó un escollo, sin duda por la acción de los fluidos elásticos que han dislocado y solevantado el fondo del río.
No seguiremos describiendo al detal los cambios locales producidos por los diversos  temblores de tierra de Cumaná. Para seguir un plan conforme al fin que nos hemos propuesto en esta obra, trataremos de generalizar las ideas y de reunir en un mismo cuadro todo lo que concierne a estos fenómenos tan temidos y al mismo tiempo tan difíciles de explicar. Si los físicos que visitan los Alpes de Suiza o las costas de la Laponia deben subvenir a nuestros conocimientos sobre los glaciares y las auroras boreales, podrá exigirse de un viajero que ha recorrido la América española que fije principalmente su atención en los volcanes y terremotos. Cada parte del globo tiene objetos de estudio particulares; y cuando no se puede esperar que se adivinen las causas de los fenómenos de la naturaleza, debe por lo menos procurarse descubrir sus leyes y distinguir, mediante la comparación de numerosos hechos, lo que es constante y uniforme de lo que es variable y accidental.
Los grandes temblores de tierra que interrumpen la larga serie de pequeños sacudimientos no parecen tener nada de periódicos en Cumaná. Se han sucedido a 80, a 100 y aun en ocasiones a menos de 30 años de distancia, mientras que en las costas del Perú, por ejemplo en Lima, no es posible desconocer cierta regularidad en las épocas de total ruina para la ciudad. La persuasión de los habitantes en la existencia de ese tipo allí, influye aún de una manera feliz en la tranquilidad pública y en la conservación de la industria. Generalmente se tiene por cierto que es menester un espacio de tiempo azas prolongado para que las mismas causas puedan obrar con la mima energía; pero este razonamiento no es justo sino mientras tanto que se consideren los sacudimientos como un fenómeno local, y que se suponga un foco particular para cada punto del globo expuesto a grandes trastornos. Dondequiera que se levanten nuevos edificios sobre las ruinas de los antiguos, escucharemos decir a quienes se niegan a reconstruir, que la destrucción de Lisboa el 1º de noviembre de 1755 fue pronto seguida de otra no menos funesta el 31 de marzo de 1761.
En opinión antiquísima y muy común en Cumaná, Acapulco y Lima (28), que existe una relación sensible entre los temblores de tierra y el estado de la atmósfera que precede a estos fenómenos. En las costas de la Nueva Andalucía se inquietan cuando durante un tiempo cálido con exceso y después de larga sequía deja de soplar la brisa de repente, y cuando el cielo, estando sereno y despejado en el zenit, presenta cerca del horizonte, a 6 u 8 grados de altura, un vapor rojizo. Bien inciertos son, sin embargo, estos pronósticos; y cuando se tiene en mientes el conjunto de variaciones meteorológicas en épocas en que el globo ha estado más agitado, se comprende que las sacudidas violentas se efectúan igualmente en tiempos húmedos y secos, con viento muy vivo y durante una calma absoluta y sofocante. De acuerdo con el gran número de temblores de tierra que he presenciado al Norte y al Sur del ecuador, en el continente y en la cuenca de los mares, en las costas y a 2500 toesas de altura, me ha parecido que las oscilaciones son por lo general azas independientes del estado anterior de la atmósfera. Participan de esta opinión muchas personas instruidas que habitan en las colonias españolas cuya experiencia versa, si no en mayor extensión del globo, por lo menos en mayor número de años que la mía. Al contrario, en regiones de Europa en que los temblores de tierra son raros en comparación con la América, los físicos se inclinan a admitir una conexión íntima entre las ondulaciones del suelo y algún meteoro que accidentalmente se presenta en la misma época. Así en Italia se sospecha una relación entre el Siroco y los temblores de tierra, y en Londres se miró la frecuencia de las estrellas fugaces y esas auroras australes observadas después varias veces por el Sr. Dalton, como precursores de los sacudimientos que se hicieron sentir desde 1748 hasta 1756 (29).
Los días en que la tierra es perturbada por las violentas sacudidas no se altera en los trópicos la regularidad de las variaciones horarias del barómetro. He verificado esta observación en Cumaná, el Lima y en Riobamba; y es tanto más digna de llamar la atención de los físicos cuanto que en Santo Domingo, en la ciudad de Cabo Francés, se pretende haber visto bajar un barómetro de agua dos pulgadas y media inmediatamente antes del temblor de tierra de 1770 (30). Refiérese así mismo que cuando la destrucción de Orán se salvó un boticario con su familia, porque observando por casualidad pocos minutos antes de la catástrofe la altura del mercurio en su barómetro reparó que la columna mermaba de un modo extraordinario. Ignoro si se puede dar fe a esta aserción; pero como es más o menos imposible examinar las variaciones de peso de la atmósfera durante las sacudidas mismas, es preciso contentarse con observar el barómetro antes o después de verificarse esos fenómenos. En la zona templada las auroras boreales no siempre modifican la declinación del imán y la intensidad de las fuerzas magnéticas (31). Quizá también los temblores de tierra no obran     constantemente de la misma manera sobre el aire que nos rodea.
Parece difícil poner en duda que lejos de la boca de los volcanes activos todavía, la tierra, entreabierta y conmovida por sacudimientos, exhala de tiempo en tiempo emanaciones gaseosas en la atmósfera. En Cumaná, como arriba hemos indicado, del suelo más árido se elevan llamas y vapores mezclados con ácido sulfuroso. En otras partes de la misma provincia vomita la tierra agua y petróleo. En Riobamba sale una masa cenagosa e inflamable llamada “Moya”, de grietas que vuelven a taparse, y se acumula en colinas elevadas. A siete leguas de Lisboa, cerca de “Colares”, se vio, durante el tremendo terremoto del 1º de noviembre de 1755, que salían llamas y una columna de humo espeso de la falda de las peñas de Alvidras, y, según algunos testigos, de dentro del mar (32). Este humo persistió por varios días, y abundaba más cuanto más fuerte era el ruido subterráneo que acompañaba los sacudimientos.
Los fluidos elásticos derramados en la atmósfera pueden obrar localmente sobre el barómetro, no ya por su masa, que es pequeñísima en comparación con la masa de la atmósfera, sino porque en el momento de las grandes explosiones se forma verosímilmente una corriente ascendente que disminuye la presión del aire. Me inclino a creer que en la mayor parte de los temblores de tierra nada se escapa del suelo conmovido, y que allí donde se efectúan emanaciones de gases y vapores, estas preceden a las sacudidas con menor frecuencia de lo que las acompañan y las siguen. Esta última circunstancia de la explicación de un hecho al parecer indubitable, quiere decir, de esa influencia misteriosa que en la América equinoccial tienen los temblores de tierra sobre el clima y el orden de las estaciones de lluvias y sequía. Si generalmente no obra la tierra sobre el aire sino en el momento de las sacudidas, se comprende por qué es tan raro que un cambio meteorológico sensible sea el presagio de estas grandes revoluciones de la naturaleza.
La hipótesis según la cual, en los temblores de tierra de Cumaná, tienden a escaparse de la superficie del suelo fluidos elásticos, parece confirmada por la observación del ruido temeroso que se observa durante los sacudimientos a la orilla de los pozos en el “llano de las Charas”. A veces son arrojadas el agua y la arena a más de 20 pies de altura. No han escapado fenómenos análogos a la sagacidad de los antiguos que en la Grecia y el Asia menor habitaban parajes llenos de cavernas, de grietas y de ríos subterráneos. En su andar uniforme la naturaleza hace nacer por todas partes las mismas ideas sobre las causas de los temblores de tierra y sobre los medios con que el hombre, olvidando la medida de sus fuerzas, pretende disminuir el efecto de las explosiones subterráneas. Lo que dijo un gran naturalista romano de la utilidad de los pozos y de las cavernas, lo repiten en el Nuevo Mundo los indios más ignorantes de Quito cuando muestran a los viajeros los guaicos o grietas del Pichincha (33).
El ruido subterráneo tan frecuente durante los temblores de tierra, no está la más de las veces en relación con la fuerza de las sacudidas. En Cumaná constantemente las precede, mientras que en Quito, y luego, a poco en Caracas y en las Antillas, se escuchó un ruido semejante a la descarga de un batería mucho tiempo después de haber cesado los sacudimientos. Un tercer género de fenómenos, el más notable de todos, es el retumbo de estos truenos subterráneos que duran varios meses sin ser acompañados del menor movimiento oscilatorio del suelo (34).
En todos los países expuestos a los temblores de tierra se mira como causa y foco de las sacudidas el punto en que, debido verosímilmente a una disposición particular de las capas pétreas, son los efectos más sensibles. Créese así en Cumaná que la colina del Castillo de San Antonio, y principalmente la eminencia sobre la cual está construido el convento de San Francisco, encierran una cantidad enorme de azufre y otras materias inflamables. Olvídase que la rapidez con que se propagan las ondulaciones a grandes distancias, aún a través de la cuenca del océano, prueba que el centro de acción está muy apartado de la superficie del globo. Sin duda, por esta misma causa los temblores de tierra no se ciñen a ciertas rocas, como lo pretenden algunos físicos, sino que todas son adecuadas para propagar el movimiento. Para no salir del círculo de mi propia experiencia, citaré aquí los granitos de Lima y Acapulco, el gneis de Caracas, el esquisto micáceo de la península de Araya, el esquisto primitivo de Tepecuacuileo en México, las calizas secundarias del Apeninos, de España, y de la Nueva Andalucía, y en fin los pórfidos trapeanos de las provincias de Quito y Popayán (35). En estos diversos lugares se conmueve frecuentemente el suelo con las más violenta sacudidas; pero algunas veces, en una misma roca, las capas superiores oponen obstáculos invencibles a la propagación del movimiento. De esta suerte, en las minas de Sajonia, se ha visto a los obreros salir asustados por oscilaciones que no se habían sentido en la superficie del suelo de Marienberg, en el Erzgeburge.
Si en las regiones más alejadas unas de otras participan al igual de los movimientos convulsivos del globo las rocas primitivas, secundarias o volcánicas, tampoco se puede dudar de que, en lo tocante a un terreno poco extenso, ciertas clases de rocas se oponen a la propagación de los sacudimientos. En Cumaná, por ejemplo, antes de la gran catástrofe de 1797, los temblores de tierra no se sentían sino a lo largo de la costa meridional y calcárea del golfo de Cariaco hasta la ciudad de este nombre, mientras que en la península de Araya y en la aldea de Manicuare no participaba el suelo de las mismas agitaciones. Los habitantes de esa costa septentrional, que está compuesta de esquisto micáceo, construían sus cabañas sobre un terreno inmóvil; un golfo de cuatro a cinco mil toesas de ancho los separaba de una llanura cubierta de ruinas y trastornada por los temblores de tierra. Esta seguridad, fundada en la experiencia de varios siglos, ha desaparecido desde el 14 de diciembre de 1797 nuevas comunicaciones parecen haberse abierto en el interior del globo. Hoy se experimentan las agitaciones del suelo de Cumaná no solo en la península de Araya, sino que el promontorio de esquisto micáceo se ha convertido a su turno en un centro particular de movimientos. Ya la tierra se estremece en ocasiones fuertemente en la aldea de Manicuare, cuando se disfruta de la más perfecta tranquilidad en la costa de Cumaná. Sin embargo de esto, el golfo de Cariaco tiene solamente sesenta u ochenta brazas de profundidad.
Se ha creído observar que, ya sea en los continentes, ya en las islas, están más expuestas a los sacudimientos las costas occidentales y meridionales (36). Se enlaza esta observación a las ideas que se han formado los geólogos largo tiempo acerca de la posición de las altas cordilleras de montañas y de la       dirección de sus faldas más escarpadas; más la existencia de la Cordillera de Caracas y la frecuencia de las oscilaciones sobre las costas orientales y septentrionales de Tierra Firme, en el golfo de Paria, en Carúpano, en Cariaco y en Cumaná, prueban lo incierto de aquella opinión.
En Nueva Andalucía, lo mismo en Chile y en el Perú, las sacudidas siguen el litoral y poco se extienden al interior de las tierras. Esta circunstancia, como pronto lo veremos, indica una íntima relación entre las causas que producen los temblores de tierra y las erupciones volcánicas. Si fuese el suelo más agitado sobre las costas, porque son las partes más bajas de la tierra ¿Por qué no serían igualmente fuertes y frecuentes las oscilaciones en esas vastas sabanas o praderas que apenas se elevan 8 o 10 toesas sobre el nivel del océano, en los llanos de Cumaná, de Nueva Barcelona, de Calabozo, del Apure y del Meta?
Los temblores de tierra de Cumaná se conexionan con los de las Antillas Menores, y aún se ha sospechado que tienen ciertas relaciones con los fenómenos volcánicos de la cordillera de los Andes (37). El 4 de febrero de 1797 experimentó el suelo de la provincia de Quito un trastorno tal, que a pesar de la suma escasez de la población de aquellos países, cerca de 40.000 indígenas perecieron sepultados bajo los escombros de sus casas, tragados por las grietas o ahogados en lagos que se formaron instantáneamente. En esa misma época los habitantes de las Antillas orientales fueron alarmados por sacudimientos que no cesaron sino a los 8 meses, cuando el volcán de la Guadalupe vomitó piedra pómez, cenizas y bocanadas de vapores sulfurosos. Esta erupción del 27 de septiembre, durante la cual se escucharon prolongadísimos mugidos subterráneos, fue seguida el 14 de diciembre por el gran temblor de tierra de Cumaná (38). Otro volcán de las Antillas, el de san Vicente, ha ofrecido hace poco un nuevo ejemplo de estas relaciones extraordinarias (39). No había él arrojado llamas desde 1718, cuando las lanzó de nuevo en 1812. La ruina total de la ciudad de Caracas, el 28 de marzo de 1812, precedió en 34 días a aquella explosión, y se sintieron violentas oscilaciones del suelo al mismo tiempo en las islas y en las costas de Tierra Firme.
Ha largo tiempo se ha notado que los efectos de los grandes temblores de tierra se propagan mucho más lejos que los fenómenos que presentan los volcanes en actividad. Estudiando las revoluciones físicas de Italia, examinando con cuidado la serie de erupciones del Vesubio y el Etna, hay dificultad para reconocer, a pesar de la proximidad de estos montes, las huellas de una acción simultánea. Al contrario, es indudable que cuando las dos últimas ruinas de Lisboa, fue violentamente agitado el mar hasta el nuevo mundo, por ejemplo, la isla de Barbada, alejada en más de 1200 leguas de las costas de Portugal (40).
Varios hechos tienden a probar que las causas que producen los temblores de tierra tienen un estrecho enlace con las que obran en las erupciones volcánicas (41). Hemos sabido en Pasto que la columna de humo negro y espeso que en 1797 salía del volcán próximo a esa ciudad hacía varios meses, desapareció a la hora misma en que, 60 leguas al Sur, fueron derribadas las ciudades de Riobamba, Ambato y Tacunga por una enorme sacudida. Cuando en el interior de un cráter inflamado se sienta uno cerca de esos montículos formados por deyecciones de escorias y cenizas, se siente el movimiento del suelo varios segundos antes de efectuarse cada erupción parcial. Hemos observado este fenómeno en el Vesubio, en 1805, al tiempo que la montaña lanzaba escorias incandescentes; y de ello hemos sido testigos en 1802 en el borde del inmenso cráter del Pichincha, del cual sin embargo no salían entonces sino nubes de vapores de ácido sulfuroso.
Todo parece indicar en los temblores de tierra la acción de los fluidos elásticos que buscan una salida para esparcirse en la atmósfera. En las costas del mar del Sur esta acción se comunica a menudo casi instantáneamente desde Chile hasta el golfo de Guayaquil, en un trecho de 600 leguas; y, cosa más notable aún, las sacudidas parecen ser tanto más fuertes cuanto que el País está más alejado de los volcanes activos. Los montes graníticos de la Calabria, cubiertos de brechas muy recientes, la cadena calcárea de os Apeninos, el condado de Pignerol, las costas de Portugal y de Gracia, las del Perú y Tierra Firme, ofrecen pruebas sorprendentes de esta aserción (42). Diríase que el globo es agitado con tanta mayor fuerza cuantos menos respiraderos ofrece la superficie del suelo que se comuniquen con las cavernas de lo profundo. En Nápoles y en Mesina, al pie del Cotopaxi y del Tungurahua, no temen temblores sino por todo el tiempo que los vapores y las llamas no salen ya de la boca de los volcanes. En el reino de Quito, la gran catástrofe de Riobamba, de que arriba hemos hablado, ha despertado aún la idea  en muchas personas instruidas, de que aquel desgraciado país sería con menos frecuencia trastornado si el fuego subterráneo lograse romper la cúpula porfídica del Chimborazo y si esta montaña colosal se convirtiese en un volcán activo. Hechos análogos han conducido en todos los tiempos a las mismas hipótesis. Los griegos, que atribuían como nosotros, a la tensión de los fluidos elásticos las oscilaciones del suelo, citaban en favor de su opinión la cesación total de sacudimientos en la isla de Eubea ´por la abertura de una grieta en la llanura Lelantina (43).      
Hemos tratado de reunir al fin de este capítulo los fenómenos generales de los temblores de tierra en diferentes climas. Hemos demostrado que los meteoros subterráneos están sometidos a leyes tan uniformes como la mezcla de fluidos gaseosos que constituyen nuestra atmósfera. Nos hemos abstenido de toda discusión sobre la naturaleza de los agentes químicos  causantes de los grandes trastornos que de tiempo en tiempo experimenta la superficie de la tierra. Basta recordar aquí que esas causas residen a inmensas profundidades, y que es menester buscarlas en las rocas que llamamos primitivas, y aun quizás debajo de la corteza  terrosa  y oxidada del globo, en los abismos que encierran las sustancias metaloides de la sílice, la cal, la sosa y la potasa.  
   Recientemente se ha intentado considerarlos fenómenos de los volcanes y los de los temblores de tierra como efecto de la electricidad voltaica, desarrollada por una disposición particular de estratos heterogéneos. No podría negarse que a menudo, cuando se suceden fuertes sacudidas en el espacio de algunas horas, la tensión eléctrica del aire aumenta sensiblemente en el instante en que está más agitado el suelo (44); mas para explicar este fenómeno no es necesario recurrir auna hipótesis que está en directa contradicción con todo lo que hasta aquí se ha observado sobre la estructura de nuestro planeta y sobre la disposición de sus capas pétreas.  



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