miércoles, 7 de diciembre de 2016

ANECDOTARIO CUMANÉS




RAMON BADARACCO


                         ANECDOTARIO CUMANÉS.



CUMANÁ 2013














Autor: Ramón Badaracco
Tulio Ramón Badaracco Rivero
Prólogo:

Hecho el depósito de ley
Titulo original: ANECDOTARIO CUMANES
Diseño de la cubierta R. B.
Ilustración de la cubierta R. B.
Depósito legal
Impreso en Cumaná
Tell. 0293-4324683 – cell. 0416-8114374




















Ilustración 1Ramón Badaracco. 2011.  El autor.


















Pág. 4.-
No.  1


DEDICATORIA.


DEDICO ESTE LIBRO A MI MADRE,
María Providencia Rivero Morales de Badaracco.

LA AMADA DE MI PADRE,
COMPAÑERA DE TODA SU VIDA,

ELLA, QUE SIEMPRE ME CONTABA
LOS CUENTOS DE LA FAMILIA;
Y A LA QUE HE AMADO MÁS,
DESPUÉS DE SU PARTIDA DEFINITIVA;
CUÁNDO FUE LLAMADA POR EL CRUCIFICADO,
AL QUE SIEMPRE ADORÓ, PARA QUE TAMBIÉN
LE ALIVIE SUS PENAS Y SUFRIMIENTOS,
CON SUS CANCIONES Y SU MEMORIA PRODIGIOSA.


En el milagro del río
El molino y el cerezo

Te sentí mi prisionera

En mis pupilas
En el cántaro rubí
Quebrado en la cintura
De la negra
En el golpe de agua tibia
Más allá de la acequia
Del parral y el nido
En el canto tempranero
De la paraulata
El vocerío y el aljibe
Y el olor a estiércol
Llegando a los corales

Te sentí mi prisionera.

Desde mi nacimiento
Te tengo prisionera
En mis pupilas
Tú sabes que fui goloso
Y en tu seno bebí
Todo lo que ahora te prolonga.

Te tengo prisionera
Bajo las uvas y almendrones,
En todo tejado
En el musgo de los rincones
En cada grito
Que pronuncia tu nombre
En cada gesto
Que te devuelve intacta.





























Pág. 5.-




INTROITO.



Uno de los hombres más sabios de la antigüedad renacentista fue sin lugar a dudas don Miguel de Montaigne, que nació en 1533 en Francia, en el castillo de Montaigne, ubicado en un pueblecito bordolés señalado por el rio Didoire. Este sabio me enseñó lo que significa tener memoria, cosa de la que carezco por completo y que me ha ayudado mucho en mi trabajo, ya que todo lo que siento y se me ocurre lo escribo.

En realidad, digo esto porque creo que no soy el adecuado para escribir las anécdotas de los cumaneses; sin embargo, he recogido en mis lecturas tantas anécdotas maravillosas que sería un desperdicio ignorarlas y echarlas a la basura. En este convencimiento necesito olvidar mi mala memoria y proceder a trascribir algunas e intentar sacar provecho de mi poca memoria en otras, que tal vez no acierten en el tiempo ni en los personajes, pero así las recuerdo y así las contaré.

            Ustedes se preguntarán… Bueno, y ¿Por qué Ramón Badaracco cita a Montaigne en este libro, no les paree una pedantería? Muy sencillo, no se trata de eso, simplemente; porque este extraordinario personaje, cuando escribe sobre los mentirosos, dice que “No hay ningún hombre más desacertado que yo para hablar de memoria, pues es tan escasa la que tengo que no creo que haya en el mundo nadie a quien falte más que a mi esta facultad”. 

Y pienso que ese alguien soy yo. 

            `Debo aclarar, siguiendo al mismo autor, lo que piensa de la mentira y los mentirosos, por lo cual seré señalado por aquellos inconformes, que lean mis anécdotas y me llamarán mentiroso. Don Miguel dice al respeto:

 ” Bien sé que los retórico establecen diferencia entre mentir y decir mentira; aseguran que decir mentira es decir cosa falsa que se tomó por verdadera; y que la definición de la palabra mentir, en latín, de donde nuestra lengua la ha tomado vale tanto como ir contra su conciencia, y que, por consiguiente, eso no se relaciona sino con los que dicen algo  contrario a lo que saben a los cuales me refiero. Ahora bien, estos o lo inventan todo a su guisa, o alteran y trastornan aquello que es verdadero”.

            Mis queridos lectores ustedes, teniendo en cuenta estos principios podrán valorar mejor mi trabajo. 



Pág. 7.-
No.  3

EL MATRIMONIO ANECDÓTICO 
DE PAPÁ Y MAMÁ.



Contaba Mamá, que ella conoció a Papá siendo una niña; decía que lo vio por vez primera en el balcón de los Aristeguieta, pasaba casualmente en compañía de su prima, Mariana Rodríguez Morales, por el callejón Juncal o calle de La Matilde; guardaba luto por su novia recién fallecida, Alicia Bruzual; tendría Papá unos 30 años, y mamá tal vez 13; entonces ella sintió que su corazón latía fuertemente con un presentimiento de algo que la unía a aquel hombre hermoso y triste.  Y así fue, tiempo después se conocieron en una fiesta en la casa de don Benigno Rodríguez Bruzual y el amor y el destino los juntó para siempre.

La familia de Mamá consideraba que Papá era muy viejo y peligroso para su niña, e hizo todo lo que pudo, lícitamente, para separarlos, por fin se la llevaron para Marigüitar. En esos tiempos era bastante difícil ir a ese pequeño pueblo de pescadores, que era un vergel, sitio de vacaciones y de los placeres y trenes de Pedro Elías Aristeguieta; un verdadero paraíso. Lo habitaban no más de 300 laboriosas familias, entre las cuales se destacaban los emigrantes árabes que se dedicaban preferentemente al comercio, y allí establecieron sus hogares con el beneplácito de la comunidad; todos en fin, disfrutaban de aquel bucólico pueblecito, armoniosamente organizado: sus casas blancas con techos de carata o tejas, jardines y patios empalizados, atravesados por un arroyito de aguas siempre cristalinas, que discurría  entre haciendas de ubérrimas vegas, y entre cocales y veredas cultivadas  de chirimoyas, mangos, catuches, mameyes, nísperos;  aquella prodigiosa vegetación  propia de  las playas del golfo de Cariaco.
En esos tiempos era capitán de la lancha del resguardo, o guardacostas, Don Laureano Frontado, amigo de Papá, y fue el primero que lo llevó a ver a su María. A la familia de don Pancho Gómez, patriarca de la casa donde habían internado a su María, no le gustó la idea, pero no se opuso a que se vieran los dos enamorados, por supuesto le pusieron las condiciones de rigor, la tía Concha, hermana mayor de mamá, sería la chaperona, y no se despegaría de Maria, mientras estuviese en Marigüitar el pretendiente, y así fue, pero a Papá no le importaba nada con tal de estar al lado de su María. Y tampoco le faltaron las invitaciones para paseos al río y a las casas de campo, esos paseos en el campo le sirvieron de inspiración para escribir su célebre cuento “Mariposa”, que publicó en “El Cojo Ilustrado”
Papá, que en ese tiempo era el editor por excelencia de Cumaná,  publicaba los bisemanarios  “El Disco” y “El Sucre”, por supuesto, tenía sus aliados en Cumaná y en el mismo  pueblo que le facilitaban sus viajes y permanencia, tales eran: Pedro Elías Aristeguieta que lo llevaba en sus veloces balandras; el corresponsal de sus periódicos, don Marcos Millán, su amigo;  y otro  aliado importante era, don Nicasio Vargas, que lo alojaba en su casa, y le presentó a Minuta,  joven pescador que se convertiría en el mejor auxiliar de Papá; era un joven muy fuerte, que conocía bien los vientos y las corrientes del Golfo, y estaba dispuesto a correr la más larga y  difícil aventura de su vida, cual era,   buscar a Papá  en Cumaná, todos los Viernes,  en los fondeaderos de  Caigüire, y conducirlo al fondeadero  de  la playa del cocal de la familia Loaiza,   y  regresarlo  los días Lunes, navegando  siempre en su pequeño tres puños “Virgen del Valle”, una barquichuela de dos remos, muy marinera, para solo dos personas –Minuta y Papá. Ese recorrido lograron hacerlo en una hora y 30 minutos, después de duro entrenamiento, y durante mucho tiempo, entre 1920 y 1924, que duró su noviazgo.  Estos viajes se interrumpieron solamente cuando su María venia a pasar algunos días con su tía Aguasanta Rivero, en la casa del General Bermúdez Graü en la calle de El Medio.
Mamá se sintió fortalecida después que su confesor, fray Lorenzo de Tejerina, disipó las dudas que habían creado alrededor del matrimonio. Fray Lorenzo le preguntó ¿Tú amas a Marco Tulio? Y ella le respondió inequívocamente: ¡Si lo amo! Entonces no hay más que hablar: ¡Cásate! Yo lo conozco, es un caballero y te ama.
Se fijo la fecha, cursaron invitaciones, aunque nadie pensó que asistiría tanta gente a la boda en Marigüitar. Pero el pueblo se declaró en fiesta y la gente dijo: ¡No me la pierdo!
Cuando se extendió la noticia del suceso, hasta el gobierno se sintió comprometido, se casaba el editor de la ciudad, algo tenían que hacer.  La boda se pacto para el 13 de junio de 1924, en la mañana se celebraría el matrimonio por lo civil y en la tarde, a las 6 pm. Se casarían por la iglesia Las costureras, los zapateros y los sastres no cesaban, los hombres tenían que lucir su frac, era la primera vez que se vería en Marigüitar tal acontecimiento.  Las damas usarían sus mejores trajes, casi todas usarían sombreros, puesto que no había peluquerías. Vestir a la novia no fue ningún problema de eso se encargó doña Gudula Martínez Picornell, famosa porque se había especializado en Nueva York  
A la vieja capilla colonial de Marigüitar la vistieron de colores y luces de carburo, tanto, que el pueblo decía que parecía un Nacimiento; la adornaron como jamás se había hecho, las muchachas del pueblo se encargaron de todo porque anunciaron que vendría el obispo Monseñor Sixto Sosa, el Presidente del Estado, General Juan Alberto Ramírez. Entonces tejieron Guirnaldas de Margaritas con ramas florecidas de trinitarias; y trajeron de Caripe orquídeas blancas y tulipanes; ramos de azahares de naranja   y rosas de variados colores. Adornaron el altar con manteles blancos de batista bordados por las betas del pueblo; colocaron ramos de rosas y cintas azules en los bancos, la iglesia lucía como un jardín del cielo. Los músicos del pueblo declararon una “Noche de Vela” porque vendrían de Cumaná: el gran pianista Joaquín Silva Díaz, el joven y laureado pianista José Antonio Ramos y don Benigno Rodríguez Bruzual, para un recital en honor a los novios, y participar en la celebración.
El general Juan Alberto Ramírez y su inteligente secretario el Dr. Carlos Febres Cordero, pusieron a la orden de los invitados el cómodo Guardacostas “Gran Mariscal”. Más de cien invitados de Cumaná, hacían cola para abordar el barco, en el simpático muelle de madera de Puerto Sucre; los marineros asombrados veían el desfile de aquellos pasajeros vestidos de frac; y damas con sus complicadas “toilettes”. De los recuerdos de Mamá, pude recoger los nombres de algunas personas y familias que asistieron al matrimonio, muchos de los cuales estaban emparentados o tenían  casas de playa o negocios en Marigüitar,  y se trasladaron con  días de anticipación, entre ellas estaba los Aristeguieta,  Berrizbeitia,  Madriz Otero, Mago, Figueroa, Barrios, Fuentes,  Otero Vizcarrondo,   Silva Díaz,  Rivero Morales, Gómez Rivero,  Gómez Rodríguez, Rodríguez Morales,  Martínez Picornel, Martínez Centeno, Silva Sucre, Milá de La Roca,  Almándoz,  Silva Zabala, Zajía, Tobías, Baduy, Saud,  Dascoli, Inserny, y los Badaracco,  pero la mayor parte hizo su cola  en Puerto Sucre, para viajar a las 7 am.,  del mismo día 13 de Junio, en el Guardacostas. 
Entre los que abordaron la nave estaban las autoridades mencionadas, los músicos, los testigos, el obispo Mons. Sixto Sosa, el Pbro. Lorenzo de Tejerina,  el Dr., Domingo Badaracco, el general Bermúdez Grau,  Ramón David León, el Dr. Antonio Minguet Letteron,  Dr. Antonio Machado, Dr. Pedro Miguel Queremel,  don Adolfo Ortega Gómez, Coronel José María Forjonel, don Antonio Jiménez Bianchi, Vivenciolo Díaz Boada,  don Francisco Manuel Gómez, los  poetas Juan Miguel Alarcón, Ramón Suárez, Tin Fernández, Rafael Bruzual López,   Humberto y Arturo  Guevara, la poetisa Luisa del Valle Silva,  el historiador Alberto Sanabria y el académico Santos Erminy Arismendi, el declamador Guillermo Román, el maestro Silverio González Varela y Dionisio López Orihuela, los Drs. Luis Ramos Sucre,  Delfín Ponce Córdova,   Gómez López, Gerónimo Sotillo, Ladislao Iturriza, Rodríguez Valdivieso;  Ramón Madriz y sus hijos  Ramón y  Julio Madriz Sucre; Jesús y Antonio Miguel Aristeguieta Badaracco,   Francisco José Berrizbeitia,  Mauricio, Emilio y  Santos Berrizbeitia; Pedro Nicacio Silva, Marcel Patrolín, Francois Mariani, Antonio Ramos, Andrés y Luis Salvador Bruzual Sanabria, Arturo Torres,  Juan Lares,  Francisco de La Rosa, Juan José Acuña, Ubaldo Figueroa, Miguelito Figueroa,  Cruz Acuña Montistruqui; las autoridades del municipio Mejía: Julio Barrios y el secretario, Diego Morales, que fueron gentilmente invitados por los novios; además todas sus esposas y todos los muchachos y muchachas, invitados y coleados de esas familias, y por supuesto los amigos y amigas de Marigüitar, y la inmensa barra popular que se formó desde tempranas horas de la tarde frente a la casa de don Nicacio Vargas.    
Algunos invitados viajaron en un camión “Junkers” pero esa es otra historia, más bien es una aventura por las peripecias del viaje; y recordando esta parte anecdótica, Mamá recuerda que el Guardacostas llegó a Marigüitar como a las 10 am., de ese día 13 de junio,  se corrió la noticia  de que en el barco trajeron el hielo, y esa era la primera vez que al pueblo llegaba el hielo; y contaba el Dr. Loaiza y corroboraba  el Dr. Iván Laquier, también de Marigüitar y a quien sus padres  lo contaban;  que  ese día todo el pueblo de Marigüitar desfiló para conocerlo, tocarlo y paladearlo, tal cual lo cuenta Gabriel García Márquez en “Cien Años de Soledad”. Decía el galeno, que su padre recordaba y le contaba que el Guardacostas llegó al fondeadero del cocal de su familia, y  se presentó una situación difícil para bajar a  las damas y a los caballeros, porque no querían mojar sus vestidos,  y la  familia Loaiza,  fue la que resolvió el asunto poniendo a disposición de los viajeros  varios botes;   y enseguida llegaron los pescadores y gente de su familia, e improvisaron un muellecito con palos y tablas, y  fueron sacando a los viajeros uno por uno. Fue un trabajo rápido y todo salió bien.
El hielo lo trajeron en sacos de yute, envuelto y protegido con periódicos, en grandes bloques que llamaban “panelas”, y sucedió que cuando las sacaban del barco algunas panelas se rompieron, y el pueblo aprovechó para llevar piezas de hielo a sus casas.
Un famoso curioso, el maestro Zapata, cargó algunos trozos de hielo bien envueltos en periódicos, y los llevó para su casa que quedaba bastante lejos, con la infantil idea de mostrarlo a su mujer; la desilusión coronó su capricho, pues cuando llegó solo encontró papel mojado.  Este hombre se hizo famoso por un suceso prodigioso, que él y sus amigos contaban, decían que una vez los envolvió un huracán en medio del golfo; y a punto de perecer, Zapata grito fuertemente, levantando los brazos al cielo, por tres veces: “¡Jesús sálvanos!”, y de repente vino algo como un rayo que envolvió la pequeña embarcación, en una como nube luminosa, y una fuerza extraña llevó la barca hasta la orilla de Marigüitar y él y sus amigos se salvaron milagrosamente. 
Algunos pensamos que el Gabo conoció estas anécdotas, así como las del famoso faquir Blacaman y Bouchester, el de la pomada, en sus tertulias con don Ramón David León, Miguel Otero Silva y don Enrique Otero Vizcarrondo. 
Volviendo al matrimonio, Mamá contaba que: también trajeron en el Guardacostas, muchas cajas de champaña, ron, vino, whisky y otras cosas para el festejo, y ese voluntariado del entusiasmo popular se encargó de cargarlo todo y llevarlo a la casa donde se celebraría el matrimonio. Era una casa muy amplia que quedaba en un recodo de la calle “La Mantuana” con frente al mar, de grandes corredores, muchas habitaciones que cercaban un patio cuadrado esmeradamente cultivado con árboles frutales: frondosos castaños, cocos, chirimoyas y mangos. Allí don Nicacio y Papá recibieron a los invitados con un abundoso desayuno campestre, servido sobre mesones cubiertos con delicados manteles blancos, una preciosa bajilla española y cubiertos alemanes de uso común en Cumaná. Sirvieron un menú criollo: hervido de gallina, cochino frito, chorizo, morcilla, arepas, casabe, aguacates, dulce de lechosa, café y leche de vaca fresca, para todo el que quisiera. Esa gente comió hasta hartarse. Todo eso amenizado por un conjunto musical de los hermanos Parejo: cuatro, furruco y maracas, que interpretaban magistralmente el joropo estribillo, y acompañaron admirablemente a los poetas Humberto Guevara, Ramón Suárez, Tin Fernández y a la poetisa y declamadora Luisa Del Valle Silva, los que pusieron la nota de aquella inolvidable mañana. Al mediodía algunos hombres tomaron vino y jugaron dominó; los demás fueron a disfrutar de las pozas del río.
 El matrimonio civil fue a las 7 de la mañana en la casa de don Nicacio Vargas, antes de que llegaran los invitados, en la mayor intimidad. A las 6 de la tarde Marco Tulio, acompañado por el Presidente del Estado, el general Juan Alberto Ramírez, demás autoridades y amigos, llegaron puntualmente a la iglesia. Marco Tulio, todo un galán, vestido con un frac de levita azul oscuro, confeccionado por el famoso sastre cumanés Pedro Montaño, se veía muy tranquilo; Llegó la novia llena de gracia como el Ave María, su atavío confeccionado por Gudula Martínez, en traje blanco como la nieve y un sencillo ramo de rosas y orquídeas. Sonreía tímidamente, era verdaderamente bella.
La iglesia colonial reconstruida en 1867 se conservaba en muy buen estado, la mampostería retaba el tiempo, sus tejados añosos recordaban a los viejos sacerdotes del siglo XVIII: su primer párroco Fr.   Marcos Calderón, a Fr. Manuel Santamaría, el famoso Fr. Manuel de Matamoros, y el insuperable Fr. José Antonio Ramos Martínez.    
Los invitados plenaban la pequeña iglesia; Monseñor Sixto Sosa presidió la ceremonia y bendijo a los recién esposados.  El padre Lorenzo de Tejerina, predicó, le dedicó a Mamá palabras de aliento y confianza. Mamá a los 90 años recordaba sus palabras llenas de ternura. Una alegría incontenible de todos los feligreses se expresó en aplausos y vivas a los novios.

LA FIESTA. Frente a la iglesia se apostaron los músicos de la Banda Libertad dirigida por don Benigno Rodríguez Bruzual, con permiso del titular Ramón Espinal Font, el cual escogió para iniciar, una bella pieza que Salvador Llamosas, dedicó a  Cumaná; después seleccionó el pasodoble de moda “Billiken” de Burguillo; siguió con un fox trot, “Los Apaches”, de Pedro Elías Gutiérrez;  continuó con el dúo de “La Africana”, de J. J. Caballero; y terminó con la delicada fantasía para clarinete, de Verdi, “Y Lombardi”, que el público obligo a repetir y el maestro  complació.  
 Al salir de la iglesia, Don Marcos Millán, que los esperaba, condujo a los novios en su Ford descapotable, acompañados por la bella declamadora Luisa del Vale Silva y el poeta Humberto Guevara. Mamá nunca pudo olvidar los poemas que recitaron ellos esa noche inigualable.  Don Marcos Millan, les dio un paseo por todo el pueblo, cuyos habitantes salieron a saludar al paso del vehículo.
Los invitados fueron caminando hasta la casa de don Nicacio Vargas donde los esperaban muchas sorpresas. El brindis se inició a las 8 PM. Los mesoneros destaparon y sirvieron champaña francesa “La Viuda”, demi sec para las damas; y las “Bollinger” extra seco, y la “Imperial” Moet Chandon, brut natural, para los caballeros. Corrió champaña como río desbordado, corrió la alegría y se inicio el baile. Salieron las parejas al conjuro del conjunto musical del maestro don Benigno Rodríguez Bruzual y sus hijos, que amenizaron la fiesta. El vals lo iniciaron Marco Tulio y Maria, después todo mundo salió a bailar, la pista se llenó; vinieron los pasodobles y merengues, los aplausos y se hizo interminable la fiesta. 
El tiempo alcanzó para todo: bebían, comían y bailaban. ¡Que fiesta amigos! Nadie quería marcharse. En las mesas se sirvió cerveza, ron, vino y Whisky a placer, con infinidad de delicados pasapalos para los fatigados danzarines; no faltó nada dentro ni fuera de la casa, los mismos dueños estaban asombrados.
Humberto Guevara, buen sommelier, tuvo la delicadeza de traer de regalo para los novios una botella de vino “Conte di Cavour” y le dijo a Marco Tulio: “Te traigo el más noble de los espumantes –barbero-, producido con excelentes uvas Pinot, no hay nada que se le asemeje”. ¡Descórchalo! Exclamó Marco Tulio, emocionado. Entonces se acercó María y los tres bebieron y brindaron con la alegría contagiosa.   “Buen Bouquet... dijo Humberto. Es un vino, franco, agregó Marco Tulio... María lo saboreó y dijo...Equilibrado.

Cuando se acercó a este grupo la poetisa Luisa del Valle Silva, Humberto le improvisó unos versos que Mamá jamás olvidó, y dicen así:

“Para ti que eres blonda como un rayo de luna
Para ti, que eres suave como un olor de rosas
Para ti, la de todas las inefables cosas
Que tan contadamente concede la fortuna
     El castillo encantado; la canción oportuna
El amor apacible sin hieles venenosas
La campiña florida llena de mariposas
El azul imposible que no alcanzo ninguna.
     Y a falta de los cantos y los helenos mármoles
Que pudieran gloriarte en medio de los árboles
O en los templos, a modo de las antiguas diosas
     El beso, la caricia leda de la fortuna
Para ti, que eres blonda como un rayo de luna
Para ti, que eres suave como un olor de rosas.


“Algún amigo metió la mano”, decía Mamá nunca les encontró explicación a tantas cosas. Años después comentaba: “Nunca supe de donde salió tantos brindis, músicos y todo eso.  “Pensaba en una celebración modesta y se convirtió en una fiesta donde se derrochó de todo”. “Había como dos torneos entre músicos y poetas, dentro y fuera de la casa”. “Fue algo que sucedió sin que nadie lo preparara”. “Me imagino que fue porque estaba el Presidente”. “Por todas partes se escuchaban los aplausos”.  “El poeta Ramón Suárez y el declamador Guillermo Román, se encargaron de animar a las barras, se confundieron con el pueblo e improvisaron con ellos galerones y fulías”. 

     Pero  la fiesta llegó a su clímax  cuando se anunció  la presentación del inspirado  pianista Joaquín Silva Díaz,  epígono cumanés de fama internacional, que elevó el entusiasmo del pueblo a grados superlativos -La gente decía que cuando tocaba Joaquín se movilizaba todo oriente- Entonces abrieron las cuatro ventanas  de  la sala de la casa que daban a la calle y Joaquín, ceremonioso, pudo saludar a las barras, que por cierto disfrutaban una ternera y abundante aguardiente que  brindó el propio Presidente; las barras fueron muy bien atendidas y disfrutaron de su fiesta fuera de la casa. 
Con las ventanas abiertas pudieron ver y escuchar al gran pianista, y admirar también el magnífico y afinado piano, que el anfitrión guardaba como un tesoro.  Joaquín deleitó a los invitados con seis piezas de su propia inspiración, entre ellas una que compuso para Pablo Casal; después interpretó su favorita “Nostalgia”, siguió con “Adiós”, “Canción de Cuna”, “Caraqueña”, y concluyó con su magnífico “Galerón”.
             
 La fiesta no terminó ese día, la gente no quería irse ni el pueblo quería que se fueran. Inventaron paseos y romerías, los vinos espumantes, la cerveza y el ron, salieron a la calle y por allí se fue a las fincas y casa de playa; hubo una especie de carnaval de pueblo, se jugó con agua, azulillo, talco y perfumes. Fue algo contagioso, los músicos de la banda “Libertad” se mezclaron con los componentes de los conjuntos folclóricos del pueblo. Cuantas cosas pasaron, y tantas desapercibidas. Qué lástima que Mamá ya no está para contarlas. Su memoria prodigiosa nos las contaría con tantos detalles, y anécdotas.

 Cuando cumplió 92, le dijo a Diana: ¡Mijita, anoche no pude dormir! ¡Que le pasó doña María! Estuve muy preocupada, muy preocupada. Pero... ¿Por qué? Niña, estuve pensando... ¿Donde harían pipi todos esos hombres durante el matrimonio?

Pocos días después Papá le escribió este poema:

Cuando la última risa había transpuesto
El radioso dintel de la morada,
Y la quietud, en la noche, como un palio
Nuestro amor cobijaba…
Cuando solos, por fin, tu mano blanca
Estreché entre mis manos,
Y te dije las grandes ilusiones
Que tu amor me brindaba…
Cuando los azahares de tus sienes
Por la alfombra rodaron,
Y la estancia nupcial, con fina esencia
Devotos perfumaron…
Cuando del albo lirio de tu cuerpo
El traje fui quitando
Y se ofreció a mis ojos deslumbrados
Tú desnudes intáctil…
Imaginé el cariño que los dioses
Pusieron al crearte,
Y di gracias a Dios que me había dado
La firme fe de amarte.






Pág. 13.-
No.  4                            



ANECDOTAS CONTADAS EN PITORREOS 

POR Marco Tulio Badaracco Bermúdez.



PASATIEMPO


Es noticia ya corriente
Entre la pícara gente,
Una cosa singular,
Que no daña ni encocora,
Porque advierto desde ahora:
No es motivo de rabiar.

El memorable tres de los corrientes,
Con motivo de los hidroaviones,
Aunque tanto fue el bululú de gentes,
Un notable episodio de bufones
Detalle resultó sobresaliente;
Dos árbitros, señores del buen gusto,
Sin saber dónde aprietan los zapatos,
Ni donde leva la existencia el gato,
Firmes y resueltos, nada de susto,
Manifestaron al piloto,
Vivos deseos de volar,
En el germánico coroto…
El musiú, receloso de la caña,
Y aunque notose en él, malicia o maña,
A preparar comenzó los hidroaviones,
Incontinente los temblores
De un frío glacial cundió e los huesos
De los dos pobres “gentlemans” de moda,
Por eso el musiú, en español novel
“Beber vigorona Whisky and soda”
Escribió sonriendo en un papel.

PASATIEMPO

Con dos gentiles damas de este mundo
Elegante y social de Cumaná
Sostuve un tema, sobre el cual me fundo
Para decir, que no es tan vagabundo
Quien adora a las damas, de verdad.
Es tan grato el rencor de una mujer,
Por la propia dulzura que ella encierra,
Que hasta el mismo infierno en recia guerra
Con el demonio pelearía
Y en honor a las damas, yo vencer
Al mismo diablo lograría.
Con tanta ingenuidad, una de ellas
Así me preguntó:
“Por qué ha de usar el Disco tiranía
Promoviendo de las damas sus querellas
¿Sin la piedad del hombre ni de Dios?

-Tiranía!  Eso nunca, señorita;
Los señores de El Disco son amables
Con la fea y la bonita;
Y cuando en la sección de “Inaceptables”
Lanzar quieren su chinita---
Son consejos, nada más,
Advertencia de chismes perdonables
Por tratarse del bien de Cumaná.





PASATIEMPO


De esta urbe un notorio comerciante,
Cuyo nombre me callo por discreto,
Revelome un secreto,
Y de manera tal, asaz picante,
Que sin mala intención refiero el cuento.

No habrá porque alarmarse, mis lectores;
Es un chisme sin dolo ni aspaviento,
Pues son viejos compinches los autores,
Y de viejos petuches comerciantes

Se trata de Don “Z”,
El de abdomen crecido, altisonante,
Anchos botines, blusa y franeleta,
Astutos espejuelos, y sin usar tirantes,
Aguántese quien hiera su lanceta.

Compraba este señor en el mercado
-serían ya las seis de la mañana-
Una sola empanada de a centavo,
Que en presencia de todos con cuidado
En el bolso del paltó guardara,

Cómo alguien con maña preguntara:
¿A tanta prole desayuno tanto?
“En la mesa coloco la empanada”
-el pródigo señor le respondió-
“luego voy con mi esposa al desayuno,
Y entre los dos, y sin disgusto alguno
Quien agarre primero la empanada,
Pues a ese le tocó”

PASATIEMPO

La novedad de una ocurrencia,
De las que no suceden con frecuencia,
Es otro tema, de los hebdomadarios
Que con diversos comentarios
En ascuas tiene la ciudad:

Uno es macabro: el del infanticidio
Con degüello y brutal ferocidad;
¡Horrible infanticidio! Muy horrible
¡Sin que quepa decirse nada más!

El otro es Baco-joco: el suicidio
Común, de dos buenos muchachos,
Quienes hartos del brandy -es increíble-
Y después de un hervido suculento,
Concibieron un triste pensamiento:
El chiste, no muy bueno de morir.
Y pensando en el ojo más opaco
De la calva señora calavera,
Sus propias muertes dieron a escribir;
Pero las gracias del amigo Baco,
Quine no juega chuscadas a la muerte,
Tuvieron, señores, tan triste suerte
Que hasta el brío probado de Aguilera
Se resintió por vez primera.

Suscrita por señores respetables
Doctores, comerciantes y chofferes
La auto-invitación,
Toda la población,
Se preparó a los misereres.
¿Quién no caer con tales memoriales
Que la tal rogatoria contenía,
Si hasta estaba señalado el día,
¿Y hora del entierro, el cementerio?
Pero se les quebró el serrucho,
Como quebrar se puede a muchos
Porque los auto-muertos comensales
Tuvieron nueva vida en el pulguero…



PASATIEMPO

De aquella la dulce languidez divina
De los hermosos ojos de la heroína
De este cuento sencillo, que os voy a echar
-que la niña, de cierto, ya lo adivina-
y del místico anhelo con que fascina,
su perdón espero si yo he de pecar:
Eran las cuatro en punto de la mañana,
Conforme al anciano reloj de la iglesia,
Cuya campanada, locuaz y traviesa
Del sueño despierta a la neo espartana…
Salta ésta del lecho, apresuradamente,
¿Por qué tan inquieta? ¿Por qué tan de prisa?
Pregunta curiosa el lector imprudente;
Porque en la ternura de un amor ferviente,
A las seis debía, quizás en la misa
Cumplir su promesa por el novio ausente…
Sencilla se hizo su toilette la dama,
Y cosa muy rara, que hasta el vigorón
Usar olvidara, la Crema de Perla,
Polisoir, y liga, también el creyón.
Con dos amiguitas se fue para el templo,
Cuales tres vestales parecían ellas:
Trinidad de ensueño, luminar de estrella
Eran sus ojos, y de piedad ejemplo…

Ahora ya sigue, con toda prudencia
El chisme que digo, si no, me reviento;
Refiérolo en verso, con toda decencia.
Por Júpiter Tronante, que no es un invento:
Se viste la joven, quizás distraída,
Con el traje al revés –el caso es de pena;
Y haciendo la cosa aún más divertida,
En vez de llevar el bendito rosario,
De orol o de plata se llevó una cadena…
El cura oficiante cerró su breviario;
Por fin las amigas después de salir,
Ya fuera del templo pudieron reír…
Para colmo mayor de tantos errores,
Revelar vino el sol de aquella mañana
Ante los ojos de los espectadores:
Ver que dos medias de diversos colores
Mal puesta llevaba la neo-espartana…
Aunque tales cositas son perdonables
Siempre serian de las inaceptables
Que El Disco castiga, como es natural.


PASATIEMPO

Ya es cosa muy juzgada en esta tierra,
Que aquí toda troupe teatral fracasa,
Aunque venga del Japón o de Pompeya,
De Himalaya, los Alpes o Tarpeya;
Pues tenemos para el bombo, calabaza,
Y, cataplum…  cada quien para su casa.
Es pues visto que esta tierra no es propicia
Ni para dramas, maromas o comedias;
Si no viene preparado con malicia
El artista aquí encuentra su tragedia.
¿Pero cuál la malicia debe ser?
Sin pensarlo mucho tiempo es muy sencillo;
Dar gratis las funciones, pues un cuartillo
Que reclame por entrada, es para ver
Su esperanza de bohemio perecer.
De equilibristas la patria está repleta,
De cómicos, no se diga, mucho más,
Abundan fieras y payasos, el veleta
Es difícil encontrarlo pues jamás
Probar puede el mondongo o la chuleta…















                    

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No.  5

LA ANÉCDOTA MÁS ANTIGUA.



El Dominico Fray Pedro de Córdoba, lideró la idea de la conquista pacífica de la tierra firme, y con este propósito hizo tres expediciones para fundar Cumaná, la Primogénita, EL PRIMER ENCLAVE ESPAÑOL DE LA TIERRA FIRME que iba a ser la ciudad evangelista.  Pedro tenía el don de la santidad y su predicamento tuvo multitud de seguidores tanto en España como en América. Bartolomé de las Casas fue su discípulo, el Pablo que necesitaba aquella jornada, y nos lo dio a conocer. 

Copiaré, con algunas intervenciones, de la colección Biblioteca de Autores Españoles Tomo CVI Obras escogidas de Bartolomé de las Casas “Apologética”, págs. 378 y 379, una extraña anécdota, que espero los distraiga de tanto barullo ruidoso y pervertido:

“En el valle del Chiribiche del reino del Cacique Maragüey -Santa Fe–   provincia de Nueva Andalucía –o Cumaná-, donde el fraile había edificado un convento, queriendo probar los rumores sobre ciertos espantos, y si era verdad lo que se decía de los piachas, viendo lo que se podía hacer “(porque según certificaron los religiosos, en obra de tres meses, Pedro, divinalmente más que por su industria, supo y penetró la lengua, que por allí no es poco difícil)”.

“A tal efecto, puso por espías a ciertos muchachos que tenían en el convento enseñándoles la divina doctrina, para que cuando el piacha estuviese en aquella obra lo llamasen. Llamáronlo cuando “el pythio” o “piacha” tenía el diablo en el cuerpo. El siervo de Dios, armado primero de fe viva, toma otro religioso por compañero, y púsole una estola al cuello, en la mano derecha un vaso de agua bendita con su hisopo, y en la izquierda la cruz de Cristo.  Entrando en la casa escura manda a los indios que traigan lumbre o enciendan los tizones que están amortiguados, porque siempre tienen fuego, y comienza por estas palabras.
 
“Si eres demonio el que a este hombre atormenta, por la virtud de esta señal de la cruz de Jesucristo, la cual tú bien conoces y has experimentado muchas veces, te conjuro que de aquí no te vayas sin mi licencia, hasta que primero me respondas a lo que te preguntaré”.

Preguntole muchas cosas en latín, otras en romance castellano, y también creo que en su misma lengua de los indios.  El demonio le respondió a cada cosa de las que le preguntó, en la lengua del mismo piacha. Entre otras le mandó que le dijese donde llevaba las ánimas de aquellos de Chiribiche; primero mintiendo, que es su costumbre, dijo que a ciertos lugares amenos y deleitosos.

“¡Mientes, enemigo de la naturaleza humana!”, dijo el santo.

Finalmente, constreñido con la virtud de la cruz, confesó la verdad diciendo:

“Llévolos a los fuegos eternos, a donde con nosotros padezcan las penas de sus abominables pecados”.

Mandó el santo a todos los indios que estaban presentes que por toda la tierra lo publicasen. Y ordenó al diablo:

“Sal de este hombre espíritu inmundo”. 

La cual palabra dicha se levantó el piacha como asombrado y ajeno de si mismo”.

Es cosa admirable que aquellos piachas respondieran preguntas hechas en latín.



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No.  6


HUMBOLDTH y DON ANDRÉS LEVEL ALLEN.

Alejandro de Humboldt, llegó a Cumana el 16 de julio de 1799, todo mundo sabe las peripecias de su viaje, pero no saben cómo pudo en cuatro meses conocer todos los secretos científicos que guardaba el pueblo Cumanés. Mi padre Marco Tulio Badaracco, contaba una anécdota de la memoria oral, que yo he contado muchas veces, pero nunca la habia escrito.
 
Decía papá que Humboldt a los pocos días de estar en Cumaná preparó una expedición para Cumanacoa, y tomó la antigua vía que se conoce como “Camino de los españoles”, pasando por la Cruz del Maguellar. Este era un cruce de caminos en el cual, al lado de la antigua Cruz, habia una pulpería, venta de refrescos, guarapo de piña, de papelón, de caña; aguardiente y licores preparados: ron de culebra, de berro, de ramas medicinales, de poncigué, etc.;   donde paraban los arrieros, militares, policías, soldados, trabajadores, campesinos, etc.

 Ese día en que Humboldt llegó a la Santa Cruz, acompañado por Amadeo Bompland y sus baquianos, estaba sentado sobre un saco de caraotas negras, el viejo Andrés Level Allen, maestro, poliglota y sabio. Contaba mi padre que Humboldt hablando en alta voz, en perfecto alemán, le decía a Bompland, a la vez que observaba el panorama que se abría a sus ojos de águila…

¡Dios mío…! ¡Amadeo!  Qué maravilla sería encontrar un baquiano, que supiese hablar en alemán, y nos pudiese hablar de tantas maravillas como las que estamos viviendo en esta tierra desconocida…

Don Andrés que lo escuchaba con simpatía, con un trago de ron de berro en las manos, se le acercó y le dijo en perfecto alemán:

            Yo creo que el indicado soy yo… Señor… Le puedo decir todo lo que usted desee de esta tierra que no tiene secretos para mí. Se lo que usted desea escribir y describir, desde la A hasta la Z, y algo más…

Humboldt lo escuchó sorprendido e impresionado, y lo atajó en medio de su discurso… Casi le grito:

            ¡Pero…Usted habla alemán?

Don Andrés sin inmutarse le respondió;

Alemán y cuatro lenguas más… muertas y vivas. Puedo entenderme con usted en la lengua que quiera.
   
            ¡Pero… ¿cómo es posible que un hombre como usted esté aquí tomando ron a esta hora…?

            A lo que don Andrés respondió, riendo:
 
Ja. Ja. Lo que pasa es que, en esta tierra bendita de Dios, a la sabiduría le dan con las patas.

Y… ¿usted podría acompañarnos en nuestra expedición?

Ordene usted y será gratificado… Puedo hacer por usted muchas más cosas y diligencias para abreviarle el trabajo que tiene emprendido.

Desde ese momento, don Andrés, se convirtió en la sombra de Humboldt y Amadeo Bompland. Al otro día lo llevó a la casa del sabio cumanés don José Sánchez y Alcalá, que era aventajado en astronomía y cosmografía, miembro importante de la ilustre familia de don Vicente Sucre  y Maria Manuela de Alcalá y Sánchez, la misma casa donde el sabio sueco  Pitor Löfling, que llegó a Cumaná 10 años antes que Humboldt, vivió muchos años; y don José lo trató como a un hermano, le sirvió de ayudante, y con él aprendió todo  lo que sabía el ilustre maestro de las ciencias de aquella época;  y además, conservaba los manuscritos del sabio, que los había dejado depositados en su casa al partir para Guayana, los guardaba como tesoro; también le presentó al sabio Dr. José María Vargas, tan apasionado como él de los manuscritos de Löfling, y luego se les agregó, para completar aquella partida, don Carlos del Pozo Sucre, que fabricaba en Cumana los mismos instrumentos que el sabio alemán utilizaba para sus observaciones y experimentos, según el mismo dice.
   
De acuerdo con lo que decía papá, casi todo lo que escribió Humboldt de Cumaná lo aprendió y escribió en la casa de don José, conjuntamente con don Andrés, José Maria Vargas y tantos más que dejaron en el espíritu de Humboldt el sabor inigualable de esta tierra y de su pueblo, para toda su vida, de tal suerte que evocaba a Cumaná en los últimos momentos de lucidez: “sigue tan limpio el cielo de Cumaná…” preguntaba. 
Los científicos europeos tuvieron muchas sorpresas con hombres eminentes en Cumaná. A Humboldt le pasó al conocer al Capitán General don Vicente de Emparan y Orbe, se relacionó con Don Carlos del Pozo Sucre, el Dr. José María Vargas, don Andrés Level Alén, a Bartolomé Bello, Antonio Patricio de Alcalá, el educador Fr. Cristóbal de Quesada y quedó maravillado de sus conocimientos científicas. Fueron de gran ayuda para él.  Todos se entendían en francés.
“Me iré de Cumaná, cuando cesen las maravillas”. Decía el ilustre viajero de la sabiduría...


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No.  7


DON VICENTE DE SUCRE Y EL COMANDANTE ANSELMO. Contada por don Ángel Grisanti.

            A éste severo patriota, lo tengo y he llamado “Padre de la Emancipación de la Provincia de Cumaná o Nueva Andalucía”. Nadie como él, merece este homenaje.   
 
Corría el año 1822, la Provincia había sido liberada por el formidable arriete, el General en Jefe, José Francisco Bermúdez Figuera, y los ejércitos patriotas.

“De   los 150 esclavos puestos en libertad por su amo, don Vicente, algunos se habían distinguido como soldados valerosos y otros obteniendo grados relativamente altos en los ejércitos libertadores, en regiones distantes, peleando en Guayana quizás a su propio lado o junto con Antonio José y Jerónimo. Uno de estos valientes era Anselmo, quien regresó a Cumaná como Segundo Jefe del Batallón Orinoco. Orgulloso y honrado, tan pronto arribó a sus lares, Anselmo se dirigió a donde su antiguo amo, con una pequeña y pesada bolsa en la mano. Se la entregó a don Vicente, sin decirle nada, e inmediatamente se retiró: contenía el precio e su rescate: 300 pesos.
           
Don Vicente, poco después convidó a comer y sentó a su mesa al Comandante Anselmo. Cuando el antiguo paria levantó el plato, halló los 300 pesos de su rescate y un papel, cuyo texto pudiera servir de leyenda al monumento que bien merece el pundonoroso militar y padre del General Sucre, y que decía así:

            “Un libertador, un soldado de la República, no puede ser esclavo. Eres mi compañero de armas”.

            Así de grande en obras y en pensamientos, era el señor don Vicente Sucre y García Urbaneja, que rechazó el grado de Generalísimo que le ofreció el Ayuntamiento Cumanés.



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No.  8

ANÉCDOTAS DEL MARISCAL.

Contada por don Ángel Grisanti.


 
“En 1814, en pleno y lúgubre apogeo de la Guerra a Muerte, Sucre recorría el campo que había sido teatro de la reciente y sangrienta batalla de Maturín.
            De pronto, bajo un frondoso árbol, encontró dos sujetos. Tenían los pies tan hinchados que no podían dar un paso, y estaban tan cansados que ni se movían.
            Eran dos realistas derrotados: el capitán Palau y el sargento Rodríguez. Sucre los animó a huir, y les advirtió que muy cerca venían los patriotas. Pero ellos le pusieron entonces a la vista sus hinchadísimos pies, y la imposibilidad en que se hallaban de fugarse. Y Palau, resignado, respondió: “Que vengan, que vengan, que no pasaremos de aquí, como Cristo no pasó de la Cruz”.
           
El Coronel Sucre tuvo piedad de ellos. Hizo desmotar a su propia ordenanza, y los hizo montar en el caballo de este. Luego, resuelto a disputarle aquellas vidas al colérico General Bermúdez, de cuya División era Jefe de Estado Mayor, se dirigió a la ciudad, acompañado por sus dos prisioneros.
           
Verlos el General Bermúdez que, poco antes había pasado por el cruento dolor de saber el asesinato de su hermano Bernardo, muy cerca de esos lugares, fue todo uno.
            Pero Sucre, el magnánimo, se encaró resueltamente a su violento jefe, y.… los dos prisioneros fueron salvos.
            Palau murió mucho después de Alcaide de la Cárcel de Cumaná;
Rodríguez, luchando como un león, dentro de las filas patriotas, en la sangrienta batalla de Matará, en el Perú.
            ¿Que palabras mágicas pronunció Sucre ante el General Bermúdez para realizar aquel milagro, justamente en aquellos días en que Bermúdez rugía de desesperación, de dolor y respiraba venganza por el crudelísimo suplicio de su hermano Bernardo?
            Pues estas: “Salvad el nombre de la República y vuestro propio nombre, que es más glorioso que ganar batallas y matar a los prisioneros rendidos”.     

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No.  9


El naufragio de Sucre. Contada por Pedro Elías Marcano.

Cuando las apacibles brisas del Golfo Triste llevaron al apartado retiro de Sucre, en la isla de Trinidad, la noticia de que el Libertador con su expedición de Los Callos había arribado a Carúpano e invadido la costa de Paria, se apresuró a incorporarse a sus compañeros de armas; y en efecto, en una piragua que consiguió al acaso, en medio de la oscuridad de la noche se embarcó junto con el general Francisco Cedeño, Don Manuel Antonio Pereira, Don José María Márquez, su padre Don Vicente de Sucre y familia, Doña María Guerra de Sánchez e hija, la niña Petra Guerra, y otras personas. Navegaban con rumbo al islote de Chacachacare y cuando habían logrado felizmente a las Bocas de Navíos, como a las tres de la mañana, presentáronse grandes bisontes del Noroeste, que hicieron zozobrar a la piragua, cayendo todos, tripulación y pasajeros, en el Océano. Los náufragos, asidos del casco del bajel, hacían esfuerzos por ganar la orilla. En tan conflictivos momentos, Sucre confiado en habilidad de nadador, se separó de la embarcación al ver el riesgo que corría su vida, sin tener en cuenta la violencia de las corrientes, las cuales lo arrastraron hacia el Norte de las Bocas del Dragón, a media legua de la costa, tropezándose con un remo de la misma piragua y apoyándose en él logró sostenerse a flote.

Al amanecer puso asirse de un baúl que flotaba sobre las olas y era del señor Márquez su tío político. Desembarazándose de los pantalones, ató con ellos el remo en una de las argollas que tenía el mueble en los costados y se puso a remar con dirección a tierra. Empeño inútil; ¡solo a la providencia le era dado salvarle! Cuando sintió agotadas sus fuerzas, desengañado y sin esperanzas de vida, se dejó llevar fiado en Dios, por el empuje de las olas. A Sucre y demás pasajeros los esperaba en Chacachacare Francisco Javier Gómez, quien debía servirles de guía para tomar el camino de Guirima, que era una hacienda de la madre del General Mariño en Chacachacare, pero, habiendo sabido por unos pescadores que habitaban una choza en los extremos del islote, que por la punta de este había una embarcación náufraga, presumió fuera la de los que él esperaba, y dándose a prisa con un moreno de nombre Santiago Calderón en un bote de don Santiago Carrí, encontró a poco de navegar la mayor parte de los náufragos, agarrados a los peñascos de arrecifes que aquellos mares abundan asomados a la superficie de las aguas. Preguntando si habia menos algunos de sus compañeros, le contestó doña Maria Guerra de Sánchez: “Falta mi hija, falta Antonio Sucre y otros más”. Entonces Gómez, prometiéndoles volver pronto en su auxilio, se dirigió hacia el Norte, y a las 8 am. Encontró a Sucre que nadaba sobre el baúl y ahogada la hija de la señora Guerra de Sánchez. Regresó con las víctimas del naufragio a la casa de la señora Concepción Mariño de Sanda, hermana de Mariño, en Chacachacare. El júbilo que produjo la salvación de Sucre se trocó al instante en profundo duelo a la vista del cadáver de la niña y saberse que el señor Márquez, tío político de Sucre, había también perecido. Sucre sin reponerse completamente del cansancio, se embarcó al día siguiente en el sitio de La Tinta, dirigiéndose al cuartel general de Mariño, a la sazón en Guiria, donde se hizo cargo del mando del batallón “Colombia” compuesto de orientales y que más tarde se hizo célebre en la defensa de la independencia. Agosto de 1816.     


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No.  10

EL MARISCAL Y EL MAESTRO SIMÓN RODRÍGUEZ. 

De la memoria oral.

Entre el Mariscal Antonio José de Sucre y el maestro Simón Rodríguez, se produjeron muchos contratiempos, algunos de ellos dignos de recogerse en crónicas.  Cuentan que una vez, siendo el Mariscal, Presidente de Bolivia, invitó al Maestro, que era Ministro de Educación, para un almuerzo en Palacio; pero al maestro, lo que era común en él, se le olvidó. Pocos días después, se le ocurrió visitar al Presidente en su despacho, y Sucre lo recibió enojado, dándole la espalda.  El maestro buscaba una forma de iniciar una conversación, pero no lo lograba. Entonces levantando la voz dijo:
“¡Me han dicho que estabais enojado conmigo, peor aún, que vos me odiabais... pero, ya veo que todo es falso!”. 
Sucre sin voltear, replicó: “¿! Y.…cómo me veis!
Entonces el maestro, reconciliador, en tono mesurado, añadió: “Es muy sencillo... Usted me vuelve la espalda... y se que nunca los valientes como vos, vuelven la espalda al enemigo”.
Eso bastó para reconciliar a aquellos dos caracteres indomables. 










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No.  11

DEL MARISCAL Y EL GENIAL ESPAÑOL JERÓNIMO VALDÉZ. 


Antes de la batalla de Ayacucho, el general español Jerónimo Valdéz, había derrotado al general patriota Santa Cruz. Sucre dirigió su ejército hacia Arequipa, cuya población era mayoritariamente realista. Cuando Sucre abandonaba la ciudad, una distinguida dama, doña María del Rosario de Ofelán, le lanzó una cuerda al héroe, y le gritó: “¡Zambillo Sucre, ahí te mando esa soga para que os ahorquéis!”. Sucre recogió la soga y le respondió: “¡Gracias Señora, quien sabe que me tiene reservado el destino!”. También un esclavo de la Doña, le lanzó una pedrada que le dio con gran fuerza en el pecho. Pero Sucre, sin inmutarse continuó su marcha hacia la victoria.

El general Jerónimo Valdéz, ocupó luego la ciudad de Arequipa, a la salida de Sucre; y la dama doña María del Rosario, visitó al gallardo español, y le contó lo sucedido. Valdéz ordenó la detención del agresor de Sucre; lo interrogó, y resultando cierto todo lo dicho por la dama, lo mando fusilar sumariamente. La doña conoció solo la detención, y fue a reclamar su esclavo, exigió que se lo entregaran, y así lo hizo Valdéz, ordenó que le entregaran el cadáver y díjole a la dama: “Ese hombre atentó contra la vida del General Sucre, luego también atentará contra la mía. Sucre es tan general como yo”. Así procedían aquellos grandes contendientes. 



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No.  12

ABIGAIL y el MARISCAL.


El 3 de diciembre de 1824, fue apresado un desertor de las filas patriotas que marchaban hacia Ayacucho, en la llanura de Tambo-Cangallo. El desertor era un joven solado, inexperto, casi un niño; pero se mantenía sereno, inmutable, ante sus jueces, como si todo estuviese en paz. Subió al cadalso con esa serenidad del que sabe que lo ha hecho mal y debe ser castigado. El capitán Piñares había sido su defensor.  Sus palabras hirieron a los veteranos soldados que veían al efebo de faz tan dulce y reposada, esperando el veredicto. El jurado mostraba signos de ansiedad. Al joven sentenciado se le pidió que dijera sus últimas palabras. Solo dijo: “¡Soy culpable!”.  Se arrodillo, rezó en silencio, como quien ofrenda su vida a la Patria... El jurado presidido por el general Arturo Santander, lo sentenció a muerte y se ejecutó de inmediato… Dicen que el General Sucre, no quería firmar y lloró, pero confirmó la sentencia. No podía retroceder. Sus órdenes fueron muy precisas.

            Los cuerpos del ejercito principiaron a moverse para formar cuadro en el ameno valle de Tambo Cangallo, donde debía tener efecto la ejecución, la escolta fatal se puso en marcha, tocando el tambor a la sordina, y el padre Miguel García capellán mayor del ejército, desolado corrió para donde Sucre, a hacerle revelación del que el reo en articulo de muerte acababa de confiarle. Sucre no podía dudar de la veracidad de aquel virtuoso levita. ¿Qué hacer?
Mandó que le trajeran su caballo, y con su Estado Mayor General, tiró para la llanura.

            Una vez en ella, y después de los honores de ordenanza se puso a la cabeza del ejercito y mandó tocar “atención”, luego por divisiones “doblar el fondo”, y los 5300 hombres de fuerza disponible, según la situación de aquel día, formaron una masa gruesa y compacta.
 
Teniente Olmedilla -dijo, y arrendó su caballo, hacia la cabeza de la División “Lamar”, en la cual formaban los cuerpos argentinos: - cuatro pasos al frente.

¡Señor oficial!, -continuó con estentórea voz dirigiéndose al reo condenado a muerte. “La deshonrada es una pobre niña seducida por usted. ¡Es preciso que la honre!

Y sobre el mismo sitio donde debía tener efecto el fusilamiento, fray Miguel García, les dio la bendición de desposados...

Nuestro ejército, arma al hombro, mantúvose firme pero conmovido. Se sabe que los esposos fueron felices.

Abigail acompañó a su marido hasta Ayacucho y el Alto Apure, en donde dio a luz un niño, a quien pusieron por nombre Antonio José.

La verdadera causa de la deserción de Abigail, fue el estado en que se hallaba. Temió la vergüenza para ella y el ridículo para su amante.

 COP. Tomado del Semanario “Disco” No. 14.










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No.  13
   

DEL MARISCAL Y LA LEY

Anécdota contada por el historiador José M. Rey de Castro

“Entre las mil beneficiosas ideas que pululaban en la mente del General Sucre al implantar las mejoras que, en su deseo por la prosperidad de Bolivia, tenía concebidas para elevarlas al más alto grado de progreso, entraba necesariamente las de remover todo obstáculo que a ello pudiera oponerse.  Una y de gran importancia, fijaba preferentemente su atención: en la supresión de conventos; medida que en su concepto era reclamada altamente por la política y por las leyes eclesiásticas.  Con tal convicción y asistido de su entereza característica, acometió resueltamente la empresa, a pesar de que las preocupaciones la hacían ardua y difícil. Sin embargo, no cejó ante las dificultades; su esclarecido talento le señaló la vía más expedita para dominar las antiguas impresiones del ánimo adheridas fuertemente con la educación, y poder manifestar, junto con la conveniencia, la pública utilidad de ese procedimiento del gobierno.

Después de varias y detenidas conferencias con el señor Dean Gobernador eclesiástico del arzobispado, y en tan perfecto acuerdo, que aseguró éste, por nota oficial, “que juzgaba la medida de absoluta necesidad y muy conforme al espíritu de los sagrados cánones”. Formuló un decreto reduciendo el número de conventos que en la República debían subsistir, y disponiendo la traslación de los que en menor número se encontrasen en cada convento; los cuales debían salir de la Capital en el plazo señalado, para ir a formar comunidad con potros de su misma orden en los demás departamentos.

Sometido el Decreto a la Diputación permanente, ésta lo aprobó en todos sus artículos, devolviéndolo al gobierno con un luminosos y extenso informe.  Su publicación produjo, según era de esperarse, sensaciones de diversa índole, como todo acontecimiento notable. Para unos, era una medida de alta política, discurriendo sensatamente sobre los proficuos resultados que de la aplicación de las rentas de los conventos supresos podía reportar la beneficencia pública, pues se dotarían con ellas los hospitales, casas de huérfanos, hospicios para pobres, colegios, escuelas y tantos otros establecimientos como tenía decretados el gobierno. Para otros, era un avance de la potestad civil que dejaba ver funestas trascendencias perturbadoras del sentimiento religioso y la moral. Las beatas y muchas que no lo eran, creían ver con sobresalto en el decreto asomar la cabeza disfrazada de la herejía; algunos frailes, por su parte, fomentaban tan absurda idea.

Esto dio lugar a un episodio, en que una vez más luciese la energía con que el General Sucre celaba por el estricto cumplimiento de las leyes, decretos y órdenes de cualquier género que fuesen. Profesando el principio de que nada era tan pernicioso como la tolerancia   del desobedecimiento a ellas, puesto que no solamente desprestigiaban a la autoridad de que emanaban, sino que minaba y corrompía la moral civil y social, era severo en la aplicación del castigo.

Sucedió, pues, que el día en que los franciscanos debían desalojar su convento, estalló allí una conjuración monacal de resistencia con síntomas alarmantes. A las cuatro de la tarde, y fuera de costumbre, sonaron las campanas en la torre: se abrió el templo, que apareció iluminado y descubierta la Majestad. A los pocos momentos iba llenándose de gente la iglesia, sorprendida por lo extraordinario del acto. Era el tiempo oportuno para su plan, fundado en la esperanza, sin duda, de que su designio sería apoyado por el pueblo.  Subió al púlpito uno de los padres, que, si bien no era en elocuencia un Massillón, no le faltaba resolución y audacia.  Con grave tono y vehemencia comenzó a mover los afectos del auditorio, declamando contra la impiedad, que decía haber desplegado su sacrílego estandarte contra los ministros del Santuario, para derribar luego el altar. Apostrofando a los fieles, decíales que había llegado la hora de imitar a los santos mártires que buscaban la muerte en defensa de la Religión. “¡Cómo siendo cristianos permitiréis que ella sea profanada y hollada en nuestro suelo!”
    
Dejábase ya sentir alguna perturbación, especialmente en las mujeres; pero no faltó algún hombre sensato que, impresionado por tan subversivo discurso, volase al palacio, para dar cuenta de ello al gobierno.  Perfectamente enterado el General Sucre de los pormenores y circunstancias del escandaloso abuso, llamó a un oficial y le dijo:

“Tome Ud., cuatro soldados armados, colóquelos en la puerta de la Iglesia de San Francisco, suba Vd., al púlpito, donde está predicando un fraile contra revolucionario, intímelo Vd., que baje inmediatamente; y si se resiste, made usted allí mismo darle cuatro tiros.”

El Oficial, que nada tenía de lerdo, fue al punto a cumplir, de buen grado, su comisión; se dirigió al templo, y subiendo intimó al predicador: que de orden del Presidente bajase en el acto. No fue obedecido, y continuaba fervorosamente con la palabra: entonces poniéndose en pie y tirándole de la manga, le dijo con fiereza:

“Padre, mire Ud., a la puerta esos soldados le harán baja y callar a balazos, porque yo se cumplir las órdenes que recibo” Entre el susto y el estupor, aquellas fulminantes palabras produjeron su efecto.
 
Inmediatamente descendió del púlpito, seguido del oficial quien le exigió que dispusiera se cerrase la iglesia, previniéndole tuviese mucho cuidado en no promover nuevos alborotos en el pueblo. Así se hizo, y todo quedó ejecutado, retirándose tranquilamente las gentes que habían concurrido a la iglesia. Al día siguiente recibieron los Padres orden de la policía para emprender el viaje al convento que se les tenía indicado; y fue así puntualmente observada la ley.  Como los franciscanos habían sido los últimos que aun permanecían en la capital, quedó esta sin ninguna de las tres órdenes que de tiempo inmemorial se habían en ella fundado. Era escandaloso ver, que dos de esos conventos, la Merced y San Agustín, apenas estuviesen habitados por el religioso sacerdote que hacía de prelado, como lo asegura el mismo digno gobernador eclesiástico.

Al recorrer la historia del período de la administración militar primero, y discrecional después, del general Sucre, registrará pocos actos que hagan resaltar más las excelsas cualidades con que plugo a la Providencia dotar esa alma grande como el de la siguiente “ley de olvido”, fruto de su siempre generoso y siempre americano corazón”.

Cop. Tomado del bisemanario “El Disco”.


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No. 12.-

EL MARISCAL DESPUÉS DE PICHINCHA.

  Anécdota contada por el historiador carupanero Santos Erminy Arismendi.

“Los destellos alboréales del 24 de mayo de 1822 hicieron eclosión de apoteosis para las victoriosas armas del ejército patriota, que en vuelo triunfal había escalado la ardiente cima del “Pichincha”, a cuyos pies -como una virgen pagana- esplende la bulliciosa Quito.  En su vértigo libertador, ni los ígneos penachos del coloso amedrentaron a los mimados de la Gloria...

Los opresores, a cuya cabeza estaba Aymerich, semejante osadía mirárosla como un soberbio reto que imprudentes pretendieron  castigar, no sabiendo que a esa legión  de héroes guiaba Sucre, el ángel tutelar  de la Victoria;  y mirando con altanero desdén las posiciones, dieron comienzo  a la lucha que tras cruentos sacrificios dio a las armas  republicanas una colosal victoria y nimbó de glorias  su camino hasta Quito, que irredenta sintió el beso de la luz republicana y vio proyectado sobre su cielo azul, por vez primera, el sol sublime de la libertad.

Aymerich, ostentoso y jaquetón, acostumbraba -como un signo de desdén por las armas patriotas- tan pronto como sabía de la aproximación del enemigo, mostrarse en una mula rucia, con cuya presencia decía -temblaba el enemigo. Y era suficiente para llenarle de terror y derrotarlo.  Caído prisionero el fanfarronudo Jefe, Mijares su asistente, a quien le tocaba el trabajo de ensillar la rucia -a fuer de buen andaluz- no quiso perder la oportunidad de chasquearla y hacerle así pagar las muchas veces que le molestó para ensillarla, y, aprovechando la ocasión una vez que el General Sucre se paseaba muy cerca de Aymerich, sacando la cabeza por una de las ventanas de la pila en que hallábase éste, le dijo con burlesca inflexión: “¿Mi General, le ensillo la mula rucia?  Extrañado Sucre de semejante pregunta y de la indignación que ello había causado a su huésped, pidió explicaciones, obtenidas las cuales no pudo menos que soltar la risa y exclamar:

” Como es cierto que hasta en los grandes trances no ha de faltar la nota cómica”.


Pág. 31
No. 13.-   

LA QUEJA DEL ABUELO. 



Anécdota de Bolívar y Sucre.

Anécdota contada por don Ángel Grisanti.


“El Libertador había manifestado siempre inusitado interés por todo lo que se relacionaba con el más amado de sus Lugartenientes; el más digno General y la cabeza mejor organizada de Colombia.

            Y de este solícito interés o afecto participó Mariana Carcelén, la esposa del héroe de Pichincha. Las veces que el Libertador pasó por Quito fue a visitarla; antes de regresar Sucre de Bolivia le escribió una carta de cumplimiento y relacionada seguramente, con los acontecimientos de la época y la desgracia de que había sido victima el Mariscal, cuando el motín de Chuquisaca.

            Y en vísperas de dar a luz la Marquesa, el Libertador se apresuró a cumplimentarla y a darle un nombre de varón… para su nena.

            Aspiraba el Libertador a la vez ser el padrino del hijo de su hijo, el General Sucre, pero resultó doblemente fallido en sus predicciones y filiales anhelos; el nieto resultó nieta, y otro fue el compadre del más fiel de sus compañeros de armas.

            “La cariñosa queja” del abuelo no se hizo esperar, y con razón, con sobrada razón, reclamó al General Sucre sobre aquella preferencia por el General Flores. ¡Con cuanta ufanía hubiera él, ¡el Libertador, apadrinado a la unigénita de su unigénito, el Gran Mariscal de Ayacucho! En esa oportunidad, repetimos, tuvo el Libertador sobrada razón de quejarse.

            Entonces Sucre le escribió: “Agradezco sumamente su cariñosa queja sobre el compadrazgo. El día de Tarquí dije a Flores, que no tenía una prenda de más fina amistad y afecto que darle, que hacerlo compadre, y a la verdad que la creo la más fina. Estaba la cosa hecha cuando usted vino al Sur, y por tanto no hay tal preferencia. Además, Para qué esta nueva relación, cuando será imposible desmentir que todas las de mi corazón están con Usted. Creo que toda mi carrera y mi vida están marcadas por los testimonios del más sincero afecto por Usted y dudo mucho si a mi padre he querido más que a usted. Mi mujer me ha dicho anoche que de a Ud., las gracias por su cariño, y que lo estima sobremanera; ella con toda mi familia lo saluda y felicita. Quito a 28 de junio de 1829).

            Bolívar le contestó: “Acabo de recibir en el correo la apreciable contestación de Usted fechada 28 a la carta que 1le hice de Zamborondón. Doy a usted las gracias por sus felicitaciones, por sus buenos propósitos, por su victoriosa disculpa   a mi queja del compadrazgo, y, sobre todo, por sus consejos y preciosas reflexiones y que me son infinitamente apreciables”.

            El abuelo había quedado aparentemente satisfecho, pero quizá no del todo. Si no había sido Padre, quería por lo menos ser Padrino.  


No puedo dejar pasar esta oportunidad para contarles una anécdota poco conocida del Libertador, veámosla:

Después de la batalla de Junín, Bolívar sintió sed, y montó su caballo en dirección de una casa de campo que se veía en la lejanía.  Una bella dama española lo atendió con presteza. El Libertador la observa y no se atreve a decirle que tiene sed ni y mucho menos rogarle por un vaso de agua. Pues entiende que la dama ya lo ha reconocido como un patriota enemigo de España. Pero su sed era desesperante y debía hablar a la dama y explicarle alguna manea su imperiosa necesidad, entonces le dice: Señora si no me equivoco es usted española.

La dama le responde: ¡española!  por supuesto. Soy española para servir a Ud.

Bolívar, haciendo uso de su habitual galantería, pensando un poco, atina decirle:

De tal manera, imagino que usted aborrecerá a los soldados patriotas

La rama repuso con mohín benevolente: Patriotas somos todos los españoles. No puedo amar a los que van contra mi Patria.

El Libertador sonríe maliciosamente, y le replica:  Y a Simón Bolívar lo aborrece mucho más.

La hermosa mujer con los ojos encendidos, dijo: ¡A Bolívar… pues, mucho más!  y con mayor razón, puesto que es el principal de los revolucionarios que están contra España.

El Libertador, dueño ya de la situación le dice:

Pero si viera usted como es de galante Bolívar, con las damas bellas como usted, tal vez llegaría a amarlo.

La bella española con otro mohín traicionero, lo interrumpió, y dijo:

Pero… por favor, que lo trajo a Usted hasta mi casa.

El Libertador tardo un poco en responderle, y al fin le dijo:

La sed señorita, pero siendo usted española ….

Ella lo interrumpió, y un poco sonrojada dulcemente, dijo:

Acaso… ¿no permitirá Usted que una española le calme la sed?

Si, respondió el Libertador, temo que usted me la niegue, sin embargo, la veo tan dulce y amable, que, observándola, se calman tanto mis ardores y mis penas, que ya no tengo sed…

La dama se quedó pensativa, y mirándolo fijamente a los ojos, dijo:

Espere usted un momento, se le ruego, no se vaya, no tardaré mucho.

La dama tardo unos minutos, y le preparó una limonada. Entre tanto el Libertado le escribió una esquelita, para lo cual siempre estaba preparado.

Vino la dama con el refresco, y mientras conversaban y calmaba su ardiente sed, puso el papel bajo la jarra, beso la mano de la bella dama, y galantemente se marchó.

La dama apresuradamente, sonrojada y visiblemente emocionada, leyó la carta, que dice: ¨Señorita, usted no es española: sus cabellos representan el amarillo de mi bandera, sus ojosa mi azul y su boca mi rojo. Yo soy Simón Bolívar. ¨

Cuentan que la emoción de aquella dama fue indescriptible, guardó cuidadosamente la tasa, en que calmó el Libertador la sed abrazadora de la pampa de Junín; y a sus hijos, les encomendó el cuidado de aquella tasa, sagrada para ella, porque ¨en ella calmó su sed el hombre más grande que han producido los siglos¨.
      


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No. 14.-

CUANDO SUCRE SE PERDIÓ EN AYACUCHO.
Contada por Laureano Villanueva

Cuenta Laureano Villanueva, que: Un día el General Sucre hizo como Julio Cesar, indicó la ruta que cada División debía seguir, fijo el punto donde debían reunirse 
El ejército patriota, después de reposar y prepararse convenientemente en Tambo Cagallo, arribó al valle y pueblo de Quinua, cerca de Ayacucho. Los realistas se apostaron en los valles de Macachacra, atravesando el rio Pangora.
El ejército del Virrey Laserna se ubicaba así al poniente del ejército de Sucre, en las laderas del alto e imponente Pacaicasa. El día 7 de diciembre el ejército de Sucre en una jornada muy hábil entró por la parte baja en la sabana de Ayacucho, en el Cundurcunca.  En cierto número de días, y desapareció. Consternados los Generales a los seis días por no saber su paradero, y temiendo que pudiera haber caído prisionero en manos de alguna partida realista, se congregaron, muy hondamente preocupados, en una cañada para adoptar alguna resolución, considerándose perdidos entre aquellos valles y alturas que no tenían término; y cuando iba a escoger a uno de ellos para que guiara el ejército, se oyó el galope de un piquete de caballería. Era la media noche. El General Sucre conducido por buenos prácticos había venido siguiendo por entre veredas la marcha de los cuerpos al mismo tiempo que había reconocido al enemigo personalmente con el cuidado y atrevimiento de que solo son capaces los expertos capitanes. Llega en breve se desmonta cae en los brazos de sus generales y sin pensar en comer ni descansar, les da razón de las posiciones, fuerzas y movimientos del enemigo; les hace saber que está a tres leguas de distancia, les indica las precauciones que deben tomarse, y marca el camino que han de seguirse inmediatamente, advirtiéndoles que habia que salvar muchos malos pasos, por lo cual era menester prepararse para evitar un encuentro en malas posiciones.
Los generales quedaron asombrados. Manifiéstenle sus inquietudes y reanimados con su presencia les estrechan las manos sintiéndose satisfechos y orgullosos de ser mandados por un caudillo como él ilustres por tan eminentes aptitudes.

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No. 15.-

EL PERMISO DEL MARISCAL

Anécdota contada por Laureano Villanueva


Cuenta Laureano Villanueva que: Una escena patética tuvo lugar antes de la batalla de Ayacucho, que merece consignarse en estas páginas. Unos dicen que pasó en la tarde del día 8, otros que fue en la mañana del día 9. Sea ello como fuere, es digno de contarse:
Se dice que fue el Mariscal Monet, del ejército español, amigo de Córdova, del ejército patriota, que solicitó de Sucre, a través de un correo oficial, permiso para tener una entrevista con su amigo el General Córdoba, antes de la pelea. El permiso fue concedido, corrieron los dos valientes campo traviesa a abrasarse enfrente de los dos ejércitos; lo mismo hicieron luego muchos oficiales y soldados, amigos y parientes, que militaban hacía tiempo, unos entre los patriotas y otros entre los realistas. La entrevista duró media hora; y después de haberse estrechado los corazones y las manos, se fueron a escape, buscando cada uno su campamento respectivo.
Hasta entonces tanto españoles como patriotas no habían obedecido sino a la feroz ley de las Euménides, es decir la ley de la venganza. Ahora al final de aquella sangrienta lucha de catorce años, inclinábanse uno y otros, a ordenarse a la moderna ley de los sentimientos humanitarios, a ley de la caridad de la clemencia de las santas amnistías.


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No. 16.-

POR QUÉ BOLIVAR NO PARTICIPÓ EN AYACUCHO.

 CONTADA POR DON ANIBAL DOMINGUEZ


La Batalla de Ayacucho consolidó el proceso liberador contra el Imperio Español, con Simón Bolívar El Libertador, Padre de América, capitán invencible de las fuerzas de la Libertad, levantadas contra los conquistadores, dueños por más de 300 años del territorio y de los pueblos del Continente, no estuvo presente en la Batallan de Ayacucho. 
Cómo no se ha explicado en forma clara la ausencia de Bolívar en la Batalla de Ayacucho, abrimos este paréntesis que tal vez explique, en forma simple, su ausencia en esta jornada gloriosa digna de su genio, pues nos vemos en la necesidad de explicarlo como lo hace Don Aníbal Galindo, en su investigación sobre la batalla de Ayacucho, publicada en 1888, cuando dice:   
Que fue convocado el 15 de noviembre de 1824, en el campamento del ejército Libertador en el Perú, un Consejo Superior de Guerra, presuntamente sugerido por el General Lamar, y se produjo la reunión con la asistencia del Libertador; y a la cual asistieron los generales Santa Cruz, Lara, Córdova, Miller, Gamarra, O´Higgins, y el propio Lamar.
En este consejo se sometieron a la consideración del Libertador, las preocupaciones, cavilaciones, conclusiones y las sugerencias, de tan altos representantes del ejército Libertador, de lo cual copiamos una de las preguntas que al parecer fue decisiva para lograr los fines concebidos, a saber:
Señor, tenemos que emprender una campaña peligrosa en presencia de un enemigo aguerrido y valiente, que cuenta con dos veces nuestros efectivos, que combatiremos, pero no sabemos dónde ni en qué circunstancias. Si por desgracia fuésemos derrotados, lo que no es probable, pero no imposible, ¿Quién, si Vuestra Excelencia es derrotado, y cubriera también el deshonor de esta derrota, quedaría en pie para llamar de nuevo a los pueblos a la guerra?
El Consejo es de la opinión, que el Libertador, debe retirarse de este campamento, para servir de reserva a la América; y vuestra excelencia sabe, que militarmente el mando de toda reserva se le confiere el día de la batalla, al más digno y al más valiente.
Y Bolívar, más grande que en Carabobo, que, en Boyacá y Junín, obedeció y se fue. Lo demás lo sabe todo mundo’’.  
El Libertador en el Oficio del 26 de noviembre de 1924, facultó al General Antonio José de Sucre y Alcalá, para dirigir las operaciones de la Campaña del Perú. Esta comunicación la entregó en esa fecha el propio Edecán del Libertador, Capitán Celedonio Medina.


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No. 17.-


ANECTODA PUBLICADA EN EL BISEMANRIO SUCRE No. 257, de fecha 20 de ABRIL DE 1927.

De cómo un nieto del General Flores vino a ser heredero del Gran Mariscal de Ayacucho.

El vencedor de Ayacucho cuando conquistó un mundo para la libertad no había conquistado un corazón para su amor: el héroe inmortal de la guerra del Sur de Colombia y del Perú, contrajo matrimonio en Quito con Doña Mariana Carcelén y Larrea, marquesa de Solanda. Tuvieron una hija llamada Teresa, que murió en Quito por el mes de noviembre del año 1831, al año y medio después de haber muerto el Gran mariscal.

Éste antes de separarse de su casa para concurrir al Congreso de la Gran Colombia, y noticioso de las acechanzas que le preparaban los envidiosos de Bogotá, hizo testamento e instituyó su heredara universal a Teresita, su única hija.
 
Muerto el Gran Mariscal pasaron sus bienes a ser propiedad de ésta, y muerta ella, pasaron a ser propiedad de su señora madre la viuda del Gran Mariscal.

La viuda se casó seis meses después del asesinato de su ilustre marido, con el General y Doctor Isidoro Barriga, sustituyendo el glorioso nombre de Sucre, con este otro prosaico, aunque distinguido en la alta sociedad de Quito y en la vida política del País.

            El General Barriga y la marquesa tuvieron un hijo, Don Felipe, quién contrajo matrimonio con Doña Josefina Flores Jijón, hija del General Juan José Flores, oriundo de Puerto Cabello, a la sazón Presidente de la República.

            Al morir la marquesa, la heredó su hijo Don Felipe Barriga. Del matrimonio de Felipe con Josefina, nació un hijo el cual más tarde vino a ser heredero del Gran Mariscal cuyos bienes no era muchos, pero sí los más gloriosos que pueda haber tenido mortal alguno sobre la faz de la tierra en el trascurso de los siglos: la espada de Ayacucho, rayo de la guerra que dio libertad a un continente y Arco Iris de paz que se e34xtiende sobre las altas cimas de los andes como un seguro testimonio de la Independencia y la vida de diez naciones indoamericanas.

Firma N. E. S. O. 
Valera 1926.



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No. 18.-


LA NOTICIA DE LA VICTORIA DE AYACUCHO
Contada por Don Fernando Poblete 
El general Antonio José de Sucre, desde que fue designado para conducir el ejército patriota, había estado, permanentemente, en contacto, con el Libertador; esta vez se apartó discretamente de sus oficiales que deliraban, y le escribió escuetamente el parte de la victoria.
Al enterarse de la noticia del triunfo, Bolívar, quien se hallaba en la Quinta de la Magdalena, su residencia de descanso a pocas horas de Lima, no pudo contener la alegría. Se despojó de su casaca y lanzándola al suelo, gritó eufórico:
 “¡Nunca más vestiré un uniforme militar!".  Entonces con voz emocionada ordenó que se sirviera champaña a todos los presentes en la Quinta, incluyendo criados y caleseros.
‘’Hasta la apacible ‘’Magdalena’’ llegaba el eco lejano de los tañidos de las campanas de las torres de Lima. Toda la ciudad capital del antiguo Virreinato del Perú, ésa que Pizarro fundara el 18 de enero de 1535 con el nombre de "Ciudad de los Reyes", era fiesta absoluta. El retrato del Libertador Bolívar era paseado en procesión por toda la barroca ciudad, otrora poderoso bastión del dominio español en América. El Congreso del Perú reunido en sesión extraordinaria le concede al gran héroe de la jornada, general Antonio José de Sucre Alcalá, el título de Mariscal de Ayacucho y Benemérito del Perú en Grado Eminente’’.
‘’Allí, en los campos de Ayacucho sellose la independencia del Perú y de toda América, que pendía de la derrota completa y absoluta del ejército español, en la misma tierra del que fuera, junto con México, el más poderoso virreinato de América’’.
‘’En Ayacucho derramaron su sangre, por igual, peruanos, venezolanos, colombianos, ecuatorianos, bolivianos, chilenos, argentinos, mexicanos y aún españoles, creyentes en la causa de nuestra común independencia.  Gloria a todos ellos’’.


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No. 19.-

EL MARISCAL Y EL VIRREY.

“Ese mismo 9 de diciembre el Teniente General de los Reales Ejércitos de su Majestad, José de Canterac “encargado del mando superior por haber  sido herido y prisionero en la batalla de este día el Excelentísimo Señor Virrey don José de la Serna, después de participar en una Junta de Generales, propone y ajusta con el General de División de la República de Colombia y Comandante en Jefe del Ejército Unido Libertador del Perú, Antonio José de Sucre, las condiciones de una Capitulación, la cual no solamente es aceptada por el distinguido soldado de Colombia  sino que éste la robustece con un gran corolario  en la cohesión  dentro de su grandeza de alma y espíritu. “Tan caballeresco a lo Bayardo el magnánimo regularizador de la guerra a muerte “diría el historiador chileno Benjamín Vicuña Mackenna. Acudiría prestamente y aún caliente la sangre derramada en la escena de la batalla, a defender la vida de cada uno de los vencidos y lideriza sus propios sentimientos de hombre desprovisto de engreimientos y dado a su nobleza el respeto incondicional del derrotado.
Es menester hacer alarde a este respecto de un acontecimiento espectacular. El Virrey Laserna se encontraba en situación apremiante y mal herido, entre otros muchos afectados, tanto patriotas como realistas, dentro de la pequeña construcción que fungió de hospital de emergencia.
Apunta el coronel Manuel Antonio López en sus recuerdos históricos de la campaña del Perú por el Ejercito Unido Libertador, que: Llegó a la puerta de la Iglesia el General Sucre, acompañado de otros generales, Córdova entre ellos 
Sucre preguntó por el Virrey, quien se puso de pie al instante y saludándolo Sucre con afable respeto y expresándole la ´pena que le causaba verlo herido, le pidió permiso para trasladarlo a un paraje menos incómodo que pudiera hallarse. Otro de los jefes dobló a punto el brazo derecho y haciéndolo de la muñeca con la otra mano, dijo a los presentes: “Llevémoslo en silla de mano. 


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No. 20.-

ANECDOTAS DEL GENERAL EN JEFE JOSÉ FRANCISCO BERMÚDEZ FIGUERAS.


José Francisco Bermúdez Figuera fue llamado “El Áyax” por su fuerza y valor a toda prueba. Cuando a Cumaná llegó la noticia de la firma en Caracas del Acta revolucionaria del 19 de abril de 1810, éste gigante de la historia de Cumaná, montado en brioso caballo, se lanzó a las calles arrastrando a las multitudes al grito de “Independencia ya”, y el pueblo lo siguió lleno de entusiasmo hasta el palacio del Ayuntamiento, frente la plaza de la Catedral en construcción. Allí arengó al pueblo y el pueblo permaneció en vela hasta que el Ayuntamiento se reunió a las 9 de la mañana del 27 de abril de 1810, y declaró a Cumaná, libre y soberana. Después, este nuevo héroe para la pluma de Virgilio, hizo de su vida de soldado, otro Ayax épico, indetenible en la defensa de su pueblo, y su espada vengadora, no descansó hasta lograr la plena libertad de su Cumaná amada.


   
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No. 21.-

BERMÚDEZ EN PUERTO DE LA MADERA.   


Puerto de la Madera a dos leguas de Cumaná, fue escenario de acciones temerarias del émulo de aquel Ayax de la Eneida. En octubre de 1816, cuando los patriotas bajo el mando del General en Jefe Santiago Mariño, intentaban liberar a Cumaná, los oficiales decidieron darse un baño en las lagunas de Puerto de La Madera. Estas lagunas que aún existen, formaban un sabroso remanso entre el bosque de guamas, latales y árboles frutales en las orillas del río Manzanares. Por supuesto que se bañaban desnudos.

Los españoles que amanecieron de buen humor resolvieron divertirse con los patriotas distraídos en el río, y los atacaron precisamente por el flaco donde se encontraba Bermúdez. Atacan con furor matando algunos oficiales que estaban cerca de la orilla del río; y siembran gran confusión en la tropa que se dispersa en el bosque.

Bermúdez que escucha los tiros, sale del rio toma su formidable y gigantesca espada y salta sobre su caballo, que había dejado muy cerca; y al grito de ¡AQUÍ ESTA EL GENERAL BERMUDEZ, CARAJO…! Arremete contra los atacantes, que, al solo oír el nombre de Bermúdez, echan a correr y se dispersan por el bosque, donde son tiroteados por las fuerzas patriotas, cobrando muchos heridos y pertrechos de guerra.       

Y agrega el cronista: “En aquella guisa, caballo y él desnudos, pocas veces se da tan perfecta la impresión del centauro…”



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No. 22.-

BERMÚDEZ LIBERTADOR
DEL LIBERTADOR.



En 1817, el General en Jefe Santiago Mariño, con un ejército poderoso, unido a Bermúdez y con Sucre como Jefe del Estado Mayor, se acerca a Cumana.  Bolívar esta en Barcelona desde el 1º de enero, asediado por   los españoles bajo el mando del competente coronel español Juan Aldama, que no se andaba con chiquitas, y ya saboreaba la vitoria por la posible derrota de Bolívar, al que duplicaba en fuerzas. Entonces el Libertador, que siempre guardaba una baraja en la manga, creyendo en el patriotismo de los jefes orientales, acude a Mariño, le escribe, y para atraerlo le ofrece dos cosas que necesitaba el gran jefe margariteño para completar su campaña libertadora: Mando y Municiones.     

            Sin embargo, Bolívar, sin esperar respuesta a sus peticiones, enfrenta al detal a las fuerzas españoles, va con todo lo que tiene contra el Brigadier Real, que está a cargo de las defensas de la ciudad, lo ataca por varios frentes sin darle cuartel y lo mantiene a la defensiva, mediante el sistema de ataques de desgaste bien dosificados, suficiente, en la espera providente de Mariño, para batir a los españoles en una batalla decisiva.

            Doy por sabidas las desavenencias entre Bolívar y Bermúdez, hasta el punto de la confrontación en Güiria,  y lo difícil que imaginamos fue para Mariño convencer al Bermúdez que nos pintan los cronistas de la guerra, para que lo acompañara a salvar al Libertador, no se cuales fueron los argumentos que utilizo, sin embargo conociendo a Mariño y a Bermúdez, y el alto grado de responsabilidad que caracteriza su carrera, podemos intuir lo que ocurrió al recibir el SOS del Libertador, pero no lo vamos a decir en esta anécdota.

            Lo que si vamos a decir es lo que les ocurrió a los españoles cuando supieron la cercanía de las fuerzas de Mariño a Guanta, simplemente abandonaron la plaza.  El coronel Juan Aldama, en vista de la endeble oposición de las fuerzas del comandante Real en Guanta, donde fue materialmente arrollado el ejército español, ordenó abandonar la plaza, de Barcelona, liberando al Libertador del cerco mortal que habia impuesto, con el agravante de que al Libertador ya no le quedaban recursos para la defensa de su ejército. Las condiciones en que se encontraba el ejército libertador, cuando entraron las fuerzas de Mariño, no daban para soportar ni una hora más… y solo les quedaba la rendición honorable y una muerte segura.

            Entonces Bolívar, libre del cerco y dueño otra vez de la ciudad, sale con todos sus oficiales a recibir a los jefes orientales, entre los cuales se distingue Bermúdez, por el porte imponente de aquel guerrero y la majestad que emanaba de su personalidad. Bolívar, conjuntamente con sus oficiales, los reciben y saludan cortésmente a los guerreros que arriesgaron sus vidas para salvarlos, que corrieron sin descanso tantas leguas que los separaban del teatro de las operaciones, pero cuando le toca abrazar a Bermúdez, y sintió los poderosos brazos de aquel gigante sobre su cuerpo, soltó las palabras que inmortalizaron y santificaron para siempre aquel momento: “Sois el Libertador del Libertador”.

            Bermúdez recibió aquellas palabras en silencio, como un bautismo, una renovación. Guardó silencio, pero en su corazón ardió y una nueva luz, se abrió a sus ojos de patriota y mártir de un nuevo destino.

Desde ese momento cambió por completo la conducta de Bermúdez hacia el hijo providente de la Patria; pasa a la historia orgulloso de su nuevo destino como “Libertador del Libertador”, y se dispuso a seguir las huellas del profeta de la libertad, aunque en ello le fuese la vida.   



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No. 23.-

BERNARDO Y JOSÉ FRANCISCO BERMÚDEZ FIGUERA.


La venganza de José Francisco por la muerte de su hermano Bernardo en 1813, no ha sido bien contada, pero se sabe que fue terrible porque José Francisco se convirtió en una fiera insaciable de sangre. El respondió con guerra a muerte, antes de que el Libertador la decretara.

En una carta a sus sobrinos, escribe don Andrés Level de Goda, algunos extremos interesantes que ustedes, mis lectores, podrán meditar y sacar conclusiones.

Dice también don Andrés, que le contó el crimen al Rey Fernando VII. Veamos:

“Sabido que fue por Zerveriz en Yaguaraparo, nuestra retirada, evacuó el punto haciendo ejecutar a vuestro tío Bernardo, pero de un modo tan bárbaro que me abstengo de referíroslo, porque se me estremece la memoria y no puedo hacerlo. Con mucha dificultad y obligado lo referí a Fernando VII, en 1814, y se estremeció. Bernardo fue apresado con dos negros, una hembra propia suya, que vendió Zerveriz en la isla de Barbados, y un varón de vuestro tío José Francisco Pueblo, General, que se adjudicó el mismo Zerveriz, para criado de mano y llevó a Madrid.
El negro allí se presentó al Rey, contándole con su mala explicación y peor idioma, no ser esclavo de Zerveriz sino mío, porque a su amo lo habían matado, y su otro amo estaba muy lejos. Con este motivo fui llamado a la presencia del Rey, quien me exigió completa explicación y se la di de todo el acontecimiento y de la verdadera propiedad del negro. El Rey le mandó dar la libertad.
  
            El terrible Ayax jura la guerra a muerte en venganza de su hermano y comienza a cumplirla implacablemente. En su entrada a Cumaná con Mariño ese año de 1813, su espada vengadora también se tiñó de sangre con los prisioneros.


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No. 24.-

ANÉCDOTAS DEL COMANDANTE MATUTE.
CONTADAS POR J. A. COVA.

            Formidable historiador Cumanés cuenta las aventuras y desventuras del Capitán Domingo López Matute, más conocido como “Matute”. Dice José Antonio Cova: “En la ciudad de Cochabamba encontrábase acuartelado el escuadrón de caballería llanera “Granaderos de la Guardia”, que formaba parte de la División del General José María Córdoba, que al mando del capitán Felipe Braun, se había ceñido los laureles de Ayacucho.

Los Granaderos de La Guardia tenían por capitán graduado al guariqueño Domingo López Matute, uno de aquellos heroicos centauros de las pampas venezolanas que con Leonardo Infante habían humillado al “mayor” Santander en los desfiladeros de Pantano de Vargas, e igualmente habían llenado de asombro a Canterac con José Laurencio Silva a la cabeza, en las épicas cargas de Junín.

Matute y sus legionarios, tan venezolanos y tan llaneros como él, caracterizaban admirablemente a ese tipo mestizo americano, con tanto híbrido, que el argentino Carlos Octavio Bunge ha situado en una esfera que se ensancha entre dos polos opuestos: el fatalismo y la venganza. Ebrios de triunfo sus primitivos instintos habíanse despertado en medio de la trágica barbarie de la “guerra a muerte”: por única ley tenían la lanza y por razón, la fuerza.

            Concluida la guerra, sin teatro ya para vivir nuevas hazañas, Matute y sus llaneros acogotados por la vida sedentaria del cuartel, sentían en lo íntimo de sus conciencias rudimentarias, la añoranza de la lucha, que para ellos era una constante obsesión.

            En el mismo escuadrón de Matute, militaba el teniente graduado Francisco Segovia, joven alto, blanco y bien parecido”. El Mariscal Sucre, enemigo de la chabacanería, pasando sobre la antigüedad y los servicios de Matute, ascendió a Segovia a capitán efectivo de los “Granaderos”, humillación que el levantisco guariqueño no se resignó a sufrir, pues si los ojos azules, decía él, constituían un concepto del Gran Mariscal, suficientes credenciales para los ascensos, él se iría con sus hombres en demanda de la justicia del Libertador.   

            Matute en la primera oportunidad sublevó su escuadrón, y sin plan fijo determinado, y sin contar con ningún arraigo en el elemento popular se puso en camino, con su gente, en busca del Libertador. Pareciole que el camino más corto para llegar a Colombia, era el de la Confederación Argentina y a fines de noviembre de 1826 se internó en los confines de la provincia rioplatense de Salta.

            Tan turbulentos parecían a Sucre los legionarios de Matute, que destacó en su persecución, por distintas rutas a los generales Córdova y Galindo y a los coroneles Braun y O´Connor y también a José Escolástico Andrade. Matute y sus llaneros pusieron en jaque a sus perseguidores, quienes llevaban consigna del mismo Sucre de fusilar a cuantos fuesen cayendo en sus manos, con excepción de Matute, quien debía ser conducido a Chuquisaca

El Mismo O´Connor, narrador de las aventuras de Matute estuvo a punto de caer en las redes que le había tendido el leyendario llanero.

Ya en Salta, Matute púsose a las órdenes del General Arenales; pero bien pronto Matute se comprometió contra él, siendo Matute y sus legionarios los que destrozaron a su llamado “Ejército de Oriente”, del que solo quedaron como supervivientes un soldado sano y otro mal herido.

Arenales, fue derrotado con aquella gente de Matute, y desterrado luego a Bolivia donde murió. En recompensa por sus servicios Matute recibió toda la hacienda del caudillo vencido la que le fue adjudicada por la Junta de Gobierno de Salta. El llanero guariqueño, por obra y gracia de su lanza se habia convertido, en prócer de la Provincia.
Otro general argentino, Gregorio de La Madrid, amenazado en Tucumán por las hordas de Facundo Quiroga, solicitó los auxilios de los llaneros venezolanos. Matute y sus centauros acudieron inmediatamente. El choque era de caballería. La Madrid tomó el mando del ala izquierda dejando a Matute maniobrar a la derecha. Los gauchos de Facundo rechazaron a La Madriz, en tanto que los granaderos de Matute pusieron en fuga a la gauchada del salteador de la llanura. En su derrota los gauchos gritaban que ellos eran “La verdadera Patria y los otros lo Godos” cosa bastó para que Matute reorganizara su gente y se revolviera inmediatamente contra las fuerzas La Madrid que fueron definitivamente aniquilados.

    Tanta admiración y confianza despertaron en los caudillos argentinos el valor y la pujanza de aquellos inmortales granaderos venezolanos, que cierto día el General La Madriz decía de sobremesa en Chuquisaca, al Gran Mariscal de Ayacucho: “! ¡Ah!... Mi General, si me diera Ud., unos doscientos hombres como esos que llevó Matute a Salta, yo le daría cuenta de toda la Confederación Argentina…


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No. 25.-

ANÉCDOTA DEL GENERAL PEDRO DUCHARNE, CONTADA POR RAMÓN DAVID LEON Y ESCRITA POR MI.


El General José Eusebio Acosta derrotó al General Pedro Ducharne, caudillo conservador, cerca de Guiria. Cuentan que después de la derrota, pasó tres días deambulado herido por las serranías, y ya cansado llegó al campamento de las fuerzas enemigas que lo habían derrotado, entonces se metió en la carpa del propio General José Eusebio Acosta, como ustedes imaginaran fue un momento difícil, sin embargo, conversaron, y Ducharne le dio algunas explicaciones comprensibles entre caballeros, y le pidió asilo por una noche. Acosta, después de saludarlo, cortésmente y atenderlo como acostumbraba, y aceptar la petición de su enemigo, le dijo:

“Duerma Ud. general, hasta las 6 de la mañana… Después de una hora voy por usted”. 

Cuenta Ramón David, que Pedro Ducherne, perseguido por Acosta muy de cerca, quedó acorralado en Yaguaraparo, y allí esperaba su fin, sin embargo, se jugó la última “parada”, se entablilló el brazo derecho, con su pistola lista para disparar, y contrató pasaje al capitán de una flechera que salía hacia Trinidad.

El capitán y dos marineros, gente de Acosta, se dieron cuenta de quien se trataba y se prepararon para apresarlo. Ducharne, se habia preparado también para esa eventualidad, aparentemente dormía plácidamente sobre las gúmenas de la flechera, precisamente por eso había escondido la pistola entre el yeso, previendo una celada; cuando el capitán y los dos marineros se le acercaron sin tomar ninguna precaución, creyéndolo inválido, Ducharne no les dio tiempo ni de hablar, y disparó a quemarropa, dándole muerte a los dos marineros, y, de paso, obligó al Capitán a llevarlo hasta Trinidad.

Ramón David León, que me contó esa anécdota, decía, que Pedro era una fiera. 


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No. 25.-

 ANÉCDOTA CONTADA POR DON ALEJANDRO VILLANUEVA

Cuenta este personaje de la picaresca cumanesa un pasaje de la vida de una memorable lavandera de su infancia; relato publicado en el periódico de don Federico Madriz Otero, “La Constitución” No. 28 de fecha 23 de julio de 1908. Veamos:

“Allá por los años mil ochocientos setenta y tantos, cincuenta y dos años de la Independencia y ninguno de la Federación, porque aún se escuchaban las dianas de los campamentos y el silbar de las balas de los combates de aquella magna y sangrienta lucha, vivía e la arruinada calle de El Baño, hoy de Mariño, una mujer a quién sus amistades llamaban Águeda la Gamboa, pero cuyo nombre de pila y agua era Águeda Benítez.
Abro un paréntesis. Mi madre me refería que la calle del Baño fue antes del aciago terremoto del 15 de julio de 1853, el “rendes- bous” de la juventud de buen tono de aquella época y de los hombres más notables en la política, las ciencias y las leras. Digo esto para lamentar ahora como han cambiado los tiempos: el terremoto primero y después el abandono y la indiferencia de todos, han consumado la ruina de esta calle, por no decir de esta ciudad.
Cierro el paréntesis, y va de cuento.
            Conocí a Águeda: tenía yo de seis a ocho años de edad y ella la friolera de sesenta y pico. Era una mulata alta y robusta, de musculatura pronunciada y firme; tenía cara de pocos amigos, pero en el fondo era afable y de buen corazón; su voz era un poco gangosa pero fuerte y tonante; vestía regularmente de enaguas de cintura, unas veces glaucas y otra polícromas, cuyas enaguas dejaban ver el escote de su túnica siempre intocada e impoluta y bordad o entretejida a la moda de entonces. Su rosario engarzado y su vistoso pañuelo de Madrás en la cabeza a manera de turbante no le faltaban nunca.
Águeda era lavandera, pero no de “tusa y pepitonas” como las de ahora, sino lavandera que empuñaba el jabón y comprometía los puños para hacer buenas obras. Tenía dos hijas; una llamada Adona y otra Petra, que aún vive. Esta gente eras toda muy buena, y gozaba de general estimación entre sus amistades. Mi madre las distinguía mucho, porque como ella era pobre, gozaba de simpatías en las filas de los abatidos por la desgracia. No hay cosa que una más estrechamente los corazones que la identidad en la pobreza y el infortunio.
      Águeda visitaba diariamente a mi madre, entre la una y las dos de la tarde cuando se dirigía al Manzanares. la veíamos todos al entrar a nuestra modesta habitación a echar antes un párrafo. S esa hora, mi madre ya acostumbrada a recibir tal visita, la esperaba sentada en un ture muy cómodo que había en casa. Águeda llegaba, efectivamente, con la ropa en una batea que cargaba en la cabeza.  Luego con un movimiento característico, colocaba la batea a su lado. Se arrellanaba a la bartola en el suelo y comenzaba a dar rienda suelta a su acervo de noticias.
--¡Águeda!... ¿Cómo que traes muchas cosas nuevas? - Prorrumpía casi siempre mi madre.
--Pues, has de saber, Rosa… Que es cierta la derrota del General Acosta en Río Caribe; y el triunfo de Pedrito Vallenilla, y la muerte de Narvarte. Por eso…  ¿Tú no oías esta mañana a la niña Carmelita como echaba sapos y culebras contra las guaricongas del vecindario, y decía que era necesario darles látigo?  ¿Tú no escuchabas a la niña Rosarito…? Y cuando Águeda consideraba que lo que iba a decir podía considerarse algún perjuicio a ella o a su familia, suspendía su narración y terminaba con esta frase que se hizo proverbial entre sus amistades: “Cállate, boca, que después pagan Adona y Petra” …
           


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No. 26.-


ANÉCDOTA DE ANDRÉS ELOY BLANCO

En 1945 celebró Cumaná los 150 años del natalicio de Antonio José de Sucre. La fiesta se llamó EL SESQUICENTENARIO. La ciudad se engalanó y vinieron en romería sus hijos buenos, los amados, los que le dieron días de regocijo con sus actos, sus trabajos y su vida toda: Entre ellos, también vino Andrés Eloy Blanco, el poeta palabra, la palabra poesía, aquel que fue todo ternura, que llenaba las páginas más de amor que de letras.

            El bar Sport, era el sitio preferido para la tertulia en la Cumaná de entonces, allí se reunían los individuos más interesantes de la ciudad. Don Francisco Pérez Morao, su propietario y principal animador, le dio con su propia personalidad un carácter distinguido, y todos respondían a esa situación de manera elegante. A la entrada del bar había una tablilla que rezaba: “Si viene sin palto está bien, pero si lo trae puesto es mejor”, otra decía: “Se reserva el derecho de admisión”.

            Para ese año de grandes acontecimientos, el bar Sport, servía sus mesas en la Plaza de la Retreta, que así se llamaba esta plaza que hoy se conoce con el nombre de La Gallera, y que por supuesto, queda frente al Jardín Sport. Aquel día, desde muy temprano llegó Andrés Eloy acompañado por Miguel Otero Silva, Humberto Guevara, Marco Tulio Badaracco, mi padre, Mauricio Berrizbeitia, Jesús Ramón Villafañe, y Laureano Frontado. Tomaron asiento y como siempre, Andrés Eloy, hablaba. Tenían un buen rato de amena tertulia, cuando Jesús Ramón Villafañe vio venir al poeta Sotillo. Era un hombre alto, atildado, vestía un liquilique blanco con un sombrero de ala ancha, un hermoso Borsalino. Jesús Ramón se levantó y lo saludo, luego acercándose a la mesa con el poeta lo presentó y dijo: -Andrés Eloy, este es el poeta Sotillo, desde hace tiempo me dice que él quiere versificar contigo, y quiero aprovechar esta oportunidad sin igual, ya que además estás rodeado de poetas, para que le brindes esa oportunidad tan deseada. Andrés Eloy se levantó y le dio ceremoniosamente la mano al poeta Sotillo, y lo invitó a sentarse. Entre las personas que acompañaban al poeta Sotillo estaba la bella pedagoga Francisca María Franceschi, y también le hicieron un sitio al lado de Andrés Eloy. Era un mágico momento y se produjo un largo y extraño silencio…

            Andrés Eloy se puso un dedo en la mejilla y levantó los ojos, de repente vio un cucarachero que revoloteaba entre las ramas, y dijo así: -bueno poeta voy a darle el pie…

Pajarillo, pajarillo, qué te pasa
                                    Por qué estás entristecido…

            Se produjo otro largo silencio. Todos expectantes. El poeta Sotillo estiró sus largas piernas, se acomodó el sombrero, luego se lo quitó y un mechón de pelo rebelde se desparramó sobre su amplia frente, luego sus ojos se iluminaron y dijo así:

                                    Pajarillo, pajarillo, que te pasa
                                    Por que estás entristecido,
                                    Será porque está culeco,
                                    Será porque no ha ponido…

            Los contertulios celebraron eufóricamente la salida del poeta Sotillo. Y luego de las risas, la bella Francisca María Franceschi, se dirigió al poeta, envolviéndolo con una encantadora sonrisa, con estas palabras –usted me ha piropeado y dice que soy bella, pues bien, hágame un poema. Andrés Eloy, se sonrió, se la quedó mirando, la recorrió toda, quedó satisfecho, murmuró unas palabras ininteligibles seguramente, y después en voz alta y sonora, le dijo –verdaderamente eres bella de cuerpo y alma… Coja la pluma y escriba:

                                    Alma mía, tú que vuelas
                                    Con cien alas de rosas
                                    Intactas, sin el vicio
                                    Del origen humano
                                    Eres una mariposa
                                    Que nació mariposa
                                    Sin pasar por gusano.


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No. 27.-

ANDRÉS ELOY BLANCO Y MARÍA RIVERO DE BADARACCO, MI MADRE


Mamá disfrutaba de una memoria extraordinaria, y además recitaba con mucha gracia. Se aprendía de memoria todos los poemas que le escribía papá y también la dio por aprenderse los poemas de Andrés Eloy Blanco, desde que en 1924 papá publicó en su bisemanario El Sucre, El Canto a España, poema con el cual, como todos sabemos, el gran poeta cumanés ganó en España el premio internacional de poesía castellana.  En ese año se celebraron en Cumana las fiestas del Centenario de la Batalla de Ayacucho, y por supuesto, vino el poeta a Cumaná, y se le tributo un recibimiento multitudinario, Cumaná llena de júbilo recibió a su amado poeta que tan alto puso el nombre de la cultura nacional, pero esa es otra historia.  Papá y Mamá ya era novios. Entonces mamá le dijo a papá: “Yo me sé de memoria todo el poema de Andrés Eloy Blanco”.  

El Presidente del Estado, General Juan Alberto Ramírez, invitó a una cena en su casa de familia, a la cual asistieron las personalidades y las delegaciones presentes en la ciudad, en esa época la casa quedaba donde está ahora el Restaurant El Colmao; por supuesto que papá, que era el periodista de moda y su compañero inseparable, el poeta Humberto Guevara, no podían faltar. Mamá se empeñó en ir, aunque a papá no le gustaba mucho la idea. Después de la cena y de saborear los esplendidos platos, salpicados con buenos vinos españoles y un plus café, buen brandi Carlos I, papá tomó la palabra, y le dijo al poeta: “María dice que se sabe de memoria tu poema Canto a España, y te lo quiere recitar”. Mamá inmediatamente, dijo que eso no era verdad. “Yo no he dicho que lo voy a recitar, son cosas de Marco Tulio”. Entonces tanto el poeta como el Presidente del Estado, y la complicidad de los asistentes; le rogaron a mamá que recitara el poema. Mama no tuvo más remedio que levantarse, tan bella como era, toda vestida de blanco, como un ángel magnífico, y con su voz cálida y penetrante, hizo reír y llorar al eximio poeta, que atinó decir finalmente, con su inconfundible acento: “Yo no me la sé”. Fue un momento mágico.  



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No. 28.-

CARLOS DASCOLI, BETANCOURT, Y ANDRES ELOY.

Era Presidente del Estado Sucre don Ángel Fariñas Salgado, en 1962, cuando nos visitó don Rómulo Betancourt, siendo aún Presidente de la Republica. En el Hotel Cumanagoto se le rindieron los honores correspondientes y como solía suceder y era costumbre, se brindó de todo en una esplendorosa fiesta. Estábamos sentados en una mesa, muy alegre por cierto, un grupo de cumaneses jóvenes y dicharacheros, entre los cuales estaban: el Ing. Francisco Gómez Sánchez y su esposa, Reinaldo Marín Quijada, Luis Ramón Rosque, las hermanas Bruzual: Remira, de la cual se enamoró don Rómulo,  y la Nena Bruzual; mi esposa Diana y este servidor, testigo presencial del evento; y, seguramente las carcajadas de las muchachas llamaron la atención de Don Rómulo, el cual nos invitó a pasar a la suite presidencial para departir un rato con nosotros, y escuchar opiniones. Por cierto, no permitió a nadie más en la suite.  La verdad, el rato fue tan agradable que el mismo Rómulo se molestaba cuando algún impertinente proponía la retirada, o mencionaba la hora; y más bien solicitó a uno de los miembros de su comitiva que salieran a buscar comida, para eso tenía a Carrasquelito, el cual complacía todas sus demandas, porque él no quería perderse este momento de relax, en su agotador programa. De todas las cosas que contó don Rómulo, recuerdo la anécdota del Dr. Carlos Dáscoli y Andrés Eloy. Nos contó que, al llegar a la presidencia de la República, tenía varios cumaneses, brillantes economistas, entre los cuales estaban José Antonio Mayobre y el Dr. Carlos Dáscoli, éste tenía el defecto de que, cuando tomaba la palabra, habia que tener mucha paciencia, y escucharlo durante varias horas. Don Rómulo envió a don Carlos, a darse una vuelta por el mundo para ver los sistemas económicos adecuados; es decir, estudiar los de países más adelantados;  y, en eso Carlos estuvo 60 días; cuando regresó, entró  en una reunión en la cual estaba el maestro Gallegos, y Andrés Eloy Blanco, el eximio poeta, además de otras importantes personalidades del momento, y,   don Carlos Dáscoli, recién llegado de Francia, después de visitar hasta la China y Rusia, y los países más importantes de Europa, donde fue muy bien recibido y atendido. Bueno…Don Carlos tomó la palabra a eso de las siete de la noche, y ya estaba tocando las campanas cerca de las 12 de la noche, y no paraba de contar, con los más mínimos detalles, todo cuanto habia aprovechado y sabía de aquel estupendo viaje; por fin, cerca de la una de la madrugada, llegó a la Guaira. Estaba sentado a su lado, al borde de la desesperación, el poeta Andrés Eloy Blanco, y ya creía que Don Carlos habia terminado, cuando de repente, don Carlos, viéndole los ojos encendidos al poeta, dijo: ¡A se me olvidaba…! Entonces el poeta Andrés Eloy, sacó un revólver y se lo puso en la frente a Don Carlos, y le dijo: con un alarido siniestro… ¡Si te devuelves te mato…!  




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No. 29.- 

DEL POETA   RAMÓN   SUÁREZ.


Humberto Guevara, el tercero en la jerarquía poética cumanesa y tal vez de Venezuela, en el decir del estudioso poeta, crítico y escritor, Ramón Ordaz, fue un hombre anecdótico, y todo mundo cuenta sus lances, sus ironías y pitorreos. Sin embargo, son pocos los que recuerdan a Ramón Suárez. Un negrito al estilo de Santos Barrios, de aguda inteligencia, un poco mordaz, pero a la usanza de aquellos días, de finos modales y total adecuación al medio cultural de su época.

            Hace pocos días lo recordaba el poeta y abogado Rafael José Gómez, en las crónicas que entrega al semanario Clarín, sustituto del Semanario, premio nacional de periodismo, por el esfuerzo creador de Carmelo Ríos, el cual revive todo el encanto de aquel en este nuevo modelo.

            Contaba mi padre que, en la segunda década del siglo XX, vino a Cumaná invitado por la Sociedad Patriótica Ayacucho, el poeta Otto de Sola, que tenía porte alemán, era un catire de elevada estatura, cabellera leonina, con un vozarrón que hacía temblar al público, y por supuesto no necesitaba micrófono. El poeta inspirado le entregó a nuestra sociedad un recital de antología en el Teatro González, todo mundo concurrió y lo aplaudió a rabiar, leyó sus textos de “La Civilización”, con acentuada voz, muchas veces encendida y apasionada, y otra murmurante, como cascada de agua tibia. Fue un éxito que se inscribió en los fastos de la historia.

            Luego del recital el poeta fue asediado por los periodistas, los principales entrevistadores de esa época eran Humberto Guevara y Marco Tulio Badaracco Bermúdez, mi padre, que por supuesto me contó esta anécdota. Además de los fablistanes se acercaron los intelectuales: Ramón David León, Los Aristeguieta, Los Berrizbeitia, los hermanos Ramos Sucre, que estaban en Cumaná, Dionisio López Orihuela, el Dr. Badaracco, el Dr. Ponce Córdova, Joaquín, Agustín y Eliso Silva Díaz, y pare usted de contar.

            Todo era cordialidad y risa, entonces De Sola, preguntó por el poeta Ramón Suárez, y agregó, -siempre leo sus poemas, me agradan porque tienen algo de mi estilo-. –Quisiera conocerlo, saludarlo y expresarle mis sentimientos- Se produjo un silencio cómplice y alguien dijo –espere poeta, que se lo voy a buscar- Al cabo de un rato, apareció Ramón Suárez, le abrieron paso entre la concurrencia; y allí estaba, menudito, sonriente, sus ojos brillaban de picardía, expresó con tímida voz –yo soy Ramón Suárez-. El poeta De Sola tronó- ¡Usted es Ramón Suárez! –Sí, yo soy-, y regocijado, agregó- ¿Usted creyó que iba a ver un catirote, no es verdad?

            Todos celebraron aquel encuentro. De Sola abrazó a Ramón Suárez, y luego recitó dos de sus bellos sonetos.

            Entonces, Humberto Guevara, en tono jocoso dijo: Los sonetos de Ramón Suárez, la copia de Lope de Vega.  Ramón Suárez no se quedó atrás y le ripostó, -y sí tú sigues con tus pitorreos, vas a escribir detrás de las rejas… Ellos continuaron entre dimes y diretes y Humberto terminó la fiesta con estas décimas, pesadas, pero entre poetas toda pasa.


                                    Con tu peinado a lo eterno
                                    Y tu color azabache
                                    Te pareces a un remache
                                    De las pailas del infierno



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DEL DR. DOMINGO BADARACCO BERMÚDEZ.

 
Mi tío Domingo, contaba que a principios del siglo pasado había un cartero al que llamaban cariñosamente Corderito, el cual estaba muy familiarizado con las recetas de nuestros médicos, tenía gran habilidad y muy buena memoria para recordar las recetas de los galenos, que en aquella época eran bastante complicadas, además de conocer todas las hierbas, brebajes y sus propiedades, tal vez herencia de sus antepasados piachas. Pues bien, el Dr. Badaracco, que acostumbraba visitar a los enfermos todos los días, sobre todo en las emergencias de las pestes endémicas, salía muy temprano en su quitrín, que era un coche de un solo caballo, llegaba a las casas de sus pacientes, saludaba desde la puerta como se acostumbraba en aquellos tiempos, en que las puertas se abrían hacia afuera y no se cerraban casi nunca. El gritaba: ¡Buenos días!  Pasaba a la sala, y antes de tratar al enfermo preguntaba invariablemente: “¿Ya pasó por aquí Corderito?”, casi siempre le respondían que si.  Luego preguntaba: ¿Vio al enfermo?  ¡Si! ¿Y que recetó?  Los familiares del enfermo lo enteraban de todos los pormenores de la enfermedad y del tratamiento de Corderito; y el Dr. Badaracco, reconociendo las bondades de lo ordenado, aconsejaba... ¡Muy bien, continúen ese tratamiento! ¡Pero… además! ...les voy a dar estas recomendaciones y esta otra receta complementaria, para reforzar el tratamiento.  Jamás rechazaba, ni dudaba de las sabias indicaciones del bondadoso empírico.



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No. 31.-

OTRA DEL DR. DOMINGO BADARACCO Y EL MAESTRO SILVERITO


En 1924 se publicó en el bisemanario “SUCRE” “El Canto a España” de Andrés Eloy Blanco, que como se sabe fue la poesía ganadora en el concurso internacional patrocinado por la Real Academia de la lengua española. En esos tiempos casi todos los poetas cumaneses eran “Modernistas” seducidos por la escuela rubendariana, y por supuesto su mentor principal era el Maestro Silverio González Varela. Contaba Papá, que, al día siguiente de la publicación, entró a la casa de los Badaracco, el maestro Silverito, como lo llamaban cariñosamente, con el periódico bajo el brazo, dando muestras de estar muy disgustado, a tomar el cafecito preparado por Teodora, la hermana del Dr., Badaracco; y preguntó: ¡Dónde está Domingo!”, ella le respondió: ¡Donde va a estar, Silverio... en su cuarto! Silverito entró a la habitación. Domingo estaba viendo a un paciente. Silverito lo saludó con la cortesía habitual, y poniendo el periódico sobre la mesa, abierto en la página donde estaba publicado el poema, de Andrés Eloy, tapando los elementos quirúrgicos del galeno, espetó: ¡Domingo, si eso es poesía, yo no aprendí nada con mis maestros!”. Domingo calmadamente retiró el periódico, y le replicó: “¡Silverio...! ¡Claro que eso es poesía...! Ya la leí, es poesía, y premiada por los maestros en España. Nosotros creemos que solo es poesía lo que nos dicta el Modernismo, pero esa es la Vanguardia, que está de moda. Acostúmbrate, que la verás muy frecuentemente de ahora en adelante”.  Silverio muy disgustado, le replicó: “Si tu lo dices, y eres el que enseña a escribir, no se como vas a hacer”. Domingo, pausadamente, respondió: “Ya encontraré la forma de explicarlo. Así como pasamos del Clasicismo al Parnasianismo, pasaremos del Modernismo al Vanguardismo. No te atormentes por eso”. Pero el maestro quedó inconforme y se fue disgustado.   



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 DEL MAESTRO SILVERIO GONZALEZ VARELA


Entre los alumnos tremendos del maestro Silverito estaba Antonio José Silva, personaje de la política muy conocido de principios del siglo pasado que luego fue Presidente del Estado Sucre.

 Un buen día el maestro iba para su casa frente a la plaza Ribero, pasaba frente a la casa de Don Andrés Bruzual, y Antonio José estaba recostado en la pared fumándose un largo guácharo de la tabaquería Ayacucho, aparentemente descuidado; con un pie sobre el pretil, una mano en la cadera y sus lentes oscuros caídos sobre la nariz, mirando por el rabito de los ojos, cuando vio venir al maestro Silverito, impecablemente vestido de levita, pumpá y bastón con empuñadura de plata. Al acercarse el maestro, Antonio José, con una sonrisa que lo delataba, le cedió el paso con esmeradas muestras de cortesía… ¡Pase Ud. maestro!... Silverito se revolvió como picado de culebra y le propinó un bastonazo que lo echó a la calle; y reprendiéndolo le dijo: ¿Usted cree que soy tonto, un anciano, para que me ceda el paso con tanto aspaviento? Aun le puedo enseñar cortesía… Necio… Antonio José desde el suelo, donde había caído, atinó decir… Pero…maestro…Usted nos enseñó que siempre les cediéramos el paso a los mayores... No hubo caso, el maestro siguió su camino sin tomar en consideración sus alegatos. Varios días después se presentó la misma situación; y cuando el maestro pasó por delante de él, Antonio José se quedó como si nada, fumando su cigarro emboquillado, con su pie sobre la pared, y lo que es peor le echó humo en la cara al Maestro. Antonio José no se lo esperaba, pero el maestro le arreó otro bastonazo y espetó… “Sepa jovencito, que estas cosas las comentaré con su padre, que es un hombre de bien” … Me parece que Ud., no aprende nada, o no asistió a mis clases de Educación Cívica… Acaso no le enseñé, entro otras cosas, a cederles el paso a sus mayores… ¡Estúpido!... Antonio José, desde el suelo donde cayó otra vez, no atinaba decir    J ni salir de su sombro… Balbuceaba… “Usted dijo hace pocos días… ¡Cállese, ignorante, igualado, que le puedo dar otro bastonazo!… Aprenda educación… Usted va a ser un vago… presuntuoso…Pasaron otros días más y se presentó nuevamente la misma situación… Antonio José tenía que hacer algo y rápido… Se separó de la acera, tiró el cigarro, y en cuanto el maestro estuvo cerca… le gritó:   Maestro…agáchese que lo voy a brincar…

Nota. - El maestro Silverio González Varela, responsable de nuestra generación de oro, fue rector del Colegio Nacional de Cumaná desde 1886 hasta su muerte en 1938.

 Antonio José fue un personaje de la política, estuvo encargado de la Presidencia del Estado Sucre.




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No. 33.-

OTRA DEL MAESTRO SILVERIO CONTADA POR DIEGO CÓRDOBA


En un cumpleaños de don Silverito ocurriósele a mi tía Ángela, que fue mujer generosísima y buena repostera doméstica, enviarle de regalo y en mi nombre un “papo de la Reina” delicioso y suculento pastel almibarado y muy cumanés, hecho por sus manos. Al día siguiente de aquel regalo, como yo me equivocase al conjugar un verbo en la clase de latín, mi maestro, irritadísimo me increpó con más o menos estas frases: “No creas, imbécil, que por que ayer me enviaste un presente voy a aceptar tus estupideces. Estudia o te repruebo. A mí no se me compra con “papos de Reina” … Un poco más tarde. Don Silverito, ya reposado y paseándose, chaparro en mano por el patio del colegio como era su costumbre, bromeó cariñosamente conmigo: “el regalo estaba muy sabroso”, pero confieso que aquella ofensa en presencia de mis compañeros de banca no he podido olvidarla, tal vez porque heridas como esas, recibidas en la mocedad sensitiva, no cicatrizan por completo.        




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No. 34.-

OTRA DEL MAESTRO
CONTADA TAMBIÉN POR DIEGO CORDOVA


El otro episodio que reconstruyo porque tampoco he podido olvidarlo, desarrollase en uno de los tibios y dorados atardeceres de mi ciudad natal, cerca del colegio de don José Silverio Córdoba. Yo tendría 17 años y regresaba a mi casa, muy orondo, en la mano un ejemplar de “El Oriflama”, periodiquillo que había fundado y dirigía con mi entrañable coterráneo y amigo el poeta Agustín Silva Díaz y donde acababan de aparecer unos versos míos.  Encontrábame ofendido por las calabazas que me había dado mi primera novia, una bella quinceañera, hoy dama fundadora de honorable hogar, y en dichos versos, vehementes, lúbricos y, desde luego, vulgares, entre otros denuestos románticos contra ella la comparaba nada menos que con Mesalina. De pronto escuché a mis espaldas una voz grave que me llamaba por mi nombre.  Era la voz rectora de Don José Silverio Córdoba. Entra hijo conmigo a mi casa –Díjome paternalmente- quiero hablarte.

Ya sentado frete al él, el maestro me aconsejó:
He leído tus versos. No sé a qué señorita los dedicas, pero lo cierto es que en ellos la ofendes en su honor.
Me sentí sorprendido, mientras don José Silverio alargaba su reproche.
Desde joven el hombre debe aprender a respetar a la sociedad en que vive y sobre todo a las damas.
En nuestra Cumaná, pueblo pequeño, donde todos nos conocemos, esos versos tuyos son escandalosos, indignos de un joven como tú. Si eres poeta por ese camino que tomas puedes llegar a ser mal ciudadano.  
Quedé en silencio, sudorosamente avergonzado. El fino maestro lo advirtió en seguida y, dorándome su sermón, terminó: Cuando tú leas la vida de Sucre te enterarás de que no fue afortunado en su matrimonio. Casose con una linda marquesa y ésta le fue desleal. Sin embargo, con todo y haber sido el Gran Mariscal de Ayacucho, Sucre nunca expresó una queja pública contra la esposa, porque antes que todo el hombre de bien debe ser caballero- Inolvidable lección.  




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DE MANUEL BADARACCO ROJAS -TITO LICO. 

Mi tío abuelo Manuel Badaracco Rojas, más conocido como Tito Lico, era un ser amado por el pueblo de casi todo el Estado Sucre, donde repartía su bondad y sus anécdotas.

Contaba Papá que por las tardes se reunían en la puerta de la casa de mi familia en San Francisco, muchos jóvenes admiradores del tío, para escuchar sus historias: Una de esas veces contó Tito Lico, una de sus aventuras de cacería, dijo así: 

“Un día me fui para la otra costa a cazar venados, por los cerros “Brasil”,  iba muy bien preparado, llevaba una escopeta 12, agua, comida y un ramo de cotoperies  maduros y jugosos, que me gustaban mucho; entré por Chiguana, por el paso de Espín, el único sitio que aun usa las señales de humo; caminé y caminé  hacia las montañas que llaman del Brasil, llegué a los humedales del pie de monte, buscando un pozo de los que llaman Jagüey; pasé muchas horas aguardando frente a ese pozo, muy bien camuflado con ramas de guayacán, de los que aún quedaban de los tempos coloniales, que se los llevaban todos; cuando se presentó un venado macho, yo nunca maté una hembra,  un ejemplar muy hermoso, de gran tamaño,  con una magnifica cornamenta; el animal no se dio cuenta del mogote que se movía frente a él, y que pacientemente lo acechaba.

El resto de la anécdota el cuento yo.                                  

Cuando Tito Lico fue a disparar se encontró que no tenia municiones, se le habían quedado en el bote; entonces, para no perder la ocasión que se le presentaba, atacó la escopeta con semillas de Cotoperí.   Tito Lico, sin mucha convicción, lo apuntó a placer sobre la cruz de la frente y disparó, seguro de acertar, vio al noble animal, dar un salto y caer, ni se preocupó en ir a buscarlo, estaba seguro de que aquel animal era suyo; se desbrozó de las ramas de Guayacán, y cuando se le antojó, fue seguro a buscar su ejemplar. Llegó al sitio, lo buscó, siguió el rastro y se dio cuenta de que el animal, aunque estaba herido se había perdido en el boscaje.  Unos tres o cuatro años, o tal vez más, volvió al mismo sitio del suceso, sin embargo, le pareció que algo había cambiado, pues había un frondoso Cotoperí cerca del jagüey, que además estaba cargado de ubérrimos racimos de frutos. Como pudo se trepó en el árbol, y se sentó plácidamente en una de sus ramas a disfrutar de aquellas maravillas, que sabían a las uvas moscatel de Cumaná de las cepas de Málaga; cuando de pronto sintió que el árbol salió corriendo hacia el boscaje. Tito Lico, rápido y ágil saltó a tierra, se apartó, del peligroso embate de las ramas, y se quedó mirando como aquel árbol se perdía en la espesura. Era, indudablemente, decía Tito Lico, el mismo venado al que le había disparado años antes. Le había crecido la mata en la cabeza. Era un verdadero milagro; seguro que, en Cumaná, van decir que es otro embuste de Tito Lico.  Así terminaba siempre sus anécdotas.


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 SEGUNDA DE TITO LICO.

En otra de sus cacerías, por los lados de Tunantar; muy temprano arregló su burro zaino, cogió una escopeta Winchester 16, cargó su bota con un buen vino Valdepeñas, tintorro español embotellado en Cumaná por su hermano, mi abuelo Ramón, catador oficial de mostos y vinos importados; 100 cargas de munición y demás macundales; y se fue a disparar guaramas bajo las matas de dividivi de Tunantar; contaba Tito Lico, que eran tantas, que en un solo disparo podían caer hasta 300 guaramas. Así es que las recogía y las amarraba en el arnés del burro. Como a las dos horas de cacería, tendría como cinco mil guaramas, se cansó de recogerlas, se montó en su burro y ya iba de regreso para Cumaná, cuando se sintió suspendido en el aire; las `palomas habían revivido, y salieron volando con el burro y su jinete, Tito Lico, por supuesto. Todo mundo se alborotó por esas playas, viendo el espectáculo del burro suspendido en el aire, con Tito Lico que no se daba cuenta de lo que pasaba. Se salvó milagrosamente, dijo él, porque volaban bajito sobre el golfo; y, como pudo, se lanzó de cabeza, y nadando más de dos horas llegó hasta las playas de Cumaná, por los lados del Peñón, donde lo esperaban Teodorita y Carmelita, sus hermanas, que dicen que lo vieron cuando se lanzó al agua; y mucha gente de Cumaná, que vinieron expresamente en diversos vehículos, para enterarse de lo que pasaba, tanto era el escándalo. Tito Lico se atusaba el bigote y se reía socarronamente.     



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No. 37.-

TERCERA DE TITO LICO


En otra oportunidad, Tito Lico, muy de madrugada salió de la casona de San Francisco, montando su mula zaina, subió por el Sanjón que atraviesa la chara de los Zabala, hoy calle Parejo; siguió por el camino antiguo que sube Cerro La Línea, hasta alcanzar “Bajo Seco” y la vieja salida hacia la Cruz del Maguellar y los fértiles valles de   Cumanacoa, antiguo camino de los españoles; y por  ese camino continuó su viaje hasta Gamero;  fue a cazar conejos por la zona de esos Ipures; se metió por las lagunas de Puerto de La Madera y la chara de los Blondell. Allí almorzó, como a las dos de la tarde, con su amigo de cacería, Antonio de La Cruz Blondell, dueño de la chara, y cacique de la zona de Gamero; por cierto, que ese día la mujer de Antonio, Liduvina, había preparado Conejo al Salmorejo, y le dio el toque de gracia con vino de Valdepeñas y mucho chirero del que llaman pinguita de perro, que con mucho placer le obsequió Tito Lico.
 
Luego del suculento almuerzo, que Tito Lico repitió como tres veces, porque, aunque era muy flaco tenia buen diente, acompañado con arepas peladas de maíz pilado con plátano, y buen vino, como se acostumbraba en esos tiempos; a él lo malcriaban porque era muy dadivoso; le acomodaron un chinchorro de moriche en la horconadura de la casa; llevaron la mula al abrevadero, y entre chistes, chismes y anécdotas, los dos amigos durmieron como los ángeles.  Bien entrada la tarde, a eso de la cinco, se fueron a bañar al río en familia; Tito Lico decía que ese baño fue toda una fiesta, las pozas estaban llenas; agua cristalina y fresca, lo ayudaron a reponer  sus fuerzas; en la madrugada saldría a cazar conejos, y pensaba traer unos 100  ejemplares, a él le complacía sobremanera  llegar a Cumaná y repartir entre sus amigos y familiares esas piezas de cacería, y luego visitarlos para disfrutar las distintas formas de arte culinario que usaban las mejores cocineras  de la ciudad.

Salieron en sus mulas los dos amigos, a eso de las cinco de la madrugada, se internaron por las montañas, bañados del rocío de los bucares, cedros milenarios y apamatos, y en un punto predeterminado se separaron para evitar herirse, cada uno por su propio derrotero; de vez en cuando se escuchaban los tiros de las escopetas, pero se distanciaron mucho, total que Tito Lico se perdió en las montañas. Caminó y caminó, bajando entre riscos y ajetreos, con su carga de conejos, hacia el río; buscó refugio en las laderas del río y las matas de mango; cansado se recostó de un árbol y se quedó dormido. Entonces, cuenta Tito Lico, que soñó, que unos duendecillos del bosque, lo habían cargado y llevado a un prado donde había una patilla gigante, inmensa, como una casa; entonces los duendecillos lo metieron dentro y desaparecieron. Cuando se despertó, después de muchas horas, Tito Lico, en realidad, estaba dentro de una patilla gigante. Se restregó los ojos, se pellizcó, cogió su cuchillo y cortó un pedazo de patilla y se lo comió; se dio cuenta de que no estaba soñando. Salió de la patilla, la miró, le dio la vuelta, la tocó, la midió con los ojos, se dijo: “Esto no me lo creerá nadie... Mejor no digo nada en Cumaná, pero se lo contaré a mi compadre, para ver que dice” ... Y ya era de día, había dormido mucho. Cogió sus conejos y caminó hacia el río, luego siguió por la orilla, corriente abajo, hasta que llegó a la casa de su compadre.  
Antonio de La Cruz, le preguntó: ¿Que le pasó compadre?  Usted se me perdió, no pude orientarme, ni los fogonazos escuché. Tito Lico le contó la extraña historia que le había ocurrido. Y Antonio de La Cruz, le dijo: ¡Usted siempre con sus cuentos, Compadre! Por ahí no hay ninguna patilla gigante. Todo eso lo soñó usted.  ¡Tal vez!, fue la escueta respuesta de Tito Lico. Se despidió, Recogió sus conejos y vino a repartirlos a Cumaná. Pero nunca contó esta historia. Quedó en familia. 





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No. 38

CUARTA DE TITO LICO.


Tito Lico, muy temprano como acostumbraba, salía en su mula zaina, y se iba de cacería a Puntergá, en las lagunas del Peñón. Allí acostumbraba cazar garzones, patos canadienses y guaramas palomas, y de vez en cuando les tiraba a las cotúas, porque en el Peñón tenía un amigo al que llamaban Maneto, que las preparaba guisadas con vino tinto de el que siempre llevaba en su bota cordobesa.  Pero ese día se le ocurrió matar muchas cotúas, de un solo tiro, y para eso, le dijo a Maneto que le buscara un rollo de hilo muy fino, y por supuesto Maneto le trajo un royo de hilo de huevito fino y fuerte, y con mucha curiosidad le pregunto: Lico, ¿que vas a hacer tú con este rollo de hilo?  
Ya vas a ver Maneto, es un experimento. Tu te has fijado que las cotúas vienen en fila india hacia Puntergá, le voy a amarrar el hijo a este trozo de plomo y les dispararé de frente, ya veras lo que sucede.
¡Carás Lico, tu si tienes bolas!... Pero bueno, “amanecerá y veremos”.
Como a las siete de la mañana, ya Tito Lico estaba preparado en una mata de mangle tomando puntería, el sabía de memoria por donde venían las cotúas. Maneto no dejaba de verlo, y se decía: “este Lico esta tostao”. Sin embargo, cuando se presentaron las cotúas en fila india, y Lico calculó exactamente el disparo; Maneto estaba entusiasmado. Tal como lo pensó Lico, sucedió. La bala arrastró el hilo, entró la bala y el hilo por la boca de la primera cotúa, y siguió hasta la última, eran como 30, y Lico rápidamente agarró el carrete de hilo de huevito, se lanzó al agua, buscó la última cotúa, la cogió, le sacó la bala con el hilo y la amarró, con el cabo del carrete formando un solo racimo, y con la ayuda de Maneto, lo arrastró hasta la playa, luego Maneto trajo la zaina, y montaron su carga de 30 cotúas, que habían quedado muertas y perfectamente empaquetadas. Maneto, saltaba de alegría, no podía creerlo, y le confesó a su amigo Lico, que el creía que estaba loco y si no lo hubiera visto, ni que se lo contara el padre Arteaga, se lo creería. La noticia corrió como pólvora en el Peñón, y todos los peñoneros salieron a celebrar la hazaña de Tito Lico.




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No. 39.-

DE PIO BADARACCO ROJAS.


 A quien llamaban, en familia, Tito Pío. Estas anécdotas familiares las contaba Papá, Marco Tulio Badaracco Bermúdez. Tito Pío comenzó a dar muestras de estar mal del coco en Cumanacoa, donde administraba un almacén de la familia. Al parecer, eso lo denunció uno de los clientes, que fue a comprar una pieza a de tela fina, y cuando le preguntó a Tito Pío, cuanto costaba, le dijo que Diez Mil Bolívares, el cliente le replicó: ¡Caramba Tito Pío, eso no es posible, ni una casa cuesta tanto dinero, y el tío, y que le respondió: “¡Y tú la vas a pagar, pendejo! Tito Pío regaló casi toda la existencia del almacén.

            La familia preocupada se lo trajo para Cumaná, para que lo viera el Dr. Badaracco. Aquí en la casa lo atendieron muy bien, sobre todo Teodorita y Flor María,  y mejoró mucho; pero pasados algunos meses comenzó decir que tenia un gallo en la garganta, se levantaba muy temprano y llamaba  a sus hermanas Teodorita y a Flor María, que eran mimosas con él, y les decía que el gallo lo despertaba y no lo dejaba dormir; todos en la casa, comenzaron a preocuparse; Domingo el sabio médico, más bueno que el pan, lo examinó, lo encontró bastante bien, tal como se veía,  y dijo que  “tal vez con un purgante se le pasará la culequera, tiene lombrices. Son muy peligrosas, sentenció; y, hay casos en los cuales se le meten en el cerebro al que se descuida”; por supuesto, Teodora no perdió tiempo,  le dio su purgante de Castor; y  ciertamente  Tito Pío evacuó tantas lombrices, que todos dijeron: ¡Ya esta, ese era el mal, ahora hay que esperar una mejoría”; y, en efecto, así fue, durante un tiempo Tito Pío se sintió bien, el mismo creyó que el gallo había desaparecido, y   participaba, con la alegría de siempre en los eventos familiares;  pero de repente, cuado mejor estaba volvió con el asunto del gallo, y ésta vez en forma mas alarmante, pues se quejaba de u continuo dolor de cabeza; y cogía un palo y se caía a golpes, para acallar el gallo que tenía en la garganta, se metía en el río y pasaba minutos bajo el agua, para ver si el gallo se iba, le decía Teodorita que le gritara e el oído para espantarlo; era desesperante, pasaba las noches en vela recorriendo los largos corredores como alma en pena; y mi Papá que lo quería tanto lo mimaba, lo sacaba a pasear, lo llevaba a la chara, aprovechando  que a Tito Pío le gustaba la cacería de palomas; pero de nada valía.
Papá se dio cuenta de que nada de eso era suficiente, tenía una idea luminosa, llegó a la casa y se puso de acuerdo con Flor María. Flor tenemos que operar a Tito Pío, habla con domingo y convéncelo, creo que esa es la salvación de nuestro querido tío.  Pero Marco, ¿Cómo lo vamos a operar?, de eso se encarga Domingo, el es el médico. Fíjate bien..., cogemos un gallo, lo matamos, lo empapamos en sangre, lo colocamos en una bandeja, y convencemos al tío, de que se lo sacamos. Habla con Domingo, si está de acuerdo, él verá como se hace, él sabe, esa es la única forma de salvarlo. Flor habló con su hermano y este le dijo: Yo estoy dispuesto a probar lo que sea, y si ese muchacho, tuvo esa idea, puede ser buena, vamos a hacerlo, pero como Tito Pío, solo hace lo que le dice Marco Tulio, pues que se encargue de convencerlo. Yo estoy dispuesto y tengo todo para hacerlo.
Inmediatamente Marco Tulio fue a hablar con su tío, y le dijo: Tito Pío, escúchame con atención, hablamos con Domingo sobre tu caso, él dice que tú no puedes seguir con ese gallo en la garganta; que eso es de operación, pero que es muy sencilla y no te dolerá, solo te hará un corte de unos diez o quince centímetros en el cuello y por allí te sacará ese gallo; pero tiene que ser lo más pronto posible, porque ahora ese es un gallo pequeño, pero puede crecer mucho y será muy difícil sacarlo.  “¡Y cuando me lo va a sacar!”, fue la rápida respuesta del tío.  Marco Tulio se quedó estupefacto; y balbuceó: Bueno se lo preguntaré. Marco Tulio, Flor y domingo, se pusieron de acuerdo. Hablaron y acordaron guardar el secreto, porque de saberlo el resto de la familia hubiese ardido Troya.  Lo harían en la madrugada, Marco Tulio buscaría unas luces de carburo y la operación la harían en el cuarto del fondo de la casa, donde nadie iba a esas horas, porque había fantasmas. Prepararon una cama alta, donde domingo pudiese trabajar sin problemas; como tenía su instrumental de médico cirujano, no la faltó nada. Marco Tulio llevó a Tito Pío, que lucía muy sereno. Domingo procedió con la anestesia, y enseguida con su bisturí le hizo un corte perfecto de quince centímetros en el cuello, desde el lóbulo de la oreja derecha hasta la glotis, la ensanchó con los dedos, y luego procedió a cocerla. Entre tanto Flor María mató un gallo pequeño que le trajeron de la chara, lo empapó en la sangre del mismo gallo, y lo colocó en una bandeja, en una mesita puesta de propósito frente al paciente, de tal suerte que cuando Tito Pío se despertara lo viera y conjuntamente con la herida en el cuello no tuviese dudas de que había sido operado y que ciertamente le habían sacado el gallo, y así fue. Solo balbució, bajo los efectos de la anestesia: “Se los dije”, y volvió a dormirse. Lo cierto es que, durante diez años, Tito Pío, lució cuerdo, y solo se sobresaltaba cuando los amigos le recordaban lo del gallo, porque nadie sabía en Cumaná, que había sido operado, nada menos que por el Dr. Badaracco, ya que el secreto quedó muy bien guardado. Pero, como todo tiene su pero, su1cedió que Flor María creció en edad y hermosura, y a veces, por la noche se quedaba con sus amigas y amigos,  llegaba tarde a la casa, y Tito Pío, que la quería mucho, le disgustaba, la recriminaba, y Flor María siempre peleado con él; en un de esos atraques, Tito Pío la llamó puta y desgraciada, y ésta le respondió:  “y tú que no eres mas que un loco, que te inventaste un gallo, y  yo, estúpida de mi,  fui la que inventó  que simuláramos una operación para que se te pasara la locura, estúpido, entrometido, tu no eres mi Papá, tu no sirves para nada, etc., etc. El pobre Tito Pío, nunca más reaccionó ante el descubrimiento de la farsa, y murió con su gallo en el cuello.

Nota. Debo advertir que estas anécdotas de Tito Lico y Tito Pío, son del siglo XIX, y son originales, los que las han copiado son posteriores. En Venezuela se las han adaptado a otros personajes, inclusive en Cumaná.  


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No. 40.-

DE DOÑA JUANA SERPA.

De la memoria oral.
 

En el fragor de las luchas partidistas del año 1946, en la plaza Roja, fabricaron un judas para quemarlo en Semana Santa, rubricado con una boina marrón. Los urredistas, que eran mayoría en Cumaná, montaron una sanpablera, alegando que era   una burla contra el maestro Jóvito Villalba. Se reunió rápidamente el Estado Mayor del partido con el Dr. Arquímedes Fuentes a la cabeza, y obligaron a Juana Serpa, que era la organizadora del evento, a quitarle la boina marrón al Judas. Doña Juana accedió y la cambió por una roja, que era la única que tenía, y sin mala intención, por supuesto.  Pero el chisme se lo llevaron a Federico Rondón, jefe indiscutido de la Plaza Roja, el cual, montando en cólera, dijo ¡esa vaina no!   Formó una brigada con banderas rojas, tambores, y gran alharaca, y se fueron a la casa de Juana Serpa y la obligaron a quitarle la boina roja al Judas. Juana no tuvo más remedio que hacer lo que le pedían por la fuerza, además, ella no tenia mala intención, pero los acontecimientos se escapaban de sus manos.   Mandó, sin pensarlo, que le pusieran una pañoleta blanca al Judas. Allí mismo ardió Troya. Los canarios, que nunca faltan, corrieron con el chisme a la casa de Eulogito González Maneiro, este fue a buscar a Moisés Blanco y a Celestino Córdova, y los tres, llenos de santa indignación como jefes del partido y del poder, fueron a buscar al Dr. Simón Gómez Malaret, Presidente del Estado. Y vino éste a la Plaza, dio un discurso en contra de los copeyanos, creyendo que Juana era de esa divisa. Dijo que eran los mantuanos que siempre se habían aprovechado del poder; y además que no podían reclamar, porque eran una minoría absoluta. Al final el orador propuso que le cambiaran la pañoleta blanca por una verde, que era lo mejor para la democracia y así se desmarcaban de la oligarquía cumanesa. Así quedaban las cosas, pe buscaron una pañoleta verde y como no la había, la hicieron de papel y el Judas quedó hecho una birria.  Juana dijo que ella no lo quería ver porque ya eso era un mamarracho., pero todo aquí es político.

            Cuando todo parecía resuelto y cada quien se iba para su cuartel general, se presentó en la plaza nada menos que monseñor Jesús María Pibernat, párroco de la iglesia de Altagracia, que había sido avisado de aquel atropello a la dignidad de su amigo Rafael Caldera, y venía a ver lo que pasaba con sus propios ojos.  Una vez enterado de todo lo ocurrido, y la intervención del gobernador, Monseñor, con sal y pimienta, les mandó decir a los dirigentes políticos, y a los organizadores de la “Quema de Judas”, que, si no le quitaban el papelucho verde al Judas, no cantaría “El Gloria” en la misa de Altagracia; y así fue, Pibernat detuvo la misa hasta que le informaron que le habían quitado el papelucho verde al Judas. Dicen que luego de la misa el prelado dijo: ¡Esos sinvergüenzas estaban pensando que en este pueblo nadie defendería los colores el Dr. Caldera!    


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No. 41.-

DE DON MARIO CASTRO.

Don Mario no se graduó de abogado, sin embargo, fue en su tiempo uno de los mejores litigantes que hemos tenido. En los periódicos de Cumaná se publicaron muchos de sus escritos y comentarios jurídicos. Cuando don Alejandro Villanueva, Juez de instancia en esta ciudad, se iba de vacaciones, quedaba siempre a cargo del Tribunal el anecdótico don Mario Castro, y siempre pasaban cosas curiosas.
En las cercanías de la plaza Bermúdez vivía por esos tiempos una mujer muy bien dotada por la sabia naturaleza a quien todos llamaban cariñosamente Barbarita. Cierta vez un oficial de la policía tuvo un altercado con la bella damita y esta sin más reparos, le volvió la espalda y se levantó la falda dejando al descubierto todos sus atributos ante los ojos asombrados del ofendido oficial. El agraviado se presentó al tribunal e interpuso la correspondiente denuncia ante   Don Mario. Este abrió la averiguación y mando citar a Barbarita, la puso en autos, y en tono conciliador la reconvino por su falta a la decencia pública.  Barbarita sin inmutarse le respondió: “¡Gua! No faltaba más... Me parece que un caballero no debe ver ni decir esas cosas, simplemente me agaché a recoger a mi perrito, que es muy chiquito, y el oficial vio lo que no debía”. ¡Aja! Buena defensa... Comentó Don Mario; y con la sabiduría que lo caracterizaba, agregó: “Menos mal, Barbarita, que el perrito va a crecer y el oficial no volverá a ver... eso... (Esta última palabra la pronunció acompañada de un gesto despectivo de los labios). Y sentenció: Vamos a dejar esto así por esta vez. 


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No. 42.-

DEL DR. GERMAN GUAIMARE. 


El Dr. Germán Guaimare, fue uno de nuestros mejores abogados litigantes, y por su carácter festivo se ganó la simpatía de todo mundo en esta su ciudad natal. Ya sus padres y hermanos se habían encargado de colocar ese apellido en un buen lugar en el aprecio del colectivo, pero vamos a la anécdota.

Germán acostumbraba tomar su cafecito tempranero en “El Consulado”, la famosa cafetería del gallego Arturo Prego; llegaba muy temprano todos los días, entre 7 y 8 de la mañana al “chismebar” del gallego, donde se reunía con el odontólogo Felipe Valerio, el médico Daniel Vásquez, el laboratorista Armando Correa, el abogado Claudio Figuera, el abogado y escritor Jesús Torres Rivero, y otros; a tomar su cafecito y oír los chismes y el cotilleo del gallego.

En una de esas sesiones interminables, recuerdo que Germán se achacó una vieja anécdota, que no por conocida desmerece; y la contó así:

“Una vez llegué a un bar en ciudad de México, y me encontré con unos amigos que me invitaron a sentarme en su mesa, donde paladeaban buenos tequilas guasqueños. En la barra había un mexicano grandote, parecido a Luis Aguilar, vestido de charro, con un sombrerote ranchero que sostenía entre las manos y lo apretaba como suelen hacerlo en sus películas.

El tipo, desde que llegó, no me quitó la vista de encima, me miraba y me miraba y sonreía, hasta que exploté, no lo soportaba más, y le dije: “¡Oiga amigo...!  ¿Qué le pasa a usted, por qué me mira así, se le perdió uno parecido o le debo algo? El hombre con la misma sonrisa en la comisura de los labios, me respondió pausadamente sin dejar de mirarme: “Pos no.… pero si... Lo estoy mirando... Mire... usted es venezolano... Yo conozco varios venezolanos... Allí mismo, donde esta usted sentado, estuvo Andrés Eloy, el poeta, que era bien feo... y, Luis Beltrán Prieto, el maestro, que era más feo...  -El mexicano iba a continuar con esa letanía, y lo atajé, le dije un poco alterado: “¡Bueno, Bueno!  ¿Y que tiene eso que ver conmigo? ... Pos mucho... -me respondió el mexicano...

  “¡Es que usted abusa… sabe!”
 
Se atusó el bigote, dio media vuelta y calmadamente se tomó su tequila.  No tuvimos más remedio que reírnos de la ocurrencia, y comentar: “Ese es el sentido del humor del mexicano”.                                                          


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No. 43.-  

Del Dr. Villalba y el Dr. Berrizbeitia.


            El Dr. Miguel Eduardo Berrizbeitia, fue durante muchos años, Juez de Primera Instancia en lo Penal de Cumaná. Todos sabemos la calidad humana de este eminente ciudadano, cuyo pasatiempo favorito son los pájaros.   Sin embargo, a la hora de sentenciar no se le ablandaba el corazón y aplicaba la ley, como el Mariscal Sucre. Había un sujeto, por los lados de Cantarrana, que se apellidaba Fuentes y él le agregaba “El Fuerte”, Fuentes el Fuerte era hombre de muchas y muy malas pulgas.  Se contaba de él, que una vez mató a un policía de un puñetazo, y se escondió por esas montañas de Pantanillo y el Imposible, donde nadie pudo encontrarlo en 20 años.   Pero un buen día cayó en manos de la justicia, y le tocó sentenciar al Dr. Berrizbeitia. Se le acusaba de haber violado a una niña y encima, matar al padre de la niña. El juicio fue muy comentado, y al Dr. Berrizbeitia le llegaron a tocar la puerta algunos padrinos que inclusive lo amenazaron; pero bueno, llegada la hora de la sentencia, el Dr. Berrizbeitia condenó al tal Fuentes el Fuerte a 15 años de cárcel.  El hombre se puso rojo de ira, y le dijo al Dr. Berrizbeitia: “mire doctorcito, yo salgo algún día de ésta, y si me he muerto en la cárcel, usted me la paga, aunque sea en el infierno”.
El Dr. Berrizbeitia sin inmutarse le replicó: “No tenga usted cuidado señor Fuetes el Fuerte, porque en el infierno, yo también seré juez, y lo sentenciaré a 15 años más” ...             








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No. 44.-

OTRA DEL DR. VILLALBA,

En el barrio de San Francisco, los amigos del Dr. Villalba, se chanceaban con el tratándolo de pichirre, pero todos sabían que su empleo de Juez no le permitían el parrandeo y las chanzas acostumbradas en el barrio.
Entre los personajes más conocidos de San Francisco de ésta época, están: Armando Badaracco, costurero, repentista y anecdótico; Luis José Chópite, sempiterno secretario del Juzgado del Municipio; Ramón Esteves, anecdótico, gallero, yerbatero y sobador, con secretos para todos los huesos del esqueleto humano, como él mismo decía.

Un buen día andaba por las calles de San Francisco el Dr. Jesús Torres Rivero, preguntando por el Dr. Villalba; le dijeron que iba por La Luneta, y hacía rato que había entrado a la casa de Ramón Estévez.

Armando Badaracco, como de costumbre, estaba sentado en la puerta de su casa de la calle La Luneta, cociendo un traje; el Dr. Jesús Torres, se le acercó y le pregunto: ¿Armando tú has visto al Dr. Domingo José Villalba, que necesito urgentemente hablar con él?  Armando, sin levantar la vista le respondió: “Si, él está en la casa de Ramón Estévez, sobándose el codo”.



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No. 45.-  

DEL POETA JOSÉ ANTONIO RAMOS SUCRE. 

Mi padre recordaba siempre en sus tertulias, al poeta, con el cual mantuvo sincera y larga amistad. Ellos compartieron una habitación en una pensión de Caracas y contaba que, cierta vez, dos estudiantes de medicina que ocupaban una habitación contigua a la de ellos, la dieron por estudiar en voz alta, durante toda una noche, los huesos del pié. Repetían y repetían los difíciles nombres y siempre se equivocaban. Al otro día, a la hora del desayuno, los jóvenes ocuparon una mesa cercana a la que ellos ocupaban, y los jóvenes volvieron con el tema, pero no lograban recordar los nombres en orden; entonces José Antonio, que como de costumbre había pasado la noche en vela, se acercó y les dijo: “Jóvenes, ustedes continúan equivocándose, yo estuve anoche oyéndolos y los puedo ayudar” …Los jóvenes se mostraron interesados y José Antonio le repitió la lección al pie de la letra.   Mi padre decía que la poesía de José Antonio tiene mucho de su memoria, resume textos de miles de libros y poemas.

                                                                
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No. 46.-  

DE DIEGO DAMAS BLANCO.


Intelectual y exitoso dramaturgo cumanés, en 1924 fue aclamado en el teatro González, y dijo elocuentes palabras, de las cuales trascribimos este texto.   

“...Cumaná, la tierra de mis caras dilecciones y de mis ideales sublimes, la Atenas sufrida en la historia de los grandes acontecimientos, de donde ha brotado el talento, silvestre como el musgo de los campos,   la que cantaron inspirados poetas  y glorificaron famosos capitanes, la tierra hermosa del heroísmo, por órgano de un grupo de jóvenes  intelectuales, mis compatriotas, acaban de colocar sobre mi pecho una medalla de honor, premiando así los triunfos  indiscutibles  de mi reconocido talento. “No haya alarma, dijo el maestro, los fueros de la modestia   quedan incólumes”. 

Nota. - Nos dejó varias obras entre las cuales recordamos “Política Lugareña” y “Hasta Los Bordes”, que se exhibieron en 1924 en nuestro teatro “González.


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No. 47.-

DE TOMÁS IGNACIO POTENTINI. 


Fue uno de los poetas más celebrado de la generación de oro del Edo. Anzoátegui, nació en Píritu, en 1859. Sus andanzas fueron recreadas, inventadas e historiadas por los corillos y peñas literarias de toda Venezuela; sin embargo la crítica no ha sido benévola  con el aeda piriteño y, cuando más se podría mencionar a favor, lo que Pedro Parés Espino se atrevió a decir, sutilmente, sobre el poeta: “Por su complejidad y riqueza en sustancia vital y romántica, es como una preciosa y olvidada cantera que brinda al crítico desapasionado y limpio de prejuicios, veneros de inquietud y belleza, en su múltiple individualidad de poeta, orador, político, epigramático y hombre de acción”.  Para mi no hay duda, Tomás Ignacio fue un poeta, lamentablemente su producción se perdió y solo dejó sus huellas, pero esas son imborrables.  De su vida humorística solo la memoria oral lo absuelve; y muchas de sus andanzas y dichos han pasado a la voz anónima del pueblo. Recordemos su anécdota con el indio González Nieto, cuando se debeló el monumental bronce de Bolívar en Caracas.  Corrían los tiempos de Guzmán, frente a la plaza estaba la célebre cervecería del afamado indígena, que era un hombre de muy mal carácter. El poeta acostumbraba chacearse con el indio que siempre estaba enfuruñado. Ese día, estaba tomándose unas cervezas con sus amigos de siempre en la barra, en plena inauguración de la inmensa estatua ecuestre del Libertador, entonces el poeta se inspira y pide papel, el indio obsequios se lo trae, luego lee el poema en alta voz:

Bolívar con disimulo
Y sin faltarle el respeto
Al indio González Nieto
Impávido le volvió el culo.

Se formó la algarabía. El indio se enfureció, y le dijo amenazante al poeta: ¡O cambias esas décimas, o te vas y no vuelves por aquí!
El poeta, para complacer al indio y a la barra, dijo: “Esta bien devuélvanme el lápiz y el papel”; y enseguida corrigió, y leyó:

Bolívar con disipeto

Y sin faltarle el resmulo
Al indio González Culo
Impávido le volvió el Nieto.





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No. 48.-

ANÉCDOTA DEL POETA JUAN MIGUEL ALARCÓN. - 



Contaba el poeta Luis Yépez, que una hermosa tarde caraqueña, cuando libaban unos traguitos de aguardiente, el poeta Juan Miguel Alarcón, leyó un soneto dedicado al Gran Mariscal. Entonces el poeta Juan Santaella, se levantó e improvisó un elogioso discurso sobre el soneto. Ha medida que hablaba Juan Miguel enrojecía, y con aire angustiado, le dijo al poeta Santaella:
¡Querido Juan, te lo suplico, no lo eches a perder!
Santaella se indigno, se pasó las manos por sobre la solapa del paltó, infló el pecho, y ripostó:
¿De tan mala arcilla es ese soneto?
            Pasaron algunos días de este incidente, y se encontraron nuevamente Luis Yépez y Juan Miguel, entonces este susurró al oído de Yépez:
            Me desagradó la osadía de ese poeta menor… Pero ya pasó todo.


EL POEMA.

AL GRAN MARISCAL

Dijo en su orgullo el César: - “¿logra ponerse acaso el
sol en los dominios que me legó el Señor…?
La Eternidad empuja los siglos paso a paso,
como acatando el dicho del fiero Emperador.

Y el sol languidecía: América, su vaso
de claridad y fuerza, de virtud y amor,
crispándose en sus cruces miraba el triste ocaso,
de aquella luz que al Inca lo exalta en su fervor

Tres siglos… Pero surge de la extensión airada
-el rayo de Bolívar vibrándole en la espada-
un hombre a quien los triunfos escoltan en tropel.

Y el Sol, ante el asombro del fulgurante día
de Sucre en Ayacucho, como el cenit subía,
agrandó la pupila, para fijarla en Él.





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No. 49.- 

OTRA DE JUAN MIGUEL ALARCÓN. -



Mi padre contaba, que Juan Miguel Alarcón pasó mucho tiempo fuera de Cumaná disfrutando su vida bohemia. Cuando partió para Caracas era un joven distinguido, bien preparado, buen orador, de estatura más que mediana, muy delgado, atildado y hermoso, que se había ganado la simpatía general de su pueblo. Cuando regresó, muchos años después, vino muy gordo, abatido y desaliñado. En su casa paterna aún vivía Patricia, una mujer que había sido su segunda madre. Juan Miguel se bajó trabajosamente del automóvil, entró a la casa paterna, y allí estaba ella esperándolo. Al verlo, al punto rompió a llorar… y le dijo:

- ¡Juan Miguel… mijito! ¡Estás gordo como un cochino!
Juan Miguel la tomó entre sus brazos y sollozando, atinó decirle:
- ¡No seas prosaica Patricia!... dime: ¡Estás gordo como Honorato de Balzac!

            Considero suficiente esta anécdota, para que se advierta la cumanecidad de aquella hermosa personalidad, que nunca cambió su estilo ni negoció su gentilicio. Poeta Cumanés por excelencia, autor de las “Rimas de Oro”, en su dimensión humana poeta universal por el don de la palabra y la escritura. Le debemos el bronce ejemplificador en “El Paseo de los Poetas”, donde deben darse la mano los mil nombres que ha consagrado la fama.


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No. 50.-

 DON JULIO MADRIZ SUCRE Y VICENTE GILIBERTI GÓMEZ.


Don Julio Madriz Fue un hombre perspicaz, uno de esos cumaneses anecdótico por excelencia, repentista, afable y parlanchín; su recuerdo vive permanentemente en todos los que tuvimos la dicha de conocerlo. Cuentan que una vez viajo con Vicente Giliberti Gómez, a Caracas; este es otro personaje al que debemos un agradable recuerdo. En esos tiempos Vicente, especie de héroe de muchas aventuras; era un hombre anecdótico, deportista, en fin, un tipazo. Sobresaliente sobre todo en el volante de su magnífico “Ford” con el cual volaba por las carreteras polvorientas de aquella Venezuela que despertaba en la riqueza petrolera.     

            Vicente tenía viaje para Caracas y don julio le pidió la cola, le dijo que le gustaría acompañarlo. A Vicente no le gustó la idea, pero...Una vez acordado el viaje en sus detalles, salieron a las 6 am., del otro día; y, como era de esperarse, Vicente salió a tantos kilómetros por hora; allí comenzó don Julio a padecer. Tomaron la carretera de Cumaná a Puerto La Cruz, recién construida, Vicente aceleraba e las curvas, y Julio gritaba ¡Cuidado! Vicente lo veía de reojo.   El carro chirriaba y se acercaba peligrosamente los precipicios, entonces don Julio musitaba: “Pío, pío” ... después de muchas veces de repetir “Pío, pío”, Vicente se dio cuenta del asunto, esperó llegar a la recta de Santa Fe, recortó la velocidad, y preguntó: ¿Don Julio, hágame el favor, por qué usted dice, cada vez que cojo una curva, “¿Pío, pío”? Julio más calmado, le respondió “Oye Vicente, disculpa, pero no quiero que digan en Cumaná, que Julio Madriz, se murió sin decir ni Pío”.

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No. 51.-

OTRA DE DON JULIO CON ANTONIO CARVAJAL

 Era un personaje muy unido a mi padre por lazos familiares, de vocación y de trabajo; a quien conocí desde pequeño, admiré y quise entrañablemente; fue como ya dije en otra oportunidad, un personaje anecdótico.
Por esas cosas del comercio trabó amistad con Don Antonio Carvajal, patricio cumanacoero, buen amigo y mejor conversador; querido y recordado en su pueblo donde supo cultivar la amistad de todos los que tuvimos la dicha de conocerlo y tratarlo.  Era un hombre de elevada estatura, cálculo “a ojo de buen Jubero”, un metro noventa; en cambio don julio, era más bien de baja estatura. Era como Bolívar, lo que le faltaba de estatura le sobraba en talento e ingenio.
Cuando Don Antonio caminaba al lado de julio, lo hacía por la calle y julio por la acera; le decía: “Antonio, sigue por la calle, que la gente se aprovecha de la ventaja para hablar pendejadas; además así podemos hablar sin necesidad de levantar la voz.
Un día don Antonio llegó al negocio de don julio, en la esquina del parque Ayacucho... Muy circunspecto, como de costumbre.  “Bueno días don Julio. ¿Cómo está usted?” Muy bien, Antonio, ¿Qué se te ofrece? ...  Estoy buscando unas canales de once metros... ¡Canales de once metros...! ¿Para tu casa? Si hombre, para el centro de la casa, esas que se usan para recoger el agua de la lluvia, que me tiene fastidiado... ¡Claro hombre, se cuales son! Lo que pasa es que de esa medida no las tengo, pero te las puedo mandar a fabricar con Manuel Godeliet. Aquí mismo, en el callejón del Alacrán. ¡A bueno, Julio...! hazme ese favor, mándame a hacer esas cuatro canales de once metros que luego vendré a recogerlas. Se dieron la mano, y negocio hecho. Pasaron seis meses y al parecer, a Don Antonio se le olvidó el encargo. Un buen día, pasado ese tiempo, don Antonio venia muy orondo por la plaza Miranda y se encontró de frente con Julio. Este, al verlo, se le acercó como si nada hubieses pasado, y le dijo: ¡Oye Antonio, tengo un buen negocio para proponerte!  Antonio intrigado preguntó: ¿Qué será don julio?  ¡Ven a mi oficina y te lo explicaré! Los dos se encaminaron muy sonreídos hacia la oficina.  Tomaron asiento, Julio lo invitó a tomar un cafecito, y después las consabidas congratulaciones, los recuerdos familiares, las infaltables anécdotas, las bolas, los chismes del día, etc. etc.  Julio se arrellanó en su butaca y mirando a los ojos de Antonio, díjole: Antonio, te ofrezco un buen negocio, y se que no lo vas a despreciar -Y sobre la marcha sin tomar aliento, señalando con el dedo índice, dos retratos cuerpo entero de su abuelo y su abuela, que estaban colgados en la pared, al lado derecho del escritorio, le dijo: ¿Te vendo esos dos retratos cuerpo entero de mi abuelo y de mi abuela; te los doy a buen precio ¿Qué te parece? Antonio abrió los ojos, se levantó de la silla cuan alto era, y exclamó: ¡Pero Julio...! ¿Tú te has vuelto loco? ¿Qué voy a hacer yo con esos dos retratos, de tu abuelo y de tu abuela? Entonces Julio se paró de la butaca de un salto, y le gritó: “¡Lo mismo que hago yo con tus cuatro canales de once metros!”.


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No. 52.-
Anécdota de Marco Tulio Badaracco y don Julio Madriz.
Ese día estábamos de visita en la casa de don Laureano Frontado, detrás de la Iglesia Catedral de Cumaná, el cual conversaba animadamente con Julio Madriz, de la fabricación de grandes mecates con fibra de coco, para amarre de barcos, en un telar muy práctico, inventado o mejorado por él. Papá se interesó tanto en el asunto que Julio lo invitó para que lo viera. Papá trato de excusarse, pero Julio insistió tanto, que al fin lo convenció; además, apenas distaba una cuadra desde la casa de Don Laureano, la ubicación de las instalaciones; que por cierto estaban en los grades depósitos de los antiguos telares de Cumaná, que don Julio habia adquirido.
Así es que todos - incluyo a mis hermanos que lo acompañábamos-  nos entusiasmamos y fuimos a ver el telar.
Después que Don Julio, nos enseñó minuciosamente, y con cuantas explicaciones requirieron, tanto mi padre como don Laureano, nos condujo al patio, que quedaba al cabo de largas galerías, para asombro de los que no conocían esas edificaciones, como mis hermanos y yo; donde don Julio, tenía cerros de conchas de coco, y las gruesas gúmenas que ya habia fabricado, tendidas en los secaderos, que verdaderamente nos asombraron. 
Papá, un poco escéptico, le preguntó por el mercadeo de aquel material, a lo que Julio le respondió.
Yo sabía que no se te escaparía esa pregunta. Porque no basta producir, lo importante es vender-
Bueno yo estoy aplicando los cuatro principios que aplica Henry Ford, y los cuales lo han convertido en el hombre más rico del mundo.
¡Carajo! Exclamó mi padre.
Bueno…  Julio, y… ¿cuáles son esos principios?
  Julio, como era su costumbre, se rascó por detrás del pantalón, y reposadamente explicó de qué se trataba.
Ya sabía yo… que tú no los conoces.   Por eso pierdes de ganar mucho dinero con tus negocios de tipografía; pero si te los voy a decir, porque hemos sido socios toda la vida de una u otra forma.
Todo se trata del más cuatro y el menos cuatro. Todos lo escuchamos atentamente.
El menos cuatro son: a) Las reducciones periódicas de personal; b) La disminución del tiempo de producción; c) La disminución de los tipos o modelos a producir, y d) La aplicación del principio de alcanzar la mayor producción en el menos tiempo, para la disminución del precio.
Y en cuanto el más cuatro, que ya lo estoy aplicando, se refiere a) Al aumento de las maquinarias de un mismo modelo, para aumentar la producción sin desmejorar la calidad, y a reducción de la mano de obra, sustituyéndola por maquinarias, porque es lo más costoso y complejo, sobre todo, en estos tiempos de sindicatos y demás yerbas,
b) El aumento de la producción, como corolario del punto a), porque lo que no se consume en el país, se exporta, que es el objetivo fundamental de esta empresa.
c) La perfección del producto, el mejoramiento, buscar la excelencia, que en este caso hemos logrado porque la fibra de coco no se corrompe en el agua de mar, más bien logra mayor ductilidad y durabilidad.
Y d) Propender al aumento de los jornales de los más competentes y laboriosos. Con premios y honores.    
Julio nos miró con aquel aire entre humilde y socarrón, que tanto gustaba a sus amigos, que eran todos, porque a Julio todo mundo lo amaba.
Papá comento en voz alta: “Con razón mi querido Julio, estás por encima de todos lo que conozco. Eres el Henry Ford de Cumaná”.

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No. 53.-

Anécdota de Don Julio y el Dr.  Domingo Villalba

Don Julio era un hombre de grandes amistades, y mejores ocurrencias. Un buen día nos contó lo que le paso en el viaje a Caracas con Domingo José Villalba, sempiterno juez de Primera Instancia de la Cumaná de antier.  
  Domingo aceptó llevarlo como copiloto en su flamante FORD nuevecito comprado de contado en la Casa Prosperi de Cumaná, y a las 7.30 am. Arturo Prego, dueño del Consulado, la cafetaria de moda de esos tiempos,  les sirvió un buen desayuno con arepitas rellenas con jamón y queso de mano de lo mejor fabricado en Chiguana, y un sabroso café molido en la máquina de lujo “Gagia”, la novedad en Cumaná, y Don Julio caballerosamente pagó la cuenta, y salieron rumbo a la capital; pero antes  en la Avenida Universidad, se detuvieron en la Bomba El Águila, frente  la UDO, unidad de Cerro Colorado, para llenar el tanque de gasolina y le faltaba un litro de aceite, además se le hizo la revisión del radiador y de aire de los cauchos y por supuesto todo lo pagó don Julio. Siguieron su rumbo hacia Puerto la Cruz, la conversación animadísima y chispeante, en la cual no faltó la crítica a los pichirres, hubo carcajadas recordando a Correíta, Daniel, Simón y Felipe. En Puerto La Cruz, se detuvieron para tomar café, pero Domingo se antojó de comprar unos chocolates para regalar en Caracas, y todo eso lo pago don Julio. Almorzaron en Boca de Uchire, la famosa paella y la fabada del gallego Ramón, que según dijo don Julio, él hacia ese viaje pensando siempre en ese almuerzo, y todo amenizado con sus polarcitas bien frías. También pagó Don Julio. Total, que llegaron a Caracas a eso de las 3.30 pm. Al Hotel “Clinton”, que por cierto era de los Clinton Badaracco, y los cumaneses eran muy aficionados a ese reposorio. Julio se adelantó pidió dos habitaciones y pago adelantado los dos días que iban a pasar en el Hotel, también corrió con los gastos de comidas y bebidas, porque Domingo a pesar de que muy poco consumía bebidas espirituosas, en esta oportunidad la dio por tomarse algunas cervezas y hasta dos Wiskis 12 años Old Par, que era su preferido. Pero Julio con esa largueza que lo caracterizaba, no le daba oportunidad a Domingo, para manifestarse, sino que más bien se retardaba más de lo necesario. Igual paso a regreso, todo gasto, todo lo pagó religiosamente Don Julio. Salieron otra vez a las 7.30 y toaron el café en el Hotel. Hicieron el mismo recorrido ya las mismas horas hasta llegar a Cumana, y a eso de las 3, 30 pm se bajaron en el Consulado. Entraron y saludaron efusivamente al gallego, que los recibió como de costumbre con una amplia sonrisa, y pregunto: ¡¿Que les sirvo? Don Julio se adelantó y dijo: A mí me sirves un café igualito al que me serviste hace dos días; y, Domingo, asertivo, también pidió lo mismo. Se sentaron en la mesa de siempre, se tomaron el café, y al terminar, Domino se paró y sacó un bolívar y lo puso en la mesa. Entonces, Don Julio, tapó el bolívar con la mano izquierda y sacó un bolívar con la derecha y con una sonrisa triunfal, dijo en alta voz…  ¡Que va, ¡Domingo, de éste zapatero no me salva nadie!... ¿      


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No. 54.-

ANÉCDOTA DEL DR. ANTONIO MINGUET LETTERON. 


Contaba don Santos Emilio Berrizbeitia, que el general José Garbi, Presidente del Estado para esa época –1931--, era un apasionado jugador de dominó; y los domingos por la tarde, a eso de las cuatro, armaba una partida frente a un bar que quedaba en la subida del cementerio, precisamente en lo que hoy se llama bar “El Descanso”; El General José Garbi, el Dr. Minguet –médico e ingeniero- Santos Emilio y Marco Tulio Badaracco, formaban la partida ese día.  Decía don Santos, que Dios tenga en su seno, que mientras jugaban y se tomaban sus cervecitas y también sus roncitos, en lo más emocionante del juego, se presentó uno de esos mirones pedigüeños, que nunca faltan en las mesas de dominó, y mucho menos en las cercanías de los bares; este sujeto después de ver la partida y molestar a gusto, bajo el embrujo del ron, dijo en voz alta: “Bueno Señores (hip) quien de ustedes me va a regalar un fuerte (hip), yo también tengo derecho (hip)... Nadie respondió. El impertinente volvió a repetir y a repetir su pregunta, y entonces el Dr. Minguet, a quien injustamente se le daba fama de pichirre, se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta, sacó un fuerte y se lo entregó al pedigüeño, el cual se fue dando traspiés, hacia el bar.  Terminó el juego, y todos se marchaban, cuando don Santos, jaló por brazo al Dr. Minguet y le dijo: “Oye, Antonio... ¿Parece que estabas borracho? ¿Yo, y por qué? Ripostó el Dr. Minguet. “Bueno, le diste a ese borrachín, un fuerte”.  Te metiste la mano en el bolsillo, sacaste un fuerte y se lo disté, yo lo vi.  “No, no Santos Emilio, yo no estaba borracho, yo lo que estoy es loco, definitivamente loco. Respondió disgustado el Dr. Minguet. 


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No. 55.-

DEL DR. GUSTAVO MINGUET BARRIOS.


             Una de las obras de las que el gobierno regional puede ufanarse, es la reurbanización de El Peñón: ¡Que paisaje tan hermoso y familiar puede verse desde la carretera…! Este suburbio muy querido por todo mundo debe sentirse feliz después de tanta espera.  Más de 300 familias tendrán acomodo en un ambiente sin par.

            Guardo en mi corazón gratos recuerdos de juventud pasados en compañía de Juan Antonio Bermúdez y Luis Velásquez (El Chino) También visitaba con frecuencia a mi amigo, el Dr. Gustavo Minguet Barios y su inseparable compañera Nieves Ojeda de Minguet, que alquilaron una casa de Carlos Gómez y Morela Malavé de Gómez. Muchas veces me he solazado contado una anécdota de mi amigo, que no me puedo privar el gusto de contarla otra vez…

Al lado de esta casa habitaba “Maneto”, un hombre analfabeto pero muy sabio. Cierta vez, Gustavo, en la puerta de la casa de Maneto, alumbrados por la Luna, hablaba del vuelo del “Apolo”, y Maneto lo interrumpió.
“¡Doctor!... ¿no me diga… que usted cree eso del viaje a la launa, que dizque hicieron los americanos?
¡Claro Maneto, yo lo vi todo por televisión…! Esos astronautas son los nuevos colones. ¡Es grandioso…! ¡Es una aventura sin precedentes…!  “Pero… -lo interrumpió Maneto-, ¿usted cree de verdá, verdá... que esos hombres llegaron a la luna?
Gustavo, sin titubear le respondió: ¡Claro que, si lo creo, como todo mundo…!  
A lo que Maneto, mostrando gran consternación, dijo:
¡Pues…!  Le puedo asegurar una cosa: ellos podrán haber llegado a –señalando despectivamente con la mano- esa luna, pero… a la Luna Luna… no llega nadie…

-Él se refería seguramente a una entidad espiritual, inalcanzable…


Gustavo era un ser muy especial, era un Quijote, o un santo. Cierta vez lo encontré repartiéndole comida a unos perros callejeros, y me dijo: “Ramón ya yo me gané el cielo”.
¿Cómo es eso? inquirí.

Me respondió:

“Bueno, los santos reparten limosna a los hombres, yo lo hago a los perros, que también van al cielo”.  El amaba a los perros como nadie, que conozca, desde muy niño sintió una verdadera pasión por esos animalitos, sobre todo los callejeros, a los cuales llamaba Cacri –criollo callejero- Recogía por las calles y plazas a los perros abandonados o enfermos y se los llevaba a su casa, allí los curaba y alimentaba. Muchas personas, cuando sabían de un caso de un pero abandonado, lo llamaban por teléfono, y el acudía a buscarlo.  Yo lo llamaba Santa Teresa de los Perros.  



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No. 56.-

DEL POETA SANTOS BARRIOS.


El poeta era hombre precavido, cuentan  que escribió discursos para todas las fechas patrias, y salía airoso y rápido de sus compromisos como Director de Cultura de la Gobernación del Estado Sucre; cierta vez, durante el gobierno del Ing. Aníbal Alarcón, se celebró con toda pompa el Día de la Raza, y había sido invitado para decir el Discurso de Orden, nada menos que el Dr. Jóvito Villalba, el cual a última hora se excusó “por compromisos ineludibles en la capital de la República”, según reza el telegrama recibido horas antes del acto. Todo estaba montado, y el ingeniero, llamó a Santos Barrios, y le dijo:
“Lea ese telegrama y proceda en consecuencia.  De ello depende su salario”.
Santos Barrios, le respondió: -No hay tiempo de nombrar otro orador, tendré que hacerlo yo.
-Pues manos a la obra, no pierda tiempo, porque todo mundo, está esperando.
Santos Barrios acusó el golpe bajo, y llamó a uno de sus auxiliares, Luis Amadeo Ciliberto, y le dijo:
-Ve a mi oficina lo más rápido que puedas y busca en mi escritorio, el discurso que dice: Cristóbal Colon. Día de la Raza, y me lo traes inmediatamente, que hoy le toca. Luis Amadeo salió disparado y regresó a los pocos minutos, corrió hacia Santos Barrios que ya estaba instalado en la Tribuna, y Meaño Silva, lo presentaba y leía su currículum. Santos Barrios apenas pudo leer en la carpeta que le entregó Luis Amadeo, el nombre del discurso que decía “Cristóbal Colón”, y sobre la marcha comenzó a leer. Se trataba de la vida del Navegante. Al principio tuvo serias dudas, cuando en la primera parte se refería a los errores que cometían los historiadores sobre la patria chica del Gran Navegante; pero se percató del error cuando ya tenía 15 minutos leyendo la vida y la obra del Ligur, entonces se detuvo y dijo: Señores, disculpen, me equivoque de discurso.   Ya se iba del presídium cuando oyó una atronadora ovación, que le pedía que continuara leyendo su maravillosa pieza sobre la vida y la obra de Don Cristóforo Colombo, el genovés inmortal, como lo llamó al final de la pieza.


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No. 57.-  
                                                    
DE ESEQUIEL FREITES.

            Nuestra ciudad aún vive con las cosas y los recuerdos del pasado. Aún viven hombres de la generación que nos antecede y ellos son los testigos solemnes de la Historia pequeña que forma el alma de nuestro pueblo. Recuerdo al viejo molinero, era un hombre callado, siempre lleno de grasa, con la barba a medio rasurar, de ojos profundos y voz ronca: Se llamaba Ezequiel Freites, el mejor mecánico de su tiempo. El molino estaba al fondo de la casa del Dr. Minguet Letteron, al lado de un frondoso datilero que siempre estaba cargado de apretados racimos amarillos. El molino chupaba con sus grandes pitillos el agua dulce y cristalina del río. También recuerdo los grandes filtros cilíndricos que construía Luis Daniel Beauperthuy el viejo, en un solar, que creo es el que hoy ocupa el Banco de Fomento y de la Construcción de Oriente. El antiguo oficio, hoy olvidado, de constructor de filtros, es una creación poética del aquel ingenioso cumanés. Para construirlos trían piedras de Manicuare, piedras de destilador, así las llamaban. Se unían dos factores telúricos: El río y la piedra. Creo que no existen en parte alguna del planeta, un río como el Manzanares de mi época con sus aguas cristalinas y dulces, buenas para el baño y para la sed. En aquél río pasamos nuestra infancia; en él jugamos y en él hicimos nuestros amigos de toda la vida; aprendimos a defendernos, nos hicimos hombres en las competencias contra la corriente, contra los ”burros de agua”, los remolinos; atravesándolo en las mayores crecidas, alcanzando cocos y guamas, jugando queséele, tira la piedra y no la des, guataco por las orejas, policía librado, panchojolo; jugando cocos, luchando, nadamos, ejercitando resuellos, y tantos juegos hoy olvidados; de él vino nuestra fuerza y nuestro sentido telúrico.

            Cumaná toda se bañaba en el río: El Puerto de las mujeres y el de los hombres, y un rito, los muchachos y las mujeres eran dueños del río; los hombres se bañaban en la tarde, después de la caída del sol; había puertos con nombres propios como “ño Montes”, “El Puerto de la Madera”; también hablábamos del “Puerto de Juan Lara” o el de los “Telegrafistas”; el de la “Ceiba” y la ”Dormidera”; pero estos nombres no estaban consagrados, los usábamos cuando íbamos nadando y decíamos: “Llegamos hasta el puerto de “Juan Lara”, o también: “Vamos al otro lado”, formaban parte de nuestro mundo infantil.

            Nosotros, una pandilla de muchachos de San Francisco, nos metíamos en el taller del Molinero a robar dátiles, sobre todo por la tarde, cuando generalmente no estaba el viejo gruñón de Ezequiel Freites. Le teníamos miedo. Cuando oíamos su voz salíamos precipitadamente y nos tirábamos al río. Un día nos sorprendió robando. Escuchamos su voz: “¡Quién anda por ahí!”. Los muchachos volaron, pero yo me quedé petrificado, paralizado, no pude moverme; y lo veía acercarse. No pude pensar en nada y temblaba. Tendría unos siete años, pero era pequeñito y flaquito. Ezequiel se me acercó sin decir palabra, me tomó en sus brazos, me besó tiernamente, y luego se acercó al datilero; con una lata, tumbó de los apretados racimos los dátiles maduros que se desgranaron sobre la tierra húmeda. Luego los recogió y me los dio, me quedó mirando y me dijo: “No tengas miedo, son tuyos”. Los muchachos habían vuelto a buscarme y se quedaron perplejos al verme salir con las manos llenas. Luego me volví para mirar al viejo gruñón y por vez primera lo vi sonreír. 

            Ramón David León recuerda a Ezequiel Freytes, como un compañero de correrías campestres, camarada insustituible de expediciones cinegéticas. Estaba dotado de una sabiduría práctica en las artes mecánicas. Mi padre me contaba que el montaje de los telares de Cumaná sufrió un retraso debido a que los ingenieros alemanes no pudieron venir a Cumaná, por causa de la guerra mundial, entonces tuvieron que llamar a Ezequiel, a regañadientes. Nadie creía que pudiese hacer el montaje de aquellos complicados mecanismos, sin embargo, con los planos en la mano, fue desentrañando el complejo asunto hasta que lo puso a funcionar. Para nosotros era el relojero de Santa Inés, de allí salieron sus mejores anécdotas, en otra oportunidad se las contaré. Ezequiel era capaz de arreglar cualquier mecanismo por complicado que fuese, él decía, que era cuestión de inspiración.


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No. 58.

 OTRA DE ESEQUIEL FREITES


            Ezequiel fue un hombre anecdótico, mecánico creativo, podríamos decir intuitivo. Podía reinventar cualquier mecanismo por complicado que pareciese.

Los famosos Telares de Cumaná, que tanto bienestar produjo a nuestro pueblo, y para lo cual fueron construidas en la calle Cedeño, las extraordinarias edificaciones que aún se conservan, y dan una idea bastante cercana de lo que fue, y   cuyas maquinarias fueron adquiridas en Alemania, y hubo de resolver grandes problemas, y fue toda una epopeya su construcción y su funcionamiento y todo lo que se relacionó con esa maravillosa realidad, y en aquellos tiempos de principios de siglo XX. Pero vamos a lo anecdótico.
 
 Cuando iban a instalar las maquinarias de esos telares de Cumaná, los ingenieros alemanes que deberían hacerlo, no pudieron venir por causa de la guerra mundial del 18, entones, el gerente de Los Telares, Sr. Francisco Braschi, y el gerente Tomás Llamosas, inducidos por don Eulogio González Maneiro, Jefe de Almacenes, llamaron a Ezequiel Freites, hablaron con él, aceptaron sus condiciones y le entregaron los planos; nadie creía que pudiera hacerlo, pero era la única esperanza. Ezequiel se encerró en la oficina, y al otro día dijo: “Si puedo”. Puso otras condiciones, y también se las aceptaron, no les quedaba otro remedio.  Estuvo trabajando con dos ayudantes de su confianza, y varios obreros durante 30 días y muchas noches, y al terminar, llamó a los dueños y les dijo. Aprieten ese botón y todo comenzará a marchar, desde ese momento fue el único mecánico que tocó aquella maquinaria maravillosa.

Después de publicar esta anécdota supe que fueron, mi padre Marco Tulio Badaracco Bermúdez y Don Víctor Silva Bermúdez, los que presentaron a Ezequiel al Señor Francisco Braschi. 

 Lo mismo hizo, poco tiempo después, con el reloj de Santa Inés. Yo publiqué una nota sobre este reloj, en 1997, dice así:  

El reloj de Santa Inés cumplió el 7 de mayo próximo pasado, 112 años. Fue diseñado y construido por la Casa G. Borrel de París, por encargo de don Emilio Berrizbeitia Bermúdez, excelente caballero, Cumanés, protector del sagrado templo inesino. Cuando se produjo el terremoto del 17 de enero de 1929, las agujas de tres esferas del reloj quedaron paralizadas a las 7.32 minutos de la mañana, como para señalar la hora exacta del seísmo. Ese reloj sufrió desperfectos durante la guerra mundial, y como la Casa G. Borrel no pudo enviar técnicos para repararlo, se le encargó el delicado trabajo al intuitivo y famoso mecánico cumanés Ezequiel Freites, el cual inventó y fabricó los repuestos necesarios para ponerlo en marcha. Así era el ingenioso Ezequiel.

Después de la muerte de Ezequiel, el popular sacristán Tinoco, y después de él, Angito Esparragoza, se han encargado de repararlo con bastante solvencia





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No. 59.                                                             

LA TERCERA DE EZEQUIEL FREITES.


            Ezequiel fue un hombre anecdótico, mecánico creativo, podríamos decir, intuitivo. Podía reinventar cualquier mecanismo por complicado que pareciese. Se hizo famoso fabricando y reparando escopetas, después fue un experto armero. Cuando iban a instalar los telares de Cumaná, los ingenieros alemanes no pudieron venir por causa de  la guerra mundial del 18, los directivos y accionistas no encontraban como resolver el tremendo problema; entones, el Presidente de la firma, Sr. Francisco Braschi,  y el gerente Tomás Llamosas, inducidos por don Eulogio González Maneiro, Jefe de Almacenes, llamaron al empírico Ezequiel, lo presentaron a la Junta Directiva, hablaron,  él les dijo que tal vez podía hacerlo;  le entregaron los planos, nadie creía que pudiera hacerlo, pero era la única esperanza.

Ezequiel se encerró en la oficina, y al otro día dijo: “Si puedo”. Puso sus condiciones, se las aceptaron, no les quedaba otro remedio, estuvo trabajando con dos ayudantes de su confianza durante 30 días, y al terminar llamó a los gerentes y les dijo. Aprieten ese botón y todo comenzará a marchar, desde ese momento fue el único mecánico que tocó aquella maquinaria maravillosa. Lo mismo hizo con el reloj de Santa Inés. Yo publiqué una nota sobre este reloj, en 1997, dice así:  

El reloj de Santa Inés cumplió el 7 de mayo de 1997, ciento doce -112- años. Fue diseñado y construido por la Casa G. Borrel de París, por encargo de don Emilio Berrizbeitia Bermúdez, excelente caballero, Cumanés, protector del sagrado templo inesino. Cuando se produjo el terremoto del 17 de enero de 1929, las agujas de tres esferas del reloj quedaron paralizadas a las 7.32 minutos de la mañana, como para señalar la hora exacta del seísmo. Ese reloj sufrió desperfectos durante la guerra mundial, y como la Casa G. Borrel no pudo enviar técnicos para repararlo, se le encargó el delicado trabajo al intuitivo y famoso mecánico cumanés Ezequiel Freites, el cual inventó y fabricó los repuestos necesarios para ponerlo en marcha. Después de la muerte de Ezequiel, el popular sacristán Tinoco, y después de él, Ángel Esparragoza, se han encargado de repararlo con bastante solvencia. 



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No. 60.-


ANÉCDOTAS DE CARMELO RIOS.


En Cumaná circulan muchas anécdotas de este buen gobernador, y he tratado de recoger las más conocidas, veamos:

Cuando Carmelo Ríos fue nombrado Gobernador del Estado Sucre, después de tomar las riendas del gobierno, nombrar su tren ejecutivo y resolver las cuestiones preliminares, en los primeros días de mandato se trasladó a Río Caribe, su pueblo natal; allí lo recibieron con bombos y platillos: organizaron una fiesta y por supuesto, un acto en la plaza Bolívar, donde Carmelo diría unas palabras. Todo mundo acudió al acto. En la tribuna estaba la plana mayor de COPEI en el Estado Sucre, algunos invitados del Comité Nacional, y el flamante y nuevo tren ejecutivo. Varios líderes copeyanos tomaron la palabra para festejar el triunfo del Dr. Luis Herrera Campins, que arrasó en el Estado Sucre. El Dr. Eudoro González, carupanero ilustre, abrió el acto con ideas emotivas y doctrinarias, le siguieron el Lic.  Chilo Cordero y el Prof. Rafael Álvarez.  Le tocó el turno a Carmelo, para la clausura, y después de saludar, sobriamente a su pueblo, dijo: “Vendrán tiempos mejores para Río Caribe, le haremos el acueducto... entonces un tipo que estaba sentado en la tribuna, lo interrumpió, y levantando la voz dijo: “¡Eso no va!”  -Carmelo se hizo el desentendido, y continuó, con voz más alta- “Lo primero que voy a hacer, es ampliar y terminar la carretera de Carúpano a Río Caribe, que... otra vez el tipo lo interrumpió, y con voz estentórea, dijo: “Eso no va... Carmelo, muy molesto llamó al Prefecto, cargo que desempeñaba provisoriamente el Prof. Gustavo Imery, que estaba en la tribuna, y le dijo: “Hazme el favor, saca a ese tipo de aquí... -Gustavo, sin inmutarse, le respondió: “Carmelo, no puedo... El gobernador insistió: “Pero ese sujeto no me deja hablar, llama a dos policías que se encarguen de eso... El Prefecto negó con la cabeza, y repitió: “No puedo sacarlo, ese tipo es loco.  Es de Maturín, y vino para Río Caribe, a hacer un pos grado.


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No. 61.-

ANECDOTAS DE JOSÉ JESÚS MADRIZ,

José Jesús Madriz Salmerón a quien todo mundo conoce en Cumana por el apodo de “Mosquito” y a él no le importa que lo llamen por su apodo, es todo un señor, un hombre culto, anecdótico y popular, que se ha ganado una posición social por su trabajo Y su talento.

Contada por Alberto Yégres Mago, en su libro “Remembranzas”.


Ese sábado se había celebrado en el estadio de Cumaná un partido de béisbol entre el club Magallanes y una selección local. Los Navegantes, como era de esperarse obtuvieron una victoria apabullante frente al improvisado equipo cumanés. Sin embargo, el héroe de la jornada fue “Mosquito” Madriz, quien ponchó, a la altura del séptimo inning, a la estrella del béisbol nacional, Luis “Camaleón” García.

            Madriz después de lanzar el tercer strike que dejó al recio pelotero del Magallanes con el bate en el hombro, colocó el guante y la pelota en el montículo y juró no jugar más béisbol. La hazaña que acababa de realizar debía quedar en la historia del deporte local como la gran proeza de los “caimaneras” de Boca de Sabana y de Caigüire.

            Cumaná celebró la proeza de Mosquito, y lo convirtió en héroe del deporte de la ciudad. No volvió a jugar nunca más béisbol, pero pasó a ser la figura ontológica del deporte de nuestro pueblo. 


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No. 62.-

 ANÉCDOTA. - DEL POETA HUMBERTO GUEVARA.


Cumaná es una ciudad de hermosos ritos. Unos han sido olvidados, otros existen y otros se van creando con el devenir. Uno de estos ritos extinguidos, lo constituía la ronda en la Plaza Bolívar. Todas las tardes, y especialmente los domingos, durante la retreta, los caballeros y las damas iban a dar vueltas a la Plaza Bolívar. En un hermoso ritual, las damas daban vuelas a la izquierda y los caballeros a la derecha. Allí se producía, bajo la intensidad de las miradas, la discreción de los gestos, la velocidad de los pasos, toda la trama de la amistad y el amor. La Plaza Bolívar era el lugar de cita de los conocidos y enamorados. Se lucían entonces, las mejores galas, se escuchaban los más dulces y audaces piropos; se observaba el candor de las niñas, la coquetería de la mujer, la galantería del caballero; el rubor y la sonrisa conquistadora, la señal invisible para la cita; el beso disimulado pero apasionado, el beso imposible del enamorado desconocido o burlado; el adiós del que no tiene esperanza y la alegría del triunfador.  Nuestra Plaza Bolívar era algo más que un santuario patriota, era el corazón abierto de la ciudad. 
        Durante el día servía de tribuna para la charla filosófica, para el encuentro de los intelectuales, para las transacciones mercantiles, para la discusión política y tantas otras cosas importantes en la vida de nuestro pueblo. Precisamente en este marco viene el recuerdo del poeta Humberto Guevara. Este extraordinario cumanés, escritor de fina ironía, que firmaba con famosos seudónimos, como “Barón de Escarpia, Satán, Héctor Galán”, tema siempre de acaloradas discusiones, escribió páginas hermosas de elevado numen en el periodismo de nuestra ciudad, por lo cual saboreó el almíbar y los laureles de la gloria.
        Este intelectual de basta cultura, agudo ingenio, de pluma penetrante como  estilete, de repentismos oportunos, de métrica intachable, se encontró, cierto día,  con sus amigos Marcel Patrolín, francés que adoptó nuestra nacionalidad e idiosincrasia, Humberto Dáscoli, malogrado hermano del ilustre senador cumanés Dr. Carlos Dáscoli; don Arturo Torres, don Luis Salvador Bruzual y don Francisco Pérez,  que charlaban con el Dr. Pierre Bougrat, famoso escapista de la colonia penitenciaria francesa, el temible penal de “Cayena”.  Bougrat venía precedido de fama mundial, era un sabio médico, cuyo caso ha sido comparado con el del Capitán Dreyfus. Cumaná lo acogió con simpatía y casó en Margarita con una cumanesa de nuestra parentela.
        Humberto se acercó a los contertulios; fue recibido alegremente, y después de los saludos de rigor, lo presentaron con el eminente galeno.  Como era costumbre continuaron la misma conversación que mantenían; Humberto, informado debidamente, se integró al grupo. Hablaban de París. Del París de Bougrat, que muy bien conocían Marcel Patrolín y Humberto Dáscoli. El poeta los escuchaba embelesado, y de repente comenzó a hablar de París en perfecto francés. De la antigua Lutecia, de su historia, de los poetas, pintores, políticos; de las callejas: Montparnasse, el barrio latino, Montmartre, los Campos Elíseos, el Gran Boulevard, los bosques de Bolonia, El Sena, La Isla de San Luis,  el Louvre,  los ventorrillos del Sagrado Corazón, el Lido, el Molino Rojo; también habló de Víctor Hugo, Dumas, Zolá, Balzac, Baudelaire, Valery, Ezrra Paund, Monet, Renoir, Cezanne, Dominique Ingres, Francois Boucher, Delacroix, Corot, etc. y decía: “En la calle del Pavo Real,  había un café con una trastienda  a la cual no se permitía  el paso  sino a los personajes más importantes  de la Revolución, y cuando la Revolución estaba amenazada  por todas partes, se produjo una reunión  entre Dantón, Robespierre,  y Marat. Al parecer alguien escuchó tras la puerta, parte de la acalorada discusión. Robespierre decía que los enemigos de la Revolución se encontraban dentro de Francia, y argumentaba, elocuentemente, con nombres y señales; Dantón, aprovechó un paréntesis para recriminarlo y argumentar, que los enemigos de la Revolución estaban en el exterior, que en ese instante se organizaban una coalición contra Francia, apadrinada por Inglaterra y Prusia. Y, entonces Marat, se levantó colérico, y dijo: Los enemigos de la Revolución se encuentran en los cafés de Paris. En el café Choiseul, se reúnen los jacobinos; en el café Pantín se reúnen los realistas, en el Rende Vouz, se complota contra la Guardia; en el Teatro se defiende a Voltaire y en la Rotonda están contra todos. Allí sé esta minando la Revolución.
            Horas después se despidió Humberto Guevara, se alejó con su paso imperial, su flor roja en el ojal, su sombrero diplomático, y su inigualable sonrisa.
       
Entonces, Bougrat se dirigió a Marcel, y le preguntó:
¿Cuánto tiempo vivió ese señor en Paris?
Nunca –fue la lacónica respuesta.
Ese hombre conoce a Paris mejor que yo- observó Bougrat.  


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No. 63.-

 BOVES Y LANDAETA EN CUMANÁ.

ANÉCDOTA CONTADA POR EL PBRO. J. M. GUEVARA CARRERA. El ALMA DE VENEZUELA.

            Los himnos nacionales inspiran siempre en los buenos patriotas un profundo sentimiento de respeto. Unas veces son, como la dulce voz de la madre, capaz de mitigar los más grandes dolores, otras como el grito angustioso con que ella advierte a sus hijos encontrarse en peligro, y siempre, un acento de la patria que va rectamente al corazón.

            Cuando en un país extranjero llegan a nuestros oídos los primeros acordes de nuestro Himno Nacional, parece que nos tocase una corriente eléctrica que pone en conmoción todas las más delicadas fibras del sentimiento.
           
El Autor de nuestro Gloria al Bravo Pueblo, tiene su historia y es bueno hacerla popular. Corría el año 1814, los patriotas huían espantados ante el asombroso José Tomás Boves, ángel o demonio, dominador y exterminador, y fue entonces cuando el caraqueño Juan Landaeta, compuso su épica e inspirada canción.

La canción inspiró a los patriotas, v tras ella fueron a derramar su sangre por la patria que nacía en nuestros corazones. Y con ella en los labios vinieron los vítores de la victoria. Con ella Bolívar, Mariño, Bermúdez y Sucre, derrotaron a Boves y al Mariscal Juan Manuel Cajigal, en Bocachica y en Carabobo.  

Pero en La Puerta se esfumaron los laureles del triunfo y vino la derrota y el derrotero. Boves ocupó todos los rincones de la Patria, y se estableció la barbarie. 
           
Landaeta envuelto en el vértigo de pavor de aquellos días, fue a buscar refugio a Cumaná, junto con otros músicos compañeros suyos: pero Cumaná cayó también bajo el mando militar del sanguinario José Tomás Boves; éste conocía la música de Landaeta, y promovió un baile, que tenía gusto, dijo, “la tocase la orquesta caraqueña”.

Esta orquesta fue de Monteverde y los patriotas la capturaron en Maturín.  Con ella entró Mariño a Cumana en 1813, y, Landaeta vino con la emigración liderada por el Libertador.

Empezada la fiesta corrió el rumor de que Boves abrigaba intenciones siniestras y mientas algunos pudieron ponerse a salvo, Landaeta fue hecho prisionero y condenado a muerte.

            Boves mandó copiar la canción “Gloria al Bravo Pueblo”, en una hoja de papel que, atada a la cabeza de Landaeta, le servía de mofa, una especie de ridículo adorno o capirote, que lucía cuándo iba hacia el patíbulo entre la insolente muchedumbre realista que se había congregado para festejar la criminal hazaña del bárbaro caudillo; así iba, arrastrado por la brutal soldadesca.

El patíbulo lucía su siniestra imagen frente a la Iglesia del Carmen, hoy Santa Inés, y es allí, donde debemos colocar una placa con letras de oro, que lo recuerde y rinda honor permanente al excelso músico, que nos llama a la vigilia patriótica, y nos inflama de amor y enardece a nuestro pueblo.

Esta anécdota es cierta y fue contada por el mismo capellán de Boves, el Padre Llamozas; y así fue la muerte de éste caraqueño eternizado por el pueblo venezolano y admirado por el mundo entero, y, también es cierto que derramó su sangre por la patria en Cumaná en 1814, aunque otros autores lo cuentan para sus pueblos.    

            Juan Landaeta merece contarse entre los Padres de la Patria, pues en los acordes que han inmortalizado su nombre supo encerrar el alma de Venezuela.  



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No. 64.

 TOROS   EN   CUMANÁ en la anécdota.


            Yo tuve la fortuna de ser amigo de Don Alejandro Arratia Oses, taurómaco relevante, la mejor voz que conocí y de quien aprendí lo que sé de ese arte viril, en el cual el hombre reta la muerte en todos los tercios de la fiesta. Cuando viví en España, desde 1956 hasta 1958, forzado por la dictadura del General Pérez Jiménez, fui a varias corridas en compañía del Dr. Juan  Crisóstomo Bermúdez Salazar, mi fraterno amigo de toda la vida,  y tuve la oportunidad de ver al César de Venezuela, lidiar con Don Antonio Bienvenida 6 toros miuras, y al Curro lo vi en su última corrida como novillero y en la alternativa; Juan Crisóstomo fue en sus tiempos mozos, el famoso torero El Estudiante, de gratísimo recuerdo para los amantes de la fiesta. Pues bien, desde hace bastante tiempo estoy tentado a escribir una crónica sobre la fiesta de los toros de Cumaná, ya que en esta tierra brilló mucho la torería, porque la sangre española está casada con este arte sin parangón.

            El 4 de mayo de 1926, fue un día de toros en la Cumaná, se presentó el matador “Granero de Caracas”, Cruz Duque, y el gran banderillero Baquero. La afición taurina en nuestro patio tiene historia brava y hermosa, la fiesta de los toros se cultivó desde tiempos coloniales, y de allí quedó un conocimiento del arte, que podemos apreciar en la crónica de P. Pito, publicada en el “Sucre” del 5 de mayo de 1926.

            Es bueno recordar que en Cumaná se presentaban los mejores toreros de la época, aquí estuvo el inmenso Rubito y el maestro Lorenzo Mendoza, además es bueno que sepan que en la provincia de Cumaná se criaba toros de lidia. El coso era el Coliseo, que quedaba al lado de la plaza Ayacucho.

            Andrés Eloy como Lorca, le dejó a la fiesta sus coplas inmortales, cuando ya no había coso y se mataban toros en el Cedral de Manuel Fuentes:


Vaya una plaza torera,
Con viento que la toree,
La pampa entre Veladero
¡Y el cedral de Manuel Fuentes!
Ni Madrid ni Barcelona
Tienen un coso como este,
Con patio de matadores
Y ruedos de arena verde,
Barreras de azul marino
Tendidos de azul celeste,
Juntos los pies en los medios
Que se mece y no se mece,
La palma rehiletera
Rebosando rehiletes.

Burladeros de apamates,
Divisas de araguaneyes
Y en el bucare encendido
El palco del Presidente.
Corre, corre, viento de oro,
Corre, que te coge el toro
Y en el bucare encendido
El palco del Presidente.
Corre, corre, viento de oro,
Corre, que te coge el toro.


            De este año, 1926, escogimos lo que sigue:

 El periódico “Sucre” anunciaba la fiesta con tronío…

“Este que ves aquí, lector, es sencilla y tranquilamente, el ciudadano Cruz Duque, torerito de postín, que gasta el prestigioso remoquete de “Granero de Caracas” … (Adorna el pregón una foto en traje de luces, del noble matador). Y en la crónica taurina, hacha con arraigado conocimiento, resalta la terminología de la tauromaquia, que utiliza P. Pito, con maestría y precisión. Casi toda la corrida, las distintas suertes, la temeridad y el arrojo con la cual el matador abre la plaza y en la cual tiende la capa multicolor sobre la arena, en una especie de danza maravillosa que cubre al toro y al torero en un torbellino de colores y gracia ilimitada; y la inicia sostenida la capa con las dos manos, reta al toro que tiene toda su fuerza y bravura, y en el quite despliega la capa, y se llena de toro… y la suerte de las banderillas, colocadas en todo lo alto por Baquero, salpica de sangre y coraje el traje de luces, el hombre que reta la muerte y hace el delirio de las barras, porque como dice González Climent, en el prefacio de la obra poética de Federico García Lorca, “en toda la liturgia de los toros auténtico drama religioso donde de la misma manera que en la misa, se adora y sacrifica un Dios”… Aquí está la crónica. 

            “Por fin la afición cumanesa pudo lograr una corrida de toros en la que sobraron todos los ingredientes para que resultara un festejo de lujo, o sea, toros grandes, bravos y poderosos, y toreros artistas y valientes.

            El debut de “Granero de Caracas” resultó lo que no esperaba el público: un éxito formidable, a todos los toros que pisaron el ruedo. Cruz Duque, con el capote y con la muleta, les hizo cosas maravillosas. En el primero, ya el público se dio cuenta de que había todo un torero en la plaza cuando vieron dibujar aquella serie de verónicas, templando y mandando como un verdadero maestro, y puso fin a esta faena con dos medias verónicas de marca “AS” y una larga afarolada, canela fina; el ruedo se llenó de sombreros y la charanga dejó oír sus sones en honor del valiente torero caraqueño.

            El último toro fue lidiado por gaoneras y verónicas magistralmente; al cambiar el tercio, coge “Granero” un par de los de seis pulgadas y citando al toro, cerca y valiente, coloca un par en todo lo alto, que le valió una gran ovación. La muerte de este toro la brinda a nuestro culto Primer Magistrado e inauguró la faena con un paso por alto con las dos rodillas en tierra, luego un natural y uno de pecho que le conquistaron una gran ovación: sigue con molinetes, pases de pitón, y se adorna agarrándole las orejas a su enemigo. Ovación de las grandes, sombreros; iguala y entrando como mandan los cánones, agarra una estocada buena, luego otra y finiquita con una soberbia estocada en todo lo alto.

            Párrafo aparte merece el consciente banderillero “Barquero”, quién toda la tarde estuvo oportuno e incansable; en el primero puso tres pares de banderillas por la que, merecidamente, le tributaron tres ovaciones, y en el segundo y el tercero, dos de la misma marca, que resultaron sencillamente monumentales.

            Resumen, se presentaron en Cumaná dos toreros modestos, sin pretensiones de fenómenos y en menos de una hora, a fuerza de voluntad se hicieron los amos de la afición. “Granero de Caracas” quedó consagrado como un verdadero artista que domina todas las suertes del toreo, y la Empresa probó y seguirá probando que en Cumaná hay ganado de lidia.

            El domingo matará Cruz Duque dos toros… P. Pito.


Los periódicos de Cumana anunciaban en grandes titulares.

FIESTA GRANDE DE TOROS EN CUMANÁ.

            El gran torero, ELEAZAR SANANES, llamado Rubito, fue el primer gran torero venezolano que triunfó en España y México. Cumaná, plaza torera de tronío, por donde pasaban los mejores toreros del mundo, también recibió en grande al gran Rubito. Veamos el comentario de la época.

TOROS EN CUMANA.  Plaza de gran tronío fue ésta en la época dorada de ELEAZAR SANANES –Rubito.  Para verlo torear se construyó el Nuevo Circo de Cumaná. En lo que es hoy la Urb. Santa Catalina. Él fue el gran torero venezolano de los años 20 del siglo pasado. Rubito, después de triunfar en Venezuela, paseó triunfal sus arreos por México, Colombia y España. Por Cumaná pasaron los grandes toreros de esa época como el gran Julio Mendoza.
El bisemanario “Sucre” saludó a Rubito, a su paso por esta ciudad, el 11 de julio de 1925, en estos términos: “SANANES” De paso para Ciudad Bolívar, a donde va a cumplir un contrato por tres corridas, fue nuestro huésped por breves horas, el valiente as de la torería de postín, Eleazar Sananes, torero de alternativa de la plaza de Madrid. Saludamos al simpático diestro venezolano, quien ha ofrecido torear dentro de poco en esta urbe.
“Eleazar Sananes, matador de toros, saluda atentamente al Señor Director del ilustrado Bisemanario “Sucre”, y le agradecería saludar en su nombre a la afición de este simpático pueblo y manifestarle su agradecimiento por la simpática manifestación con que lo ha recibido a su paso para Ciudad Bolívar. Anticipa a Ud. las gracias y mande como quiera a su   SS. S.
       
Como en efecto Rubito se presentó en Cumana el 29 de agosto del mismo año, y el cronista Q. Chares, con aquella gracia andaluza que lo caracterizaba, publica la crónica taurina  del encierro que le tocó al valiente Matador, dice entre otras cosas: “19 toros, pero no “sutes” ni “mautes”, son toros de verdad, con unos cuernos horrendos; gordos como el premio de Navidad de la lotería de Madrid; grandes como rascacielos de Neoyorquinos; descansados, reposados, como capitalistas que almacenan café varios años para venderlo a mejor precio; bravos como un chino sin arroz por una semana o como un ciego prendiendo un cohete.
        Este hermoso encierro sería digno lote para el califa Rodolfo Gaona, y representa para la empresa la no despreciable suma de CUATRO MIL BOLÍVARES...”
¡Qué tiempos aquellos!
 
        Y al ruedo Q. Chares, lo vio así: “sale el primero. Negro como cualquier boxeador criollo: nerviosos de cascos; apretado de carnes y dos desarrolladas agujas en la cabeza, por supuesto. Los peones le dan sus carreritas de entrenamiento. Eleazar abre el percal y oye los primeros aplausos con una media verónica, dos pases valentísimos y remata con un vistoso recorte. Tocan a rehiletear. Manforte, después de una artística preparación, prende dos zarcillos monumentales. Aplausos. Rubio chico pleno de fervoroso estímulo, clava un par soberbio. El clarín ululaba el último tercio y el catire desplegando la flámula roja, se va hacia el toro y le propina, con bastante salsa torera, dos pases por lo alto y otros por lo bajo. El bicho se torna goloso y achuchó de cerca al matador. Manforte, oportuno, hace un quite magistral. Cuadra al astado, y el josefino alarga el brazo y deja una estocada hasta la cruz, que tumba.”
        Esta trascripción de una página del pasado es más que una crónica de lo que era una tarde de toros en el “Cedral de Manuel Fuentes” como lo llamó Andrés Eloy,


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No. 65.-
 EL DUELO ENTRE CHALBAUD Y EMILIO FERNÁNDEZ.


EL FALKE. La novela de moda en Venezuela, ha batido record de ventas, nos trae una versión discutible de la participación de Pedro Elías Aristeguieta en la ejecución de los planes de la invasión, sin embargo, este asunto lo trataré en otra oportunidad.

Aun muchas personas continúan hablando y escribiendo sobre el reto a muerte que habrían escenificado, en el puente Guzmán Blanco, en medio de la refriega, los generales Emilio Fernández y Román Delgado Chalbaud, en el cual ambos murieron, el 11 de agosto de 1929, a las 5 AM.

 Según versión de Tranquilino Saud, cronista de Cumanacoa, a Fernández lo mató un teniente de apellido Castro, que avanzaba al lado del general Doroteo Flores; y a Chalbaud, lo mató un indio Guaiquerí que le disparó desde un frondoso samán, desde el cual vigilaba sus pasos, al otro lado del río.

En la noche del 10 de agosto el general Emilio Fernández, le habría dicho al bachiller Ángel Bustillo, según su propio testimonio, que los expedicionarios desembarcarían por Puerto Sucre al otro día, avanzarían por la avenida Bermúdez, y él los esperaría bien apertrechado, de este lado del puente.

 Le agradecería que lo buscara a esa hora frente a la farmacia de Giral, frente el Tamarindo. Allí estaría con 40 hombres bajo el mando del General Tobardía para derrotar a los insurgentes. Agrega Bustillo, que se retrasó un poco y al llegar al sitio indicado no encontró al general Fernández, pero lo buscó en medio de la refriega y lo vio sentado al lado de la muralla frente al viejo mercado.
El general le dijo: “Doctorcito, cósame este botón que me prendieron”. El general no se percataba de la gravedad de la herida, porque exteriormente no veía nada, sino una pequeña mancha de sangre sobre la camisa, cuando Bustillo lo examinó se dio cuenta enseguida del daño que le había causado el disparo. Varias personas, entre ellas la Srta. María Salas Gómez, según contaba ella misma, y en su vestido había manchas de sangre, lo llevaron en una camilla a la casa de su compadre, don Manuel José Malaret, en la calle Cantaura, donde falleció ipsofacto. Los cuerpos de Delgado Chalbaud, Armando Zuloaga Blanco, y 50 hombres de ambos bandos, permanecieron muchas horas a la intemperie, los heridos fueron a las casas vecinas, donde recibieron atención por parte de los médicos y de las familias cumanesas. Pedro Elías llegó a Cumaná a las 11 AM.; ya no había nada que hacer allí, no se ha podido explicar los motivos del error; pero el día 13 de agosto unido a Pánfilo Castro, derrotó a Tobardía en la plaza Ayacucho y tomó la ciudad.


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No. 66.- 
                                   

DON ALEJANDRO VILLANUEVA


Cuenta este ilustre personaje de la picaresca cumanesa, un pasaje de la vida de una memorable lavandera de su infancia; relato publicado en el periódico de don Federico Madriz Otero, “La Constitución” No. 28 de fecha 23 de julio de 1908.    Veamos:

“Allá por los años mil ochocientos setenta y tantos, cincuenta y dos años de la Independencia y ninguno de la Federación, porque aún se escuchaban las dianas de los campamentos y el silbar de las balas de los combates de aquella magna y sangrienta lucha, vivía en la arruinada calle de El Baño, hoy de Mariño, una mujer a quién sus amistades llamaban Águeda la Gamboa, pero cuyo nombre de pila y agua era Águeda Benítez.
Abro un paréntesis. Mi madre me refería que la calle del Baño fue antes del aciago terremoto del 15 de julio de 1853, el “rendes- bous” de la juventud de buen tono de aquella época y de los hombres más notables en la política, las ciencias y las leras. Digo esto para lamentar ahora como han cambiado los tiempos: el terremoto primero y después el abandono y la indiferencia de todos, han consumado la ruina de esta calle, por no decir de esta ciudad.
Cierro el paréntesis, y va de cuento.
            Conocí a Águeda: tenía yo de seis a ocho años de edad y ella la friolera de sesenta y pico. Era una mulata alta y robusta, de musculatura pronunciada y firme; tenía cara de pocos amigos, pero en el fondo era afable y de buen corazón; su voz era un poco gangosa pero fuerte y tonante; vestía regularmente de enaguas de cintura, unas veces glaucas y otra polícromas, cuyas enaguas dejaban ver el escote de su túnica siempre intocada e impoluta y bordad o entretejida a la moda de entonces. Su rosario engarzado y su vistoso pañuelo de Madrás en la cabeza a manera de turbante no le faltaban nunca.
Águeda era lavandera, pero no de “tusa y pepitonas” como las de ahora, sino lavandera que empuñaba el jabón y comprometía los puños para hacer buenas obras. Tenía dos hijas; una llamada Adona y otra Petra, que aún vive. Esta gente eras toda muy buena, y gozaba de general estimación entre sus amistades. Mi madre las distinguía mucho, porque como ella era pobre, gozaba de simpatías en las filas de los abatidos por la desgracia. No hay cosa que una más estrechamente los corazones que la identidad en la pobreza y el infortunio.
      Águeda visitaba diariamente a mi madre, entre la una y las dos de la tarde cuando se dirigía al Manzanares. la veíamos todos al entrar a nuestra modesta habitación a echar antes un párrafo. S esa hora, mi madre ya acostumbrada a recibir tal visita, la esperaba sentada en un ture muy cómodo que había en casa.    Águeda llegaba, efectivamente, con la ropa en una batea que cargaba en la cabeza. Luego con un movimiento característico, colocaba la batea a su lado. Se arrellanaba a la bartola en el suelo y comenzaba a dar rienda suelta a su acervo de noticias.
--¡Águeda!... ¿Cómo que traes muchas cosas nuevas? - Prorrumpía casi siempre mi madre.
--Pues, has de saber, Rosa… Que es cierta la derrota del General Acosta en Río Caribe; y el triunfo de Pedrito Vallenilla, y la muerte de Narvarte. Por eso…  ¿Tú no oías esta mañana a la niña Carmelita como echaba sapos y culebras contra las guaricongas del vecindario, y decía que era necesario darles látigo?  ¿Tú no escuchabas a la niña Rosarito…? Y cuando Águeda consideraba que lo que iba a decir podía considerarse algún perjuicio a ella o a su familia, suspendía su narración y terminaba con esta frase que se hizo proverbial entre sus amistades: “Cállate, boca, que después pagan Adona y Petra” …
           

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No. 67.- 


ANÉCDOTA CONTADA POR LUIS GERARDO GONZALEZ, 
ENVIADA POR ANICK LÓPEZ.


En efecto la fotografía de una ballena que se varó y murió en el Bajío que existe frente a la enlatadora ¨La Gaviota¨ de Cumaná, propiedad de José Camino, hermano de Alí Camino (personaje de a picaresca cumanesa).

Esa fotografía la tomó Gerardo González -padre- el año 1959, después de la caída del General Marcos Pérez Jiménez, Presidente de la República de Venezuela; y era, en ese entonces, gobernador del Estado Sucre, el ilustre y famoso jurista, Eloy Lares Martínez.

Como aquello era un episodio inusual y una atracción. El pueblo acudió en tropel y quería verla, mas no podían por lo distante que estaban de la orilla de la playa; entonces, José Camino, se puso de acuerdo con el gobernador, para que remolcaran la ballena, y la llevarán hasta Puerto Sucre, en donde podía ser exhibida.

Alí Camino, dice Luis Gerardo, me contó, que la ballena fue remolcada con una lancha de la compañía, y el animal quedó ubicado en la punta del muelle de Puerto Sucre. Ese día anunciaron, que el gran cetáceo, estaba siendo expuesto al público, para que lo viera todo el pueblo. en Puerto Sucre.

La convocatoria fue de un éxito total, al extremo, que la gente se aglomeró en el extremo del muelle y prácticamente no dejó espacio ni para hacer una buena fotografía donde saliera el gobernador;  y por supuesto, las personas que habían colaborado, para llevar al animal hasta ese sitio; y al que estaba representando a la gaviota Alí Camino.

El fotógrafo era Félix Moreno, a quien llamaban “Turrón Volado”, Moreno utilizaba como casi todos los fotógrafos de aquella época, una cámara con el visor por encima de la misma, una 6 x 6, siendo una de las más famosas la
Roleiflex.

A la ahora de hacer la fotografía, Alí Camino, con voz estentórea,  le pidió al pueblo,  allí  aglomerado: que si querían retratarse  junto al gobernador, que se acercaran y así lo hicieran, ante aquel llamado a la multitud, que corrió prácticamente, en estampida; buscando el puesto más cercano al gobernador para salir en la imagen,  y aquel momento fue de tanta locura y desenfreno que prácticamente se convirtió en una turba, y empujaron al gobernador, junto con Alí Camino y otras personas, cayeron al agua desde lo alto del muelle, junto con aquella cantidad de personas, e incluso, algunos cayeron sobre la ballena, la cual comenzaba a despedir desagradables
olores.

De inmediato se iniciaron las labores de rescate, para volver a encaramar o trepar, por cualquier medio, a las personas desde el mar para arriba del muelle; y mientras subían al gobernador, quien para la ocasión vestía un hermoso traje de lino blanco, y su respectivo sombrero. Cuando Alí camino vio cómo trataban de levantarlo, chorreando agua; y aquel sombrero totalmente empapado, pues, lo único que se le ocurrió, fue soltar una carcajada y comenzarse a reír sin parar, y de igual manera los que habían caído al agua junto con el gobernador.

El gobernador se calentó y mandó a meter preso a don Alí, junto con otros graciosos, quienes con sus carcajadas le habían ofendido en su honor. A las pocas horas fueron puesto en libertad, por supuesto por la mediación de José Camino, mientras que las imágenes del fotógrafo Moreno, hubiesen quedado para la historia si no se le hubieran confiscado.



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No. 68.- 

 ANÉCDOTA DE DON ARISTIDES ROJAS


EL PRIM4EER BUQUE DE VAPOR EN LAS COSTAS DE PARIA


Cuenta Don Aristides Rojas en su obra “Leyendas Históricas de Venezuela que “Corrían los días en que Bolívar después de prolongados años de sacrificio y de desventuras por la emancipación de Venezuela alcanzaba triunfos brillantes en las pampas del Apure y del Arauca. En este entonces fines de 1818 llega a las costas de la isla Inglesa de Trinidad, frente al Golfo de Paria, el primer bote de vapor que iba a recibir los saludos del Continente Americano en las costas orientales de Venezuela El primer ensayo de Fulton en las costas de la América española no podía efectuarse sino en el delta del Orinoco en el célebre golfo que vio zozobrar la carabela de Colon y donde la tierra y aguas y papas y cordilleras soles y estrellas cantaron “hosanna” al descubridor del Nuevo Mundo

El gobierno revolucionario de Angostura se ofreció a secundar esta primera empresa de comunicación rápida entre el Orinoco y las costas de Trinidad empresa que por el pronto solo exigía veinte novillos gordos y baratos como carga y el combustible necesario para alimento de la maquina El bote de seis millas y media por hora salvando en tres la distancia que antes exigía nueve suceso que hubo de llamar la atención de toda la comarca Refiérese a esta época el hecho de que cuando el Gobernador de la Trinidad Señor Wooffor paseaba en el bote de vapor las aguas de Paria y salía de Rio Caribe una goleta con pasajeros que iban a la vecina isla los tripulantes al encontrarse con el monstruo flotante como llamaron los guaiqueríes y parias al bote y ver las ruedas que cortaban las olas y la chimenea de la cual salían en confusión espesas bocanadas de humo gritan se desesperan claman misericordia. Los unos acuden en su dolor a la Virgen de su Devoción otros a los penantes protectores de los marinos y creyéndose perdidos se lanzan al agua y con rapidez ganan a nado la costa no dejando a bordo sino a un pobre cojo que por no poder huir se resigna a ser víctima del monstruo marino El gobernador Wooffor testigo del suceso tan imprevisto viendo abandonada la goleta la hace remolcar por el bote y la conduce a la casa consignataria de Trinidad.   Refería el cojo que cuando la tripulación de la goleta vio de cerca el monstruo fue tanto el pavor que este le infundiera que el mismo olvidándose de su conjera iba a lanzarse al agua cuando cayó y no pudo levantarse; tal fue la impresión que entre los descendientes de los primitivos parias produjera el primer bote de vapor en las costas de la América del Sud.


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No. 68.-

 MARCO TULIO BADARACCO BERMÚDEZ


            Contaba mi padre que, en la segunda década del siglo XX, vino a Cumaná invitado por la Sociedad Patriótica Ayacucho, el poeta Otto de Sola, el último parnasiano que tenía porte alemán, era un catire de elevada estatura, cabellera leonina, con un vozarrón que hacía temblar al público, y por supuesto no necesitaba micrófono. El poeta inspirado le entregó a nuestra sociedad un recital de antología en el Teatro González, todo mundo concurrió y lo aplaudió a rabiar, leyó sus textos de “La Civilización”, con acentuada voz, muchas veces encendida y apasionada, y otra murmurante, como cascada de agua tibia. Fue un éxito que se inscribió en los fastos de la historia.
            Luego del recital el poeta fue asediado por los periodistas, los principales entrevistadores de esa época eran Humberto Guevara y Marco Tulio Badaracco Bermúdez, mi padre, que por supuesto me contó esta anécdota. Además de los fablistanes se acercaron los intelectuales: Ramón David León, Los Aristeguieta, Los Berrizbeitia, los hermanos Ramos Sucre, que estaban en Cumaná, Dionisio López Orihuela, el Dr. Badaracco, el Dr. Ponce Córdova, Joaquín, Agustín y Eliso Silva Díaz, y pare usted de contar.
            Todo era cordialidad y risa, entonces De Sola, preguntó por el poeta Ramón Suárez, y agregó, -siempre leo sus poemas, me agradan, porque tienen algo de mi estilo: –Quisiera conocerlo, saludarlo y expresarle mis sentimientos-
Se produjo un silencio cómplice y alguien dijo –Espere poeta, que se lo voy a buscar- Al cabo de un rato, apareció Ramón Suárez, le abrieron paso entre la concurrencia; y allí estaba, menudito, sonriente, sus ojos brillaban de picardía, expresó con tímida voz –yo soy Ramón Suárez-. El poeta De Sola tronó- ¡Usted es Ramón Suárez! –Sí, yo soy-, y regocijado, agregó- ¿Usted creyó que iba a ver un catirote, no es verdad?
            Todos celebraron aquel encuentro. De Sola abrazó a Ramón Suárez, y luego recitó dos de sus bellos sonetos, con aquella voz solemne de barítono:
Me obsesiona lo bello, lo artístico y pagano
Los ricos terciopelos, el oro, los brillantes’
Yo hubiera sido conde o príncipe africano
De haber nacido un siglo, o medio siglo antes.
Amo las; pompas regias; amo el gesto galano
De dos lirios de carne, escondidos en guantes;
Al torero que deja, con la capa en la mano,
La emoción en las almas, los senos palpitantes.
Mis anhelos de lujo los realiza cualquiera
Que resista el mordisco, si lo muerde la espera,
Que atesora en la mente un millón de ilusiones.
Yo tengo el alma siempre a la espera atenta,
Y si este afán de galas no lo suple mi renta,
Me hago en cualquier día Capitán de Ladrones.

            Entonces, Humberto Guevara, en tono jocoso dijo: Los sonetos de Ramón Suárez, la copia de Lope de Vega. 
Ramón Suárez no se quedó atrás y le ripostó, -y sí tú sigues con tus pitorreos, vas a escribir detrás de las rejas… Ellos continuaron entre dimes y diretes y Humberto terminó la fiesta con estas décimas, pesadas, pero entre poetas todo pasa.
                        Con tu peinado a lo eterno
                                      Y tu color azabache
                                    Te pareces a un remache
                                    De las pailas del infierno.

Todo terminó en una fiesta ofrecida por el general José Garbi a la sazón presidente del Estado.
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No. 69.- 

Publicada por el DR JOSÉ MERCEDES GÓMEZ CRONISTA DE CUMANÁ (Publicada por Cayetano de Carrocera en “Historia de la Nueva Andalucía”)      
El suceso que tiene ribetes de comedia fue el siguiente: Se encontraba, para la fecha mencionada (1766), residenciado en Cumaná el médico francés Francisco Cabrillac de Fontaine.  
Su presencia hubo de ser muy apreciada en la ciudad puesto que fue recibido muy bien en los círculos de la aristocracia criolla y frecuentemente solicitado para consultas profesionales.  En medio de este ambiente elitesco conoció a una bella criolla hija de uno de los más connotados representantes de esa aristocracia provincial.  Don Luis Beltrán García de Urbaneja.  La señorita Urbaneja, de nombre María Rosario y el médico francés se enamoraron, con gran disgusto del aristócrata criollo, quien se opuso tenazmente al matrimonio aduciendo que la profesión de médico, no era digna de personas nobles, a pesar de la intervención de algunos cumaneses amigos, incluyendo al Pbro. Alcalá
Por esos días llegó a Cumaná el Obispo Martí, quien de Puerto Rico iniciaba su visita pastoral a los Anejos Ultramarinos,  nombre con el cual se designaban las posesiones de tierra firme dependientes en lo religioso del Obispado de Puerto Rico En conocimiento del Obispo Martí de lo que estaba sucediendo,  y de acuerdo con la primera autoridad eclesiástica de la ciudad,  el padre Antonio Patricio de Alcalá, decidieron realizar el matrimonio a escondidas del señor García de Urbaneja En efecto, por la noche,  la novia en conocimiento y aceptación de lo tramado, extendió su mano por entre los barrotes de una ventana que daba hacia el callejón, que separaba su casa,  del convento de Santo Domingo. Tomó la mano del novio y sujetándola fuertemente, luego el Obispo Martí les impartió su bendición, figurando como testigo el Pbro. Alcalá. Gracias a este bondadoso sacerdote pudo realizarse el matrimonio 
Impuesto en la mañana siguiente el padre de Dona Maria del Rosario Urbaneja de Cabrillac de Fontaine, acudió a protestar ante las autoridades eclesiásticas El Obispo, le respondió tranquilizándolo, según el precepto evangélico, lo que Dios une en la tierra no puede deshacerse jamás.

ANECDOTAS DE CARÚPANO

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No.70



 ANECDOTAS TRADICIONALES CONTADAS POR RAQUEL BRITO DE GODOY


1º.- LA DONA PIANGENTE

Como sabemos y lo dice la autora estas anécdotas se repiten casi al dedo en todas partes del mundo como son La Llorona El Caballo sin Cabeza El Ahorcado El Sapo El Encantado o Los Encantados del Rio que es el título del primer libro del poeta Jesús Torres Rivero todas estas anécdotas con agregados particulares en cada pueblo como veremos en la versión de la encantadora carupanera Doña Raquel Brito de Godoy en su libro “Evocaciones de Carúpano” Veamos

“Es verdaderamente sorprendente como los mitos y las creencias populares se suceden y trasmiten por casi todos partes del mundo y aunque tengan diferentes calificativos en ellos casi siempre aparecen los mismos personajes.

 Cuando yo vivía en Italia tuve una cuoca (Cocinera) a la que le fascinaba relatar e inventar historias y para hacerlas más creíbles eran corroboradas por otra empleada quien juraba que era cierto lo contado por la Julia que así se llamaba la cuoca

Ella contaba que la “Dona piangente” (equivalente a nuestra Llorona o Chigüira) salía en las noches en que no habia luna llena y recorría todo el pueblo llorando a un hijo que ella misma habia asesinado Como castigo a tan infame delito Dios la habia condenado a llorar su hijo y a deambular por el mundo a través de los siglos decía además que otras personas que circulaban por una carretera cercana a Roma también habían visto a una mujer alta de traje blanco que lloraba lastimosamente y que cuando se detenían a averiguar que le sucedía a esa mujer esta mostraba el rostro en llamas o simplemente se esfumaba sin dejar huella alguna. Los viajeros daban fe de la extraña figura que habían visto y erran presa de un miedo aterrador. Esa misma historia se repetía en todo aquel país También en España oí lo mismo pero contado en una versión distinta.

Resulta entonces que aquí en Venezuela el cuento de la Llorona ha recorrido todo el territorio, pues es un personaje al que se le reconoce y menciona en todas las regiones como son los Andes, los Llanos, el Centro y el Oriente

     Personalmente nunca tuve esa experiencia, pero los mayores nos decían que después de las 9 de la noche no se debía permanecer en la calle, pues la Llorona podía aparecer de repente y quemarnos con su candela.

            También nos contaban acerca de la presencia que recorría las calles de la ciudad arrastrando unas cadenas, las cuales hacían bastante ruido. Así mismo habia otra historia muy singular, bastante bien difundida en aquellos tiempos, que llevaba por nombre “El Ahorcado del Maco de Macarapana”. Ese Maco era un robusto árbol de grueso tronco y alta copa, quizás centenario, un impresionante y admirable guardián de nuestro querido e inolvidable Rio Chuare, que creció en una de sus márgenes, en un vado muy cercano a la población de Macarapana. Por su robustez y edad el nombre de este árbol era utilizado como punto de referencia para cualquier orientación.

            Así pues, resulta que existía una versión popular mediante la cual se contaba que un señor de la región que era aficionado al juego, habia apostado mujer y hacienda, en una jugada, resultado perdedor. Cuando los ganadores de la partida fueron a cobrarle no pudieron pasar del Maco, porque de una de sus ramas pendía el cuerpo sin vida del infortunado jugador. La noticia de tal suceso se extendió de inmediato, mucho más allá del pueblo; y la gente humilde, que lo habia conocido, acostumbraba acercarse al pie del árbol al caer la noche, y le prendían velas que llevaban al efecto. Como este espectáculo no era muy agradable, la gente del lugar restringió el paso por aquel lugar a partir del momento en que empezaba a anochecer. Con el tiempo esta historia se fue extendiendo poco a poco, de boca en boca y al final, casi se convirtió en una novela”


2º.- DE LA MISMA CARUPANERA ALGUNOS PERSONAJES POPULARES DE CARUPANO.

En todas partes del mundo sobre todo en los pueblos interioranos siempre existen personajes singulares que la gente toma como modelo para inventar cualquier chiste y achacarlo a dichos personajes, pero sin ánimo de ofenderlos 

Estos personajes son por lo general individuos inofensivos que por los escasos recursos económicos de sus familias o alguno que otro defecto congénito no pudieron gozar de los privilegios de otras personas a quienes la naturaleza creo completamente normales Por tal razón sintiéndose una carga para la familia optan por salir a la calle a pedir cualquier cosa sin ser agresivos Recuerdo el caso del loco Chelo un personaje que visitaba diariamente el templo de Santa Rosa y estaba pendiente de las procesiones para prestar su ayuda cargando las imágenes era seguro encontrarlo hablando en su “media lengua” con la imagen de Jesús Nazareno  Sin duda era un ferviente católico y jamás hizo daño a alguien

También recodamos a Pedro Picón este si era una persona normal que cuidaba las plazas, pero a veces actuaba agresivamente contra los muchachos y siempre cargaba los bolsillos llenos de piedras destinadas a quien los llamara “Pedro Picón” No sabemos a ciencia cierta cuál era su apellido siempre andaba vestido de traje limpio y cargaba su sombrero Algunas veces reaccionaba furiosamente contra las personas de quien sospechaba que lo iban a llamar Pedro Picón

Una debilidad si tenía y eran las niñas él se ubicaba casi siempre a las puertas del templo de Santa Rosa y cuando veía venir algunos muchachos se escondida tras la puerta mayor y las llamaba para ensenarles un pajarito pero el tal pajarito eran sus partes íntimas pero como ya se conocían sus manías las señoras mayores entre ellas  Belén Guerra Lolita Lyon Matilde Capdeviela nos alertaban sobre su presencia Así es que cuando veíamos al señor Pedro Picón entrabamos por la puerta contraria a la de donde él se encontraba y cuando nos hacía señas no le hacíamos caso sintiéndose ignorado se alejaba


No. 71.- ANÉCDOTA DE CAYETANO MARTINEZ  

Otro personaje popular en Carúpano en esa época era el señor Cayetano Martínez más conocido como “Tatano” quien pertenecía a una distinguida familia pero monto tienda aparte y formo la suya Se distinguió por su bien educada voz de tenor y se lucia con su canto en las procesiones religiosas acompañado siempre por los músicos Él tenía una manía muy peculiar pues siempre andaba vendiendo alguna cosa por ejemplo ofrecía una prenda por Bs 200 o 100 y terminaba vendiéndola por Bs 5 o 10 Realmente era muy educado (Nota mía Si no le regateaban el precio no la vendía)


 No.  72.- DOS ANÉCDOTAS DE NICHO BELLORIN   

El personaje más conocido y popular de esa misma época era Nicho Bellorin a quien apodaban “Nicho Tibiera” porque de nada se picaba y además era un hombre sumamente impaciente Hay cientos de chistes atribuidos a él los cuales causan hilaridad a quienes lo conocieron y a los que los leen o escuchan, sin embargo en el fondo fue un hombre muy servicial y leal. Este señor era muy trabajador y hacia cualquier cosa con tal de ganarse el pan.

Los jóvenes cercanos a él conociendo el carácter irascible de Nicho se las ingeniaban para molestarlo y luego reírse a su costa. Un día Nicho resolvió vender “Snow ball” (raspado o cepillado) como le dicen en Carúpano. Hizo su mesa buscó sus botellas; preparó jarabes dulces de cinco especies y sabores, perro no preparó jarabe de tamarindo.   

Muy orondo cargo con toda su logística y montó su negocio en una esquina muy conocida de la ciudad, esperanzado en vender todo el producto; pero ya los muchachos de la pandillita, conjurados, estaban avisados del negocio de Nicho, y le montaron guardia. Primero mandaron un emisario para que tomara nota de los sabores que Nicho iba a vender.  Supieron que tenía de coco con papelón con azúcar, frambuesa, guanábana, limón, níspero;  pero no tenía tamarindo.

Pasado un rato, llegó el primer cliente y el segundo, y pidieron su Snow Ball y fueron servidos;  y Nicho, contento porque habia comenzado bien;  pero luego los clientes se fueron distanciando, y ya Nicho daba muestras de impaciencia. Después de observar la actitud del vendedor, la cuerdita de muchachos, reclutaron algunos dispuestos a respaldarlos en su travesura, para que fueran donde el raspadero y le ordenaran un raspado de Snow Ball de tamarindo. Así lo hicieron como cuatro veces y Nicho, muy molesto, ofrecía de mal humor, lo que tenía,  y argumentaba agritos destemplados:  “!Bueno!… Es que están preñaos,  lo que quieren tomar es tamarindo?  Pues no hay….Aquí hay de todo:  Níspero, coco, frambuesa… de todo…  ¡ah!... pero quieren tamarindo, pues no hay”

Así pasó como hora y media, y habían pasado cinco personas pidiendo tamarindo. La paciencia de Nicho no soportaba más. La calentura iba a estallar. Así pués,  cuando llegó el siguiente cliente y pidió tamarindo, cogió las botellas de jarabe y las lanzó contra el suelo, el hielo lo zumbo con rabia, y a la mesa y  el  carrito,  les dio de puntapiés, los desbarató,  y luego sacó una navaja “pico e loro” y grito,  que habia una conspiración contra, él y que dieran la cara como hombres, como machos; y no se escondieran como gallinas.   La muchachada salió corriendo y se perdió en la lejanía

Un día Nicho se puso a hacer una silla bien bonita Corto su madera  la lijo encolo y pinto su silla  al fin iba a ver su trabajo terminado ya era tiempo porque la sillita se las traía  Cuando la silla estuvo lista  Nicho saco la cuenta de lo que habia gastado y llego a la conclusión de que le hubiera salido más barata si la hubiera comprado hecha  pero bueno  ya estaba lista

Cogió su silla y con un poco de rabia por lo que habia gastado la llevo a la salita de su casa y se sentó en ella para estrenarla  ¡mala suerte! La silla cojeaban y Nicho pensó ¡Lo que faltaba!

Cogió la silla la volteo le midió las cuatro patas y serrucho la pata que echaba bromas luego volvió a voltearla y se sentó nuevamente y de nuevo la silla cojeaba Nicho un poco impaciente pero pensando que era cosa de medir bien volvió a medir la silla serrucho de nuevo y se volvió a sentar en ella y nuevamente cojeaba pero del otro lado ya con rabia respiro hondo y cogió la silla la voltio midió y serruchó otra vez A estas alturas la silla se fue achicando y ya solo servía para un niño Cuando Nicho voltio la silla para probarla nuevamente la silla cojeaba de las cuatro patas y además era muy chica para el entonces monto en cólera y cogió un machete y convirtió su obra de arte en Lena para el fogón de su cocina y luego viéndola arder le dijo ¡Cojea ahora cono de tu madre!       



No. 73.- ANÉCDOTAS DE RÍO CARIBE CONTADAS POR SU CRONISTA OFICIAL JESÚS MILLÁN PAZOS.

Las tres lochas

            ¡Cómo me gustaba escuchar los chismes que diariamente se contaban las vecinas que a las seis de la mañana se reunían en la cocina de mi abuela! Yo, hasta me metía en un cestón de ropa lavá, pa’escuchá la conversa.

            Un día escucho que una de ellas dice: ¡Mijitas!  saben lo de Carmen María.

Las otras dicen ¡No mijita! ¡Cuéntanos!  

Responde. ‘’Resulta que anoche, como a las siete, la encontraron con Pachico en la boca del río… Y parece que perdió las tres lochas…

Yo, un muchachito todo inocente, salgo de mi escondite y les digo. ¡Bueno!… En esa oscurana y en ese arenero a cualquiera a se le pierden tres lochas.
No bien había terminado de hablar cuando me cancharon un tremendo correazo por asomao.

Pero ese día, también se presentó la señora Chica, la mamá de Carmen María, paseándose en la cocina de mi abuela como buscando pelea. Decía: ‘’Que van a decir ahora ciertas personas, de que mi hija no tenía las tres lochas… y mañana se casa con Gervasio el de Loña.

Yo volví a salir de mi escondite y le dije: ¡Señora Chica!... Las tres lochas de Carmen María las tiene Pachico… Lo que tiene que hacer es pedirle que se las regrese.

Esta vez no fue un solo correazo sino tres.

Ahora resulta que Carmen María se casó con Gervasio y en la madrugada, la regresó porque no tenía las tres lochas.

Yo dije en voz baja si por no tener las tres lochas la regresa, si faltara un bolívar la mata…. Menos mal que nadie me escuchó

No conforme con el lio de las tres lochas de Carmen María, quise investigar más profundamente lo de ‘’las tres lochas’’ y me siento en la acera de la casa de mi abuela a meditar. En eso veo que viene la señora Teodomira con su batea llena de frutas en la cabeza. Se acercó a mí cariñosamente y me dio una banana madura y me preguntó: ¿Tu may está ahí? Sí, le respondí, pero enseguida le pregunto a esa pobre madre de ocho hijos: ¿Señora Teodomira, usted tiene las tres lochas todavía? Teodomira se volteó, me quitó la banana de las manos y me dijo: Pregúntale a tu madre… Ella tiene las tres lochas de ella…
Yo me quedé en el sitio…

        
No.74.-  OTRA DE JESÚS MILLÁN PAZOS.

El Chivo

            Los Riocariberos tenemos la mala costumbre de cambiar el nombre a las cosas por lo que muchas veces se mete uno en unos enredos de padre y señor mío. Vean un ejemplo de ello. Siendo yo un inocente muchachito escuchaba que las señoritas de la casa y en general las mujeres vecinas decían: Ya fulana se desarrolló, le llegó el chivo.  O si no decían, zutana tiene el chivo. Yo observaba que cuando decían eso la que tenía el chivo presentaba los siguientes síntomas: dolores como de barriga, se la pasaba acostá, no se podía serená, no se podía bañá, no podía come lechosa, patilla, piña y mucho menos aguacate porque se le ponía hedionda, le ponían la hoja ‘’Quita Dolor’’ con aceite alcanforado caliente y no podía poner los pies en el suelo.

            Un día observo yo que una de mis tías presentaba todos esos síntomas y estando sentado solito en la sala de la casa llegó el novio de ella y me pregunta:

Chuchú donde está tu tía Santana?

Le respondo displicente ¡Está acostada!
  
Aquel hombre molesto y con cara de preocupación, casi me grita…

¡Qué pasa!… ¿Está enferma?  

 

Le respondí. ¡Bueno!… ¡Yo creo que ella tiene el chivo!...


Más vale que no hubiese hablado. ¡Mi tía que llegaba!!El pellizco que me dio, todavía me duele!
  
Entonces decidí por mí mismo investigar qué era eso del chivo. Me fui a la casa de la señora Jerónima que vivía a la subida del cerro ‘’El Toro’’, donde tenía muchos chivos.

De sopetón le pregunté

¡Señora Jerónima!...   ¿A usted le llega el chivo

La señora amablemente me respondió:

¡Ay si mijito… Yo los llamo tempranito y ellos me llegan todos…

Yo le repliqué… ¡No señora!... Yo me refiero al chivo, que enferma a las mujeres…

La señora se puso roja y me cogió con fuerza por el brazo y furiosa me dio una nalgada.  Me dijo: ‘’A tu abuela Pita Pita se lo voy a decir’’. Y efectivamente al otro día fue con el cuento y se lo dijo a mi abuela y también me dio otra nalgada, pero muerta de la risa.

Tambien había otro detalle que me interesó y era que las mujeres que tenían el chivo, bueno, muchas de ellas se amarraban un trapo en la cabeza, por eso me confundí con un señor que vivía cerca de la casa y que decían que era maluco. Felipe se llamaba, ese día tenía un trapo amarrado en la cabeza, se quejaba de dolores de barriga, tenía unas hojas de quita dolor (hojas de Salvia) amarradas con aceite alcanforado en la cabeza, estaba acostado en una camita de la sala de su casa. Pasaba pensando en el asunto y cuando lo vi así entré y le pregunté:

¡Señor Felipe!... ¿Usted tiene el chivo?

Ese señor era muy grosero, se paró como picado de avispa y entre palabrotas me dijo:

¡Mira muchacho asqueroso!… ¡Cómo se te ocurre que a mí me llegue esa porquería!… ¡Esa desgracia les llega solo a las mujeres!…  

Yo, tímidamente le repliqué: ¡Es que usted parece que tuviera el chivo!...

Me contestó más caliente todavía: ¡Quién tiene el chivo es tu May! ¡Anda pa’llá carajito!… ¡Dile que te enseñe a respetar!…

Otra vez salió a relucir la pobre Maricé por culpa mía.

Pero no quedó así la cosa. Una vecina nuestra, que llamábamos Pepa, señora ya mayor a quien quisimos muchísimo se presentó en la casa para ayudar a pilar el maíz, con la cabeza amarrada con un paño de mota y las infaltables hojas de ‘’Quita Dolor’’ calentadas con alcanfor y por supuesto quejándose de dolores de barriga.

Cuando la miro, indiscreto como siempre, le dije:

¡Pepa!... ¡Yo sé lo que tú tienes!...

Y ¿Qué tengo yo Chuchú

Le respondí: ¡El chivo!...

Esa mujer se volvió el Diablo. La mano pesada que tenía la Pepa de tanto darle al pilón me la descargó completica en las nalgas. Me sacó un grito que tenía en el trasfondo de mis miedos y me dejó aturdido, pero más interesado en el chivo.

Encima para despedirse la Pepa le dijo a mamá: ‘’Este niño necesita un escarmiento’’…  

Posteriormente me mandaron para Trinidad a estudiar y me instalaron en la casa de mi tía Chucha, allí residían seis señoritas estudiantes y en la casa de mi tía María Luisa residían otras cuatro, más mis primas Teresa y Lucía. Empiezo a observar que esas señoritas se bañaban todos los días, comían piña, lechosa, patilla y aguacate todo el tiempo, se serenaban todos los días, no se amarraban la cabeza y no usaban la hoja quita dolor ni tenían dolores como de barriga. Pensé, será que aquí no hay chivo. En ese afán le pregunté a mi prima Teresa,
que no hablaba inglés y se le había olvidado nuestra lengua:

¡Teresa!… ¿A ti no te llega el chivo?   

Me responde esquiva: ¡No Chuchú!…  ¡Aquí no haber chivo!...

Pero no me quedé con esa… Inquiero otra vez y vuelvo y le digo: Tere… Yo me refiero al chivo de mujer...

Teresa me respondió. ¡Oh sí!... El chivo mujer, ser igual al chivo hombre, pero el chivo mujer… Tener tetas.

No pude averiguar nada hasta hoy… y miren que lo he intentado…


No.75.- OTRA DE JESÚS MILLÁN PAZOS.

La Confesión de Faño 

Cuentan los viejos maestros en el cotilleo pueblerino de Rio Caribe, que por allá por el año 1919 llegó al pueblo un nuevo Jefe del Resguardo a quien se le conoció por nombre de El Capitán Tomás, que era admirado por hombres y mujeres del pueblo.

En el pueblo y en esos tiempos vivía también un personaje al que llamaban cariñosamente Faño, muy querido por que prestaba importantes servicios con un carro de mulas de su propiedad. Este Señor Faño también se ganó en poco tiempo la confianza del Capitán Tomás, porque lo atendía de todo lo que necesitaba, le hacia el mercado, le reparaba todas las averías de la casa y se daba el lujo de compartir la comidan y el café, en la intimidad de la familia.

Cierto día, el Capitán Tomás le confesó a Faño, que no todo en su casa era felicidad, que entre él y su bella esposa no todo marchaba bien, por cuanto en siete años no había tenido hijos.  Faño lo animó lo más que pudo y le dijo que él conocía una señora famosa en el cercano pueblo de ‘’Catuaro’’, que le podía resolver ese problema. Entonces el Capitán, que estaba desesperado, lo autorizó para tratar con la hechicera y le pagó para hacer las diligencias que fueren necesarias para curar a su mujer, porque peor era no hacer nada.

Anda amigo, le dijo, que grande será tu recompensa, ve a ver a la hechicera. Faño diligentemente salió de inmediato para ‘’Catuaro’’ y buscó a ‘’La Sacerdotisa de la Luna’’ que así se hacía llamar y esta lo atendió amablemente. Faño le contó todo lo que sabía de la bella esposa del Capitán Tomás  y ella le pidió algo que el Capitán hubiese tocado y Faño le entregó unas monedas. La mujer las empuñó y al cabo de un rato le dijo a Faño ‘’El hombre no puede tener hijos’’.

Después le vendió una botella y le explicó el tratamiento.   

Faño se apareció al otro día en Río Caribe con la botella y sus instrucciones. Faño le explico al Capitán, con lujo de detalles, todas las diligencias que hizo y su resultado. Traía las instrucciones escritas la botella que contenía un bebedizo, compuesto con ramas de distintas matas medicinales y otras sustancias secretas que solo la hechicera conocía;  y también trajo una cinta de color morado.

Todo lo entregó al Capitán como le dijo la bruja, y debía, le dijo que al cantar el gallo que tenía en el corral, a la media noche, él Faño procedería a amarrar la cinta morada en la cabeza de la señora, y acto seguido prendía una vela rezaba, el Credo Católico, le daba una cucharada de la pócima, le retiraba la cinta y la tiraba al mar, cuya orilla estaba cerca, tenía que tirar la cinta de espaldas al mar y sin mirar hacia atrás. Eso si el marido no podía estar presente, y volvería a acostarse con la señora, como una hora después de la operación.  

Todo el pueblo estaba informado hasta de los más mínimos detalles de este proceso. Efectivamente dos meses después de iniciado el tratamiento la señora salió preñada, lo que fue un acontecimiento intensamente esperado en el pueblo, pero las malas lenguas… ¡Dios mío! que nunca faltan en nuestro pueblo, comenzaron a murmurar, criticar y burlarse del Capitán;  y decir abiertamente que la barriga de la señora era de Faño.

El capitán sabía todo, pero se molestó, perdió el buen juicio cuando a su paso unos muchachos se pusieron los puños en la frente con los índices levantados. Entonces se decidió a enfrentar a Faño.  

Al otro día en la mañana el Capitán le pidió a Faño que lo acompañara a la playa de ‘’Cacaito’’, porque le habían denunciado que ahí habia un contrabando escondido y Faño sin sospechar de su amigo lo acompañó.  

Cuando llegaron a ‘’Cacaito’’ el Capitán desenfundó su revolver 38 Samih & Wilson cañón largo, y le dijo a Faño: ¡Ajá… ahora usted me va a confesar si mi esposa está preñada de usted!  

Faño temblando le juro, le rogó, y juró y perjuró que no tenía nada que ver con eso;  y le dijo, por su madre, que esas eran habladurías de las gentes, hasta que le ablandó el corazón al Capitán… y como ese día era Jueves Santo, el Capitán le creyó; pero le hizo jurar por el Nazareno, y Faño juró; de tal suerte, que el Capitán avergonzado a modo de arrepentimiento le dijo:  Está bien discúlpame,  me he dejado llevar de la gente. Ahora si te creo.  

Y emprendieron juntos el camino de regreso para Rio Caribe Al llegar al poblado el Capitán vuelve y le dice: perdóneme Faño por dudar de Usted y tendré que pedirle perdón también a mi mujercita, una mujer tan digna, tan linda, tan aseada y yo dudando de ella.  

Faño aprovechó el momento para decir:  Si es verdad mi Capitán lo único malo es que a ella le hiede mucho el sobaco. El Capitán sorprendido le contesta:  cónchale Faño si es verdad y que será bueno para eso. 

La respuesta de Faño fue:  ‘’Yo le echo a ella los cogollos de guayaba tierna. El Capitán se revolvió como picado de culebra, iba a sacar el revólver, pero Faño dándose cuenta de lo que dijo,  y  se había delatado, arrancó a correr cerro arriba y no apareció en Rio Caribe sino cinco meses después, cuando al capitán lo cambiaron para La Guaira, Riocaribero tenía que ser.       



No.76.- OTRAS DE LA LA CHISPA RIOCARIBERA


No 1 -

Hace algún tiempo vivía en Rio Caribe un telegrafista de aquella generación en la cual estos competían la jerarquía social con los maestros el señor Ramón Gutiérrez ciudadano muy atildado quién en sus conversaciones cotidianas le gustaba mucho adjetivar, y así utilizaba con frecuencia ‘’el susodicho’’, ‘’el mencionado’’, ‘’el referido’’

En una oportunidad en que un hijo suyo tuvo un pequeño altercado con otro joven, pidió que llamasen al representante de éste ante el Jefe Civil para resolver el caso.   En presencia de la Señora Madre del otro joven, expuso el caso en la siguiente manera: Mire señor Jefe Civil, mi hijo estaba ayer domingo paseando por la plaza Bolívar y sin querer tropezó con el hijo de la Señora aquí presente, de repente el susodicho hijo de la mencionada señora le dio un puñetazo a mi referido hijo en la sobreentendida plaza. 

El Jefe Civil, le preguntó a la señora demandada si tenía algo que decir, y la señora respondió: Si tengo. Ipsofacto el Jefe Civil le concedió el derecho de palabra.

Ella dijo con rabia: ‘’fíjese usted Señor Jefe Civil que el señor aquí ‘’de cuerpo presente’’ sigue ofendiendo a mi hijo llamándolo ‘’el mencionado’’ y yo tengo que decir aquí que mi hijo tampoco  es ‘’el susodicho’’ sino que es mi hijo legítimo y tiene su nombre propio si es hijo mío porque yo lo parí, pero el hijo del señor ‘’de cuerpo presente’’ que si es un ‘’mencionado’’, es un ‘’huevo cambiao’’ porque ‘’la susodicha’’ esposa del ‘’sobreentendido’’ telegrafista, le da cacho con un ‘’susodicho’’ que no es ‘’susodicho’’ sino que es Pablo Fermín. .  Ahí mismo se armó la Sampablera.      

 Al final los dos quedaron presos por falta de respeto a la autoridad.    


No 2 –

El humorista más celebrado de Río Caribe, en su tiempo fue el señor Luis Vicente Caraballo, al que todo mundo conocía por el sobrenombre de ‘’Desnudo’’.
  
Cierto día, el señor Vicente Caraballo fue citado por la Jefatura Civil por cuanto la señora Ana Fuentes, vecina de populoso suburbio de Rio Caribe, lo acusó de haber matado una puerca de su propiedad, atropellándola con un camión, que según afirmaba manejaba el mismo señor Luis Vicente Caraballo alias ‘’Desnudo’’.  
 
El día de la audiencia, abierto el acto por el jefe Civil, se les informó a las partes los pormenores del procedimiento.

Que resumimos así

Se escuchó primero a la señora Ana Fuentes, la cual expuso brevemente la violación de su derecho, que consistía en lo mismo que ya habia denunciado, o sea, que el Señor Desnudo que está aquí presente, con su camión, mató una puerca de mi propiedad, y vengo a reclamar el pago de la puerca sin incluir los danos y perjuicios que también me corresponderían.  
 
Una vez escuchada la demanda, el Jefe Civil dirigiéndose al acusado, lo interpeló de la siguiente manera diga el Señor Vicente Caraballo alias Desnudo si se declara culpable o inocente.  

Se produjo un largo silencio
Entonces el acusado, señor Caraballo alias Desnudo, se puso de pie se quitó el sombrero de cogollo y dijo

Con la venia de la sala, si tengo algo que decir Bueno,  yo si estoy dispuesto a pagarle a la Señora Ana su puerca pero le voy a referir como sucedieron los hechos por         que la señora Ana no dijo nada  Resulta pues que yo venía por la calle Guate Cochino con mi camión cargado hasta los tequeteques  y tiro la vista para el corral de la señora Ana y veo aquella hermosa puerca amarrada al pie de una mata echadita ella y me provocó pasarle por encima Entonces agarré el camión lo conduje hacia la puerta de la casa de la señora Ana salí por el patio y le pasé por encima a la puerca y la dejé muertecita.  

El Jefe civil que estaba a atento al discurso le dice a Desnudo ‘’Páramelo ahí eso no lo creo yo sería que la puerca andaba realenga por la calle y usted la pisó’’.  

Desnudo que esperaba esa reacción ripostó:  Señor Jefe Civil eso lo dice usted no yo.  

El Jefe civil dándose cuenta que había decidido el caso le dio un regaño a la señora Ana por querer manipular la justicia y la condenó a pagar la multa por tener animales realengos en la calle lo que estaba prohibido por la Ordenanza Municipal.    

Y después ya para despedirse les dijo a los contendientes vayan y arreglen sus asuntos en su casa y no vuelvan más por aquí.  

 
No.130.79.- ANÉCDOTA CONTADA POR EL PROFESOR ANDRÉS VELÁSQUEZ.

Reportado por: Luis Alfredo Rapozo

EL MUERTO DE MARIGUITAR.

En esa temporada de descanso, llegó el poeta Aquiles Nazoa manejando su Volkswagen recorriendo las carreteras del estado Sucre, para ver con su alma y su mirada absorbente el azul intenso de las aguas del Golfo de Cariaco y la belleza natural de la península de Araya. Cuando llegó a Marigüitar se hinchó de un sentimiento profundo-como lo dijo luego en su programa de TV, por el canal 5-, al respirar el aire oriental, envolvente de la vida arrullada sobre las orillas bañadas por las olas. Vio como los pequeños botes multicolores con nombres femeninos pintados en la proa, zarpaban en la noche, llenos del jolgorio de los hombres que buscaban el corocoro; el carite, la lisa… para alimentar a las humildes mujeres que criaban a sus muchachos dentro de una casa de bahareque con techo de caña amarga. Conoció el río Marigüitar bordeado de árboles frutales y también los ríos Golindano y Petare. Se sentó al pie de un cocotero frente al mar y allí tomó notas en su libreta para construir estrofas perfectas, llenas de costumbrismos amenos, que captaban el día a día de la gente. También comió pescado frito; gofio, probó la dulce agua de coco y se alegró con ron Florida. Y muchos dicen que fumó tabaco cumanés mientras fijaba su mirada en el horizonte azul. Tan solo un hecho doloroso lo despertó de su letargo observador al encontrarse una mañana con hombres y mujeres de luto, que llegaban de caseríos cercanos para asistir a la despedida de Juan Salazar hasta el cementerio: Era Juan un humilde pescador que dejó su vida entre las aguas del Golfo durante una tragedia en faena de pesca, cuando la Virgen del Valle estaba ausente. Así fue como se enteró que a Juan lo velaban en su humilde morada y pudo ver el cajón sencillo que guardaba sus restos, cosa que seguramente le llamó la atención. Los dolientes del muerto le lloraban inconsolablemente y también ancianas venidas de caseríos extendidos por la costa que no dejaban de verter su llanto y sus rezos de madres postizas. Adentro estaba Juan vestido con su franela multicolor de rayas horizontales, la cual usaba en sus noches de galerones y parrandas, bajo la luna, en rondas de pescadores mojados de ron: Solo esperaba su baile hasta el campo santo. Cuenta el poeta Aquiles Nazoa que cuatro pescadores fueron los que llevaron sobre sus hombros al compañero y que se podía escuchar un canto de dolor como galerón no escrito. Metido entre la multitud, caminando con su sensibilidad solidaria de hombre de espíritu comprometido con la vida, Aquiles llegó a escuchar de boca de sus compañeros, “que Juan esa noche estaba muy contento e incluso cantaba décimas palpitantes del sentimiento oriental” y también le decían “¿Quién iba a imaginar que lo perderíamos en pocas horas de una manera tan inesperada y aguas adentro?” Alguien llegó a decir “que la Virgen se lo había llevado”. El poeta estuvo allí entre la muchedumbre viviendo el suceso doloroso para los lugareños y nos dejó ese hermoso poema, que luego tuvo música y es un estandarte del folclore nacional.


No.80.- ANÉCDOTA DEL LIBERTADOR Y EL PADRE DE GIRARDOT…

En el mismo número publicó una anécdota que más bien es un evangelio. Fue publicado en el periódico peruano “El Telégrafo”, fundado en 1764 por Francisco Cabello y Mesa, y enviado a Cumaná con motivo del Centenario de Ayacucho. 

            La escena sucede en el Cuartel General del Libertador. Un anciano de aspecto noble, cabellos blancos, mirada chispeante, andar penoso y ya un poco inclinado por la inclemencia de los años, se desliza pensativo por aquellas galerías olorosas a pólvora y a rifles.

            Lleva de la mano a un jovencito de pocos años que apenas podrá sostener un fusil.  Y mientras los ojos del anciano parecen escrutar las interioridades de una pieza algo distante, los ojos del imberbe se pasean por aquellos corredores con una curiosidad verdaderamente infantil.

            Al encuentro de estos dos polos opuestos de la vida, se adelanta un edecán, el cual los interroga de esta manera.
 
¿Qué dicen ustedes?

Deseo hablar con el Libertador –responden el anciano.

Por ahora no se puede. El Libertador está ocupado.

Una palabra me basta ¡Hágame usted el favor... se lo suplico!

            El Edecán animado por un presentimiento algo extraño.  Se dirige entonces a la pieza del Libertador y le dice:

            Un anciano que trae de la mano un jovencito, dice que quiere hablar, aunque sea una palabra con su Excelencia.

            Que entre -contesta el Libertador desde su escritorio, y soltando la pluma se pone de pies; se cruza de brazos, su actitud característica, y repite ligeramente; ¡Un anciano!  ¡Un Jovencito! ...

            Inmediatamente debió impresionarlo el aviso del Edecán. Bolívar veneraba la ancianidad y la niñez. Un anciano siempre tenía para él un destello de gloria. En un niño creía siempre adivinar sus esperanzas....

            Los hombres privilegiados han tenido especial predilección por los seres que se hallan en estos extremos “vejez”, “niñez”.

            Y mientras el pensamiento de Bolívar, más veloz que un relámpago meditaba quien sabe cuántas cosas, aquel anciano venerable, de cabellos y mirada luminosa, seguido de un pequeño adolescente, se coloca frente al genio y le dice:

            General Bolívar aquí le traigo el último hijo que me queda porque todos han muerto por la Patria. Este es el único apoyo de mi familia y de mi vejez; pero la libertad lo necesita y es preciso que le siga a usted en el camino de la gloria.

            ¿Y quién es usted? Preguntó Bolívar
           
            Soy el padre de Atanasio Girardot

            El Libertador no pudo hablar, y dícese que en ese instante el Padre de la Patria y el padre de los héroes se abrazaron y que de los ojos de ambos se escaparon algunas lágrimas.

            Poco después circuló el siguiente oficio:

            Ciudadano Secretario de la Guerra del Gobierno General.
            Cuartel General de Santa Fe, enero 2 de 1815

            Los servicios del Coronel Girardot no han quedado bien recompensados. Toda la Nueva Granada y Venezuela lloran su muerte y veneran su memoria; mas las concesiones que se hicieron en favor de su familia han sido renunciadas generosamente en bien de la Patria.
            Su padre, a quien la pérdida de dos hijos podría hacer desear la conservación del resto de su familia, me ha presentado luego que llegué al único varón que le quedaba con la esperanza de que este jovencito pueda imitar sus virtudes y remplazo

            He aprendido la generosa oblación de este padre patriota y para manifestarle la consideración a que se ha hecho acreedora su ilustre familia, he dado el grado de Subteniente al joven Girardot y lo he mandado agregar al invicto Batallón de Barlovento.  Confío en que, aprobándolo el Gobierno General, se permita descargar así una deuda de la Patria.
            Dios guarde a V. S. muchos años.

            SIMON BOLIVAR.


No.81.- ANÉCDOTA CONTADA POR HUMBOLDT. LA HOSPITALIDAD DE LOS CUMANECES.

Hicimos bajar nuestros instrumentos por la tarde, y tuvimos la satisfacción de hallar que ninguno había sido estropeado. Alquilamos una casa espaciosa cuya orientación era favorable para las observaciones astronómicas. Gozábase en ella de un fresco agradable cuando soplaba la brisa; estaban desprovistas de vidrios las ventanas, y aun de esos cuadros de papel que las más de las veces remplazan los vidrios en Cumaná. Todos los pasajeros del “Pizarro” abandonaron el barco; pero la convalecencia de los que habían sido atacados de la fiebre maligna era muy lenta. De ellos vimos que, al cabo de un mes, a despecho de los cuidados que les habían dispensado sus compatriotas, mantenían una debilidad y flacura temerosas. Tal es la hospitalidad en las colonias españolas, que un europeo recién llegado, sin recomendación y sin recursos pecuniarios, está casi seguro de hallar socorro si desembarca en un puerto cualquiera por motivo de enfermedad. Los catalanes, los gallegos, los Vizcaínos, tienen las relaciones más frecuentes con la América. Forman allí como tres corporaciones distintas que ejercen una influencia notable en las costumbres, la industria y el comercio colonial. El habitante más pobre de Sitges o de Vigo está seguro de ser recibido en la casa de un Pulpero (Comerciante por menor) catalán o gallego ya llegué a Chile o México, ya a las Filipinas. He visto los casos más conmovedores de estas atenciones prestadas a desconocidos durante años enteros y siempre sin quejarse de ello. Se ha dicho que la hospitalidad era fácil de ejercer en un clima feliz donde es abundante la alimentación, donde los vegetales indígenas suministran remedios saludables, y donde el enfermo, acostado en su hamaca, encuentra en un cobertizo el abrigo que ha menester. ¿No se tendrá, sin embargo, en nada el estorbo motivado en una familia con la llegada de un extranjero cuyo carácter se ignora? ¿Será permitido olvidar esos testimonios de dulce compasión, esos cuidados afectuosos de las mujeres, y esa paciencia que no se cansa en una larga y penosa convalecencia? Se ha notado que, con excepción de algunas ciudades muy populosas, no ha disminuido todavía la hospitalidad de una manera sensible desde el primer establecimiento de los colonos españoles en el nuevo mundo. Aflige pensar que ese cambio llegará cuando la población y la industria colonial hagan más rápidos progresos, y cuando ese estado de la sociedad, que se ha convenido en designar como civilización avanzada, haya desterrado poco a poco "La vieja “franqueza castellana”.
Entre los enfermos que desembarcaron en Cumaná había un negro que pocos días después de nuestra llegada cayó en la demencia. Murió en este estado deplorable, aunque su amo, anciano casi septuagenario, que había dejado la Europa buscando modos de establecerse en San Blas, a la entrada del golfo de California, le hubiese prodigado todos los auxilios imaginables. Cito este hecho para probar que a veces ocurre que individuos nacidos bajo la zona tórrida experimentan los perniciosos efectos del calor de los trópicos después de haber habitado en los climas templados. El negro era un joven de diez y ocho años, robustísimo y nacido en la costa de Guinea. Una permanencia de algunos años en la altiplanicie de las Castillas había comunicado a su organización ese grado de excitabilidad que hace a los miasmas de la zona tórrida tan peligrosos para los habitantes de los países septentrionales.

No.82.-   OTRA DE HUMBOLDT Y DON VICENTE DE EMPARAN Y ORBE.

Fuimos conducidos por el capitán del Pizarro a casa del gobernador de la provincia, Don Vicente de Emparan, para presentarle los pasaportes que nos había dado la primera Secretaria de Estado. Recibió nos con la franqueza                                                                                        y noble sencillez que en todo tiempo han caracterizado a la nación vascongada. Antes de haber sido gobernador de Portobello y de Cumaná, habíase distinguido como capitán de navío en la marina real. Recuerda su nombre uno de los acontecimientos más extraordinarios y pesarosos que presenta la historia de las guerras marítimas.   Cuando el último rompimiento entre España e Inglaterra dos hermanos del Sr. Emparan se atacaron durante la noche, a la vista del puerto de Cádiz, tomando el uno el buque del otro como embarcación enemiga. Tan terrible fue el combate, que los dos navíos se fueron a pique casi a un mismo tiempo. Fue salvada una parte muy reducida de las tripulaciones, y los dos hermanos tuvieron la desdicha de reconocerse poco antes de su muerte.
El gobernador de Cumaná nos manifestó su mucha satisfacción con motivo de la resolución que habíamos tomado de permanecer algún tiempo en la Nueva Andalucía, cuyo nombre, en aquella época, era casi desconocido en Europa, y que encierra un gran número de objetos dignos de merecer la atención de los naturalistas en sus montañas y a la orilla de sus numerosos ríos. El Señor de Emparan nos mostró algodones teñidos con plantas indígenas, y hermosos muebles en que se había empleado exclusivamente maderas del país. Se interesó vivamente en todo lo que se relacionaba con la física, y preguntó, con gran admiración nuestra, si pensábamos que bajo el hermoso cielo de los trópicos contenía la atmósfera menos nitrógeno (azotico) que, en España, o si la rapidez con que se oxida el hierro en estos climas era únicamente efecto de la mayor humedad indicada por el higrómetro de cabello.
El nombre de la Patria pronunciado en una lejana costa, no hubiera sido más agradable al oído de un viajero que lo fueron para nosotros las palabras nitrógeno, óxido de hierro, e higrómetro. Sabíamos que a pesar de las órdenes de la Corte y las recomendaciones de un ministro poderoso nuestra permanencia en las colonias españolas nos expondría a innumerables desagrados, si no lográbamos inspirar un interés particular a los que gobiernan esas vastas comarcas. Demasiado amaba las ciencias el Sr. Emparan para que encontrase extraño que de tan lejos viniésemos a recoger plantas y a determinar la posición de algunos lugares por medios astronómicos. No atribuyó otros motivos a nuestro viaje que los que estaban enunciados en nuestros pasaportes, y a las públicas señales de consideración que nos dio durante una larga estada en su gobernación contribuyeron mucho a procurarnos una acogida favorable en todos los territorios de la América meridional.       

No. 83.- ANECDOTAS DEL LIBERTADOR.

Simón Bolívar amó a los animales, con la misma pasó con que amó a la naturaleza y la libertad, o eso decretó la arborización en gran escala, protegió las cuencas de los ríos, prohibió la exportación de caballos y otros animales. Hoy lo calificaríamos como conservacionista. Él decía ¨Lo que se destruye es inútil para todos¨

Sabemos por sus cartas y demás documentos, que el Libertador recorrió más de cien mil kilómetros a lo largo de sus campañas, de los cuales veintitrés mil los hizo a caballo, de tal suerte que se le formaron dos callos terribles en las posaderas, que se clavaban en la silla de montar, lo que le permitía dormir plácidamente, durante esos largos recorridos, por todos los pueblos en los que predicaba, reclutaba y formaba sus ejércitos.   

Desde su tierna infancia datan algunas anécdotas relacionadas con sus caballos como aquella con el Licenciado Don Miguel José Sanz, que fue uno de sus maestros. Mientras cabalgaban, Don Miguel regañaba a Simoncito porque se retrasaba, y este, mostrando su genio, le replicó: ¡Maestro…! ¡Ud. ¡Me reprende porque me retraso…! ¿Acaso se da cuenta de que Ud., va en un caballo y yo en un borrico…?  

Al parecer la negra Matea fue la que lo enseñó a montar, y tal vez lo acompañaba en sus entrenamientos; pero la tradición la ubica como su entrenadora. No lo pongo en duda; pero lo que es obvio, y no deja dudas, es su maestría como jinete, el más soberbio de todos los tiempos.

Cuentan que, cuando Simón tenía siete años, se organizó uno de los viajes para San Mateo, porque su madre, María de la Concepción Palacios y Blanco, dueña de haciendas de caña de azúcar, del célebre ingenio de ese nombre, además de la peonada, tenía la obligación de rendir cuentas periódicas. Entonces toda la familia participaba, e iba pendiente de las posibles travesuras de Simoncito; y como era de esperarse, pudieron verlo en una alocada carrera protagonizada por Matea y Simoncito, que se colocaron al frente de la caravana, para consternación de todos, y muy especialmente de Doña María.    

El Libertador, ciertamente, tuvo muchos caballos; pero sus preferidos fueron Palomo y Pastor. Cuentan que el Libertador, yendo por la vía de Tunja, en Colombia la Grande, entrando a Santa Rosa de Viterbo, montando una mula que daba muestras de cansancio, se vio en la necesidad de cambiar o remontar, como se dice en su código, mirando los caballos que tenía el dueño de una posada, lo impresionó una yegua que pasía en uno de sus patios. Entró luego en tratos con el posadero, pero este lo eludió y más bien se excusó hábilmente, alegando: que la yegua esperaba un potrillo, y que ese potrillo estaba destinado a un egregio general, como él lo había soñado. Al llegar a Tunja y ver el recibimiento que aquel pueblo tributó al Libertador; el posadero se percató que el hombre con el que soñaba su esposa, era precisamente Bolívar, El Libertador. Por eso, llegado el tiempo, ya la yegua había parido, y criado el potro, supo el hombre que el libertador estaba en pleno combate cerca de Tunja, tomó el potro y se llevó para entregarlo en plena pelea, hizo que lo llevaran al cuartelillo del estado mayor, y llamándolo por su nombre le dijo general Bolívar aquí está su potro, se lo manda Casilda. Bolívar no salía de su asombro, un caballo blanco el más bello ejemplar que habían visto sus ojos.  Bolívar tomó las riendas y de inmediato con esos repentismos que solo él solía plasmar como sello indeleble, dijo; ¡Se llamará Palomo…! No solo por su blancura y belleza, sino que volara como el viento en los campos de batalla.

Palomo es el caballo blanco del Libertador.



No. 84.- UN REGALO AL FINAL

LEYENDA CONTADA POR
BARTOLOMÉ TAVERA ACOSTA

Esta anécdota al sur de la Guayana de la antigua Provincia de Cumaná la he traído a mi anecdotario por toda la sabiduría que encierra y el ascendiente cultural de nuestros indígenas- Veamos “En épocas muy remotas hubo en la población de Mane, en las orillas del Acqui, un niño llamado Pur-anga, cuya sabiduría a la par de su bondad sin límites, fueron puestas en evidencia desde que vió la luz primera.  Este niño peregrino era como un protector de la tribu la cual lo veneraba, y al mismo tiempo progresaba en todo sentido, gracias al influjo bienhechor de sus consejos. Pero vecino a esta vivía otra tribu muy envidiosa, cuyo jefe llamado Yepuri-pari, genio del mal, morador del Alto Uainía, viendo la miseria en que él y sus familias se hallaban habia jurado exterminar a Pur-anga. 

De varios ardides se habia ya valido sin alcanzar empero ningún resultado que satisficiese sus malvadas intenciones, hasta que una noche en que el niño abstraído en medio de la selva leía el misterioso arcano de las estrellas, que cariñosamente cintilaban en la altura. Yepuri-pari, revistiendo la figura de una serpiente se le acercó cautelosamente y le mordió en el corazón. Al día siguiente viendo que Pur-anga no aparecía por ninguna parte, todos los de la tribu, grandes y chicos, salieron a buscarle, hasta que el más anciano de ellos junto con la infeliz madre, hallaron su cadáver, con la faz sonriente y con la serena luz de la vida aun brillando dulcemente en las pupilas. Ante aquel cuerpo, símbolo de la bondad, el viejo piachi hizo sus oraciones y dijo que para bien de los moradores de Mane y sus contornos debía extraer los ojos de Pur-anga y sembrarlos Y dicho y hecho, así fue, Pero inmediatamente y con gran sorpresa de toda la tribu de aquellas humanas simientes brotó la planta generosa de la cupana, que es medicina y alimento y todo para el indio.                                         

La “Cupana” es una planta que para los indígenas de Rio Negro tiene valor extraordinario, es como un alimento divino. Las propiedades de su fruto además de sus extraordinarios valores alimenticios también tiene propiedades curativas, tanto, que rivaliza con la “Coca” del Perú y Bolivia. 






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