jueves, 15 de diciembre de 2016

JOSÉ MARÍA MILÁ DE LA ROCA DÍAZ

RAMÓN BADARACCO















JOSÉ MARÍA MILÁ DE LA ROCA DÍAZ





Autor Tulio Ramón Badaracco Rivero
Que firma Ramón Badaracco
Título de libro:  JOSÉ MARÍA MILA DE LA ROCA DÍAZ
Copyright Ramón Badaracco- 2013
Diseño de la cubierta R. B.
Ilustración de la cubierta R. B.
Depósito legal
Impreso en Cumaná
tlf. 0416-811-4374 










ANTECEDENTES


José María era un joven de largos silencios, de caminar pausado, alto, delgado, blanco traslúcido, de pelo negro, mirada triste pero altiva, trabajador incansable, escritor a tiempo completo, sabio, elocuente y rebelde. Su rebeldía era innata, angustiosa, con un sentido alto de la dignidad. Tenía conocimientos misteriosos de todas las cosas y de todo lo que se movía en derredor.

Mi padre decía que José María Milá de La Roca Díaz, era como un hermano para él, cuando cayó enfermo se encerró en su casa, hablaba con sus familiares cercanos y con algunos amigos a mi padre le entregaba semanalmente, por debajo de la puerta de su casa, sus poesías y las cuartillas de su novela “LALITA” para que las publicara en sus periódicos o en aquellos con los cuales trabajaba.

Yo también aprendí a querer al poeta a través de la parte de su obra que se publicó en el periódico ‘La Constitución’ de don Federico Madriz Otero, en el cual el Dr. Badaracco y papá eran redactores, y luego, tengo el Libro de la Familia Milá de La Roca, donde está su obra completa.

         Los poetas Celso Medina y Ramón Ordaz, lo han dado a conocer en sus obras, Ramón Ordaz publicó su novela “Lalita” con una introducción crítica (tuvo la suerte de conseguir un ejemplar con Caupolicán Ovalles), y Celso Medina sus poesías, con lo cual lo han dado a conocer a las nuevas generaciones, considero importante aportar a ustedes el trabajo de mi padre, amigo personal del poeta, veamos:  






CESAR AUGUSTO CUMANÉS.



J.M. Milá de La Roca Díaz fue uno de nuestros admirados poetas. Bajo el seudónimo de César Augusto Cumanés, a fines del siglo pasado, comenzó a darse a conocer como cultivador de las letras, publicando sus producciones en periódicos de la localidad, y nosotros,  presuntos intelectuales,  recibíamos y recitábamos sus sentidas estrofas, en nuestros incipientes corrillos literarios, discutiendo la personalidad de este bardo que emergía como una prometedora luminaria tras el prolongado silencio que pareció asentar definitivamente su tiniebla infecunda en la vastedad del territorio provinciano.
  
Sabíamos de su reclusión, por el mal tremendo que torturó y destruyó su vida, y un sentimiento de piedad aunado a ese oro de admiración al poeta nos hacía asignarle una estatura inmensurable, cual si nadie más, ni Milton creando su ‘Paraíso Perdido’ en medio de nuestra ceguedad pudiera comparársele. ¡Que de prodigios imaginábamos! Se nos antojaba cada verso suyo a manera de hebra sutil y luminosa que se filtraba al exterior por rendijas invisibles de su celda, para proyectar hacia el pueblo la claridad melodiosa de su talento.

En el Colegio Nacional de Cumaná, cuando él cursaba estudios secundaros y muchos de nosotros asistíamos al curso de latinidad bajo el rectorado del sabio maestro Don José Silverio González Varela, le veíamos casi a diario y recordamos su perfil de adolescente, la expresión preocupada de su rostro como de quien presiente la pena letal que ha de atarlo, cual otro Prometeo a la columna inclemente del martirio      

Al pie de áridas colinas que bordean la extensión semejante y salobre, huérfana de árboles, que declina hacia el mar, ante un panorama de incambiable desolación al noreste de la ciudad, edificaron sus padres algo como rústico albergue, definitiva o anticipada mortaja de este hijo que poseyó dotes sobresalientes para elevar su nombre por sobre el tiempo en alas de cantos y rompió con el poder de su pensamiento el estrecho recinto que lo aprisionaba para divulgar y vivir con la perennidad de sus canciones más allá del dolor, más allá de la muerte.

En aquella rústica vivienda, en vida contemplativa y solitaria, se consagró al estudio, al trabajo intelectual, acogió quizá a la elocuente sentencia del Salmista ‘Suma dolor quien suma sabiduría’  Al conjuro de su musa, vibraron allí sus poemas, con resonancia armoniosa en la ciudad que los recibía como dones inefables, porque se le suponía hundido con el pesar, agotado por el sufrimiento, sin voluntad, añorante de cuanto a se redor adivinaba él transformándose, viviendo, la cambiante ilusión juvenil, el progreso naciente de la ciudad, el diuturno ajetreo de su pueblo y, antes de todo, la revolución literaria que se imponía tanto en la expresión como en la forma, con aquel movimiento que se llamó modernismo, surgido en Nicaragua con la paternidad de Rubén Darío trasponía las fronteras y era acogido con entusiasmo en todas las juveniles Peñas literarias del Continente renovando la lírica castellana.

Los más renombrados representativos de esa lírica en la vasta extensión americana, dieron impulso a esa corriente renovadora: Lugones, Chocano, Nervo, Díaz, Valencia, Blanco Fombona, Juana de Ibarboroug y tantos consagrados por la fama, lumbreras que difundían su comprensiva diafanidad por el orbe castellano sustentadores de los nuevos símbolos.   

Con AZUL la obra inicial de Rubén Darío, que se editó en Chile, penetró en España la nueva escuela, r4ecibiendo allá las más extremas contrapuestas discusiones. Don Juan de Valera el castizo autor de Pepita Jiménez de prosa acicalada y polifónica según con conceptúa Felipe Tejera, comentó el libro en una carta al autor, a manera de Prólogo con liberalidad, con alabanza, convirtiéndose al exótico credo que se propagaba por la Madre Patria, tocando a todos los cenáculos, adueñándose de la mente juvenil, dispuesta siempre a cuanto signifique renovación.

     Atónitos quedaban los viejos maestros, los consagrados en el arte de Apolo, sucesores y continuadores de los mejores clásicos de nuestro idioma: Núñez de Arce, el príncipe de la lírica creador del IDILIO a quien imitó nuestro Andrés Mata; Campoamor el de las Doloras y tantos insignes vates de universal renombre ya en la Península, ya en la América Hispana, quienes habían afirmado su opinión como dogma, esclavos de la métrica cadenciosa, sujetos a la retórica de Hermosilla, el gigante traductor de Homero en impecables versos castellanos, atentos a la crítica erudita de don Marcelino Meléndez Pelayo el polígrafo sin par, cortaban el vuelo a la fantasía, no atreviéndose a romper la línea trazada por los clásicos, dándole ductilidad y soltura al estilo, son que los definió Rubén Darío ‘‘eran defensores acérrimos de la conexión académica de letras y de modo lamido del arte, almas sublimes, pero amantes de la lija y de la ortografía…’’   

Milá de la Roca Díaz se aferró a la antigua escuela, encasillado en los antiguos moldes, no queriendo dar crédito al desquiciamiento de una tradición secular, sustentado hasta entonces por los más ilustres escritores, por el prestigio de nombres intocables y que él conceptuaba inamovibles. Estereotipó su estilo en la forma arcaica,
porque dentro de su dura vivienda, cultivando el verso, alejado de la incesante palpitación de la vida diaria, del tráfago urbano, de la policromía de la luz en cuanto tocan sus rayos, a la manera de Silvio Pellico, enamorado de su ‘‘Picciola’’, la única manifestación de vida nacida en la oscuridad de su húmedo calabozo, se apegó a su modo de expresión, para lanzar al mundo sus endechas, sus imprecaciones, la conmoción dolorosa de su fe…

         En la inflexibilidad de tales moldes supo, sin embargo, encontrar soltura a sus estrofas, exteriorizar su pensamiento, los anhelos de su corazón, convirtiendo su honda pena en imágenes, rimados mensajeros que lo hacían convivir con su pueblo, en el afecto de la comunidad. Su dinamismo fue íntimo, con Lalita, la heroína de su novela de ese nombre, recorrió nuestras calles, subió a nuestras colinas, visito nuestros campos, percibió la fragancia de nuestros montes, supo del amor que no llamó a sus puertas, lapiadas físicamente para el infantil dios alado.

         Al leerlo se creería que personalmente estuvo en los sitios que describe, ya es él encarnación de su fantástico héroe. Son gráficas descripciones que para los cumaneses sus contemporáneos constituyeron deleites, a la vez que el consuelo de figurárselo viviendo aquellos episodios románticos creados por su pluma para darle libertad a su espíritu y elevado ágil y jubiloso a espacios distanciados de su lento martirio.

         Nacido en 1878, acaeció su muerte en 1911 y a su vida atormentada, pese a su reclusión de años, dejo editadas ‘’LALITA’’, novelas y dos tomos de poesías ‘’ARISTAS Y FCACETAS’’ y ‘’ALJABA´´, con otras producciones que se conservan inéditas y que él tenía recopiladas para darlas a publicidad bajo el título de ‘’NOCTURNOS’’. Noble y encomiable esfuerzo el de este apasionado de la poesía, cuyo nombre se alarga con la vibrante estela de sus canciones hasta aquellas generaciones que sepan gustar la música del verso, el sabor inefable de una bella estrofa.

Sobre su tumba se deshojaron inmarchitables rosas, aquellas de perenne fragancia que inspirados bardos de claro estilo dedicáronle en manojo de rimas. También nosotros hemos querido depositar sobre la losa sepulcral de este preclaro hijo de Cumaná, esta breve semblanza, como tributo de sincera admiración.

                                                   Marco Tulio Badaracco Bermúdez





DEL DESIERTO

No creas que á mis años juveniles
Engaña el esplendor de tus palabras,
Yo no acepto ni dogmas ni maestros
Sin que primero los tamice el alma.
Tú cantas el tropel de los combates,
Tú admiras el fragor de las batallas,
Tú ensalzas el valor de los guerreros,
Tú aplaudes las victorias de las armas,
Yo canto a Cristo, el redentor judío,
Yo admiro a Buda, el redentor del Asia,
Yo ensalzo a Franklin, domador del rayo,
Yo aplaudo a Fulton, vencedor del agua,
Y en tanto gritas tú: ¡Despierta hierro!
Yo digo: basta ya; hierro, descansa.

Yo sé muy bien que ante el criterio humano
Es grande el hombre cuando en grande mata;
César fue un héroe porque dijo ¡guerra!
Jesús un loco porque dijo! ¡ama!
Yo no extraño el aplauso de las turbas
Ni los loores que la historia canta,
Porque hay vergüenzas que parecen glorias,
Porque hay reptiles que pareen águilas,
Más yo no admiro triunfos ni laureles
Que vierten sangre y que provocan lágrimas
Yo no admiro heroísmo ni grandezas
Que en pedestal de huesos se levantan,
Yo admiro a los cóndores ¡cuando suben!
Yo nunca los admiro cuando matan.

De soldados y grandes capitanes
Que subyugaron mundos á sus plantas
No salieron jamás los redentores
Que la ignorante humanidad reclama.
Bajo los cascos del corcel de Atila
La yerba de los campos se agostaba
Bajo los pies del vencedor de mundos
Solo crece un derecho, el de la espada;
Encuentra libre, pero deja siervos,
Encuentra hombres, pero deja parias
Y cuando el aparato y el bullicio,
De sus estruendos militares pasan,
En la honda roja silenciosa y triste
No ven flotar las libertades náufragas.

¡Tiene que ser…!  La fuerza se repele
Con la fuerza, las armas con las armas;
El fuerte por ser fuerte no es justicia,
Y la vida del débil es sagrada;
Más sé también que mientras haya fuerzas
Que repeler con armas en batalla,
Mientras que exista un fuerte en un tirano,
Mientras exista un ciervo en una infamia
Mientras que de la heroica Judit sea
La vengadora mano necesaria,
Mientras que pueblos eslavicen pueblos,
Mientras que yugos y cadenas haya,
Mientras la humanidad cante la guerra
No es hombre el hombre sino fiera humana.

El sable de Alejandro el macedonio
Mutila y diezma sin piedad el Asia;
Aníbal con sus áfricas legiones
En rojo surtidor al mundo baña;
El águila triunfal de Julio César
Desangra el orbe con furiosa garra;
Bonaparte abonando en sangre á Europa
Barre naciones y despuebla á Francia…
Inmarcesibles triunfos de acero,
Esplendorosa gloria de las armas,
Llena la historia está con tantos triunfos,
Rojas con tanta gloria están sus páginas
Pasan los héroes, se desangra el mundo,
La muchedumbre aplaude y tiembla el alma…

Oh, turbas que os miráis bajo las ruedas
Del carro de los césares diezmadas,
Y viendo el rojo funerario surco
Cantáis vitorias y batís las palmas;
Oh, turbas que ciñendo al César lauros
Laméis sus manos y besáis sus plantas,
Sus plantas que os humillan y envilecen,
Sus manos que os mutilan y desangran…

¿En dónde el astro redentor que arroje
¿Calor y luz entre tinieblas tantas?
¿Dónde el Jesús que ha de dar vista al ciego,
Que así ve sierpes donde vuelan águilas,
Que así ve llanos donde se alzan cumbres
¿Como en donde hay abismos ve montañas…?

Por sobre la hecatombe de la guerra
El tiempo rueda y silencioso pasa,
Se suceden los pueblos y naciones,
Se transforman los hombres y las razas;
Y por sobre el fragor de los combates,
Y por sobre el estruendo de las armas,
Por sobre el rojo surco del pasado
Tiende un manto piadoso mi esperanza…
¡Oh!  Me paree que en el alma escucho
Rumor de voces que en concierto cantan:
--Soñador! Ya la aurora se avecina,
Velada Temis impasible aguarda…
Canta la alondra y su canción anuncia
Que huye la noche ante la luz que avanza.


                                                        DE PSIQUIS

Yo quisiera…
¡Tantas cosas de la vida…!
Vagos sueños, cuyas brumas transparentan la quimera…
Tal vez ansias imposibles, que, en contarlas no se cuida
¡La gran loca, la esperanza lisonjera…!
Yo quisiera…
Un país, el de mis sueños, donde el alma se extasiará.
Contemplando realidades los mirajes que he soñado…
La sin par belleza rara…
Del país de los querubes, del que el alma guarda avara
Un dulcísimo concento por el alma adivinado…
Fugacísimos aromas de inefable primavera…
Yo quisiera…
Un amor belleza todo, un amor toda ternura,
Para el alma vibraciones de exquisitas armonías…
Un amor divino… humano…pasión loca…pasión pura…
Y es aquel que soné un día con la hermosa criatura
Flor de mi alma, flor de amores de mis hermosos días…
Flor de ensueños, flor de dichas en la fe que ama y espera…
Yo quisiera…
¡Tantas cosas en la vida…!
Vagos sueños, cuyas brumas transparentan la quimera…
Tal vez ansias imposibles que en contarlas no se cuida
La gran loca, la esperanza lisonjera…
Yo quisiera…
Ver los hombres, no rivales ni enemigos, sino hermanos,
Ver al hombre amar al hombre, ver al hombre odiar la guerra,
Ver al hombre odiar la sangre que hoy gotea de sus manos…
No ver siervos ni señores ni oprimidos ni tiranos…
Yb una patria…una tan solo… la gran patria, nuestra tierra!
Con un pueblo…solo uno: ¡la familia humana entera!
Yo quisiera…
Ver a Dios, y frente a frente, y mirar por fin un día
Si es verdad que Dios existe… si es que es justo…si es que es bueno…
“Rey excelso de los reyes y del orbe –le diría-
Señor Santo; tiende al hombre tu paterna mano pía
Si es verdad tu providencia… ¡Ve ese mundo todo cieno…!
¡Si eres padre, ¡Señor Santo, purifica… regenera…!
Yo quisiera…
Ver la síntesis sagrada
De lo hermoso, de lo puro, de lo bello, de lo santo,
De lo justo, de lo bueno… en el hombre humanizado
¡¿Quien responde…?!  Nadie… nada…
Es la noche… y la tiniebla infunde espanto…
Todo mundo… y el silencio desespera…
¡Dios del hombre! ¡Que esta alma me arrancas yo quisiera…!




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